En la aldea
10 octubre 2026

Pero donde hay peligro, crece también lo que salva

Friedrich Hölderlin

La corriente subterránea: ¿Por qué las tiranías no son inmutables?

Al activar la alegría, rompemos el monopolio afectivo que el régimen ha intentado imponer a través del terror, el desánimo y más recientemente a través de su supuesta conversión, que ya el humor está desmontado sin un ápice de ingenuidad

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Elizabeth Rojas Pernía | 10 octubre 2026

El 1 de octubre Netflix estrenó Al este del Edén, miniserie de siete capítulos basada en la magnífica novela homónima de John Steinbeck. En esta ocasión, la responsable de esta nueva adaptación es Zoe Kazan, guionista, creadora y productora ejecutiva, y nieta de Elia Kazán, quien en 1955 dirigió la película protagonizada por James Dean. En esta saga concebida por el genio de Steinbeck —ganador del Premio Nobel de Literatura en 1962—, de carácter homérico, terrible, profunda y bella, vemos a dos generaciones de hermanos sufriendo por una suerte de maldición bíblica que los condena a reproducir el mito de Caín y Abel, pero en suelo norteamericano. Adam y Charles Trask encarnan la lucha por el amor y el respeto de un padre que sí tiene un preferido, Adam. Aaron y Caleb Trask, protagonizan la misma batalla, porque ahora el preferido es Aaron: dos Caínes y dos Abeles, uno ungido y el otro manchado. El ciclo bíblico que los condena se rompe cuando Caleb, que se siente profundamente desgarrado por la culpa de haber traicionado a su hermano, recibe no solo la absolución y el perdón de su padre, sino algo mucho más trascendente: la palabra Timshel, ¡tú puedes! Esa palabra del Génesis, usualmente traducida como “tú dominarás el pecado” —una orden— o “tú debes” —una obligación—, Steinbeck la convierte en una elección. El padre otorga nueva vida a su hijo no predilecto al pronunciar el sonido que resuena en esos oídos y en esa alma como “no eres inocente, pero tú puedes elegir”, y Cal siente, por primera vez, que no está maldito, pese a todos los errores y pecados anteriores, suyos y de sus padres. Adam no solo le abre mundos a su hijo, sino se libera a sí mismo del ciclo de repeticiones automáticas y de condena perpetua a su descendencia.

Así llega la alegría y la esperanza a esas vidas antes encerradas en la cárcel del determinismo y la reincidencia. 

La alegría como elección democrática

Para comprender cómo operan los mecanismos de dominación modernos, es necesario aprovechar la riqueza contenida en una noción central de la Ética de Baruch Spinoza. En el siglo XVII, el filósofo neerlandés planteó una verdad incómoda que parece escrita para la Venezuela actual: ningún tirano puede gobernar a un pueblo alegre. Es crucial precisar que Spinoza no habla aquí de un carácter meramente festivo, folclórico o musical —que puede coexistir perfectamente con el sometimiento absoluto y funcionar como una válvula de escape evasiva—, sino de la alegría como una potencia colectiva. El poder despótico, explicaba Spinoza, no se sostiene únicamente mediante las bayonetas o el control institucional; su verdadero cimiento son las «pasiones tristes», principalmente el miedo, la superstición, el odio y la desesperanza. Un ciudadano deprimido, aislado en su fatiga, convencido de que su destino depende de pactos ajenos a su voluntad, es un ciudadano domesticado e infinitamente más fácil de gobernar y someter. A esto responde con lucidez la poeta y ensayista  Anne Carson, recién laureada con el Premio Nobel de Literatura, en su conocida tesis de que una comunidad sin deseo es, en definitiva, una comunidad sin imaginación.

Para Carson, el autoritarismo totalitario busca esterilizar el tejido social vaciándolo de deseo, obligando al ciudadano a funcionar de manera puramente mecánica. Cuando el poder nos arrebata la capacidad de desear un orden distinto, confisca nuestra imaginación política. Por eso, mantener la imaginación despierta no es un lujo estético, sino una resistencia democrática radical.

No estamos hablando de un optimismo ciego o de una felicidad plástica, sino de la obstinada decisión de cultivar los afectos activos: la solidaridad vecinal, el humor que desacraliza al poder, el arte que resiste, la organización comunitaria y el reencuentro en el espacio público. Cuando el venezolano insiste en tejer redes de apoyo mutuo, cuando continúa encontrando motivos para la risa, cuando se niega a que le arrebaten la belleza de su cotidianidad, está ejecutando un acto de insurrección ontológica. Está recuperando la soberanía sobre su mente y su cuerpo.

Al activar la alegría, rompemos el monopolio afectivo que el régimen ha intentado imponer a través del terror, el desánimo y más recientemente a través de su supuesta conversión, que ya el humor está desmontado sin un ápice de ingenuidad. Mantenerse vital, conectado con el otro y cognitivamente emancipado es el primer paso —y quizás el más radical— para recordar que el poder de cambiar la historia sigue residiendo en nosotros.

Los tiranos y los entornos opresivos se nutren del miedo y de la tristeza de los ciudadanos, hay que repetirlo. 

La esperanza como elección y motor democrático

En La Monarquía del Miedo, Martha Nussbaum explica que el miedo es la emoción más primitiva y destructiva para la democracia, porque nos repliega sobre nosotros mismos y nos hace buscar salvadores autoritarios. Frente a esto, Nussbaum defiende la esperanza como una virtud crítica y una práctica deliberada. Y se refiere a esta actitud no como a una espera pasiva a que las cosas mejoren, sino a “una disposición afectiva a la acción”. De nuevo, coincidiendo con Spinoza, la esperanza, como la alegría, también motoriza la acción: si creemos en el potencial que poseemos y estamos comprometidos con proyectos comunes, a pesar de la incertidumbre. Conclusiones apresuradas, o recicladas, a partir de los hechos de nuestra actual coyuntura política es el triunfo del miedo, mientras que voltear la mirada hacia las microresistencias, las expresiones de resiliencia que abundan (las reacciones frente a la devastación del doble terremoto son solo un ejemplo entre muchos), las redes de apoyo y la convicción de que las estructuras actuales por más firmes y blindadas que luzcan no son inmutables, es el triunfo de la esperanza. Mientras el miedo nos aísla y nos debilita, la esperanza nos conecta con los demás y expande nuestra imaginación política.

 Optar por la esperanza en la Venezuela de hoy no es negar la formidable estructura de control que enfrentamos, ni ignorar la complejidad de la geopolítica petrolera internacional. Al contrario: es entender que la historia está llena de variables imponderables (¿algunos ejemplos vernáculos?: la muerte de Hugo Chávez y la “extracción”, y posterior juicio, de Nicolás Maduro y Cilia Flores, podrían bastar, pero hay muchos más) y que el factor humano sigue siendo el vector más impredecible de todos. Sostener la esperanza como práctica democrática significa seguir tejiendo la red ciudadana, seguir creyendo en la fuerza de la legitimidad interna y negarse a firmar el acta de rendición mental que la tiranía y la inmediatez intentan imponernos.

Espejos históricos

Para desmontar el reduccionismo, vale la pena tomar prestada una noción fascinante de la biología del desarrollo: la hipótesis de la «resonancia mórfica» planteada por Rupert Sheldrake. Según esta teoría, las formas y los comportamientos de la naturaleza no están regidos por leyes fijas e inmutables, sino por «hábitos» inscritos en campos de memoria colectiva. Una vez que un miembro de una especie aprende una habilidad nueva o encuentra una solución creativa a un problema, esa impronta queda grabada en un campo invisible, facilitando que otros miembros de la misma especie, en otros lugares del mundo y en el futuro, sintonicen con esa misma solución sin necesidad de imitación directa.

Si llevamos la analogía al plano de la conciencia social, podemos afirmar que los procesos históricos de liberación no son anécdotas congeladas en el tiempo, sino formas arquetípicas de dignidad que la humanidad ya aprendió. No necesitamos calcar el pasado; estamos conectados de manera subterránea a un repertorio de lo posible que ya fue ensayado y validado por nuestra especie. Para ilustrarlo, volvamos las veces que sea necesario a algunos ejemplos del s. XX más que dignos, relevantes y esperanzadores, puesto que, sin duda, surgieron del deseo, de la imaginación y de la alegría de su gente.

Pensemos en la Polonia de finales de los años 70. El régimen comunista, férreamente respaldado por el titánico y nuclear aparato militar de la Unión Soviética, parecía una estructura eterna. El realismo político de la época dictaba que Polonia jamás escaparía de la órbita soviética. Sin embargo, un grupo de obreros en los astilleros de Gdansk, liderados por un electricista llamado Lech Walesa — quien luego de la caída del régimen comunista ganó las primeras elecciones directas y democráticas a la presidencia; antes había ganado el Premio Nobel de la Paz—, comenzó a tejer una red de solidaridad subterránea. No tenían armas, no tenían el respaldo de las superpotencias transaccionales del momento, pero tenían la potencia de la alegría comunitaria y una obstinada esperanza organizativa. Contra todo pronóstico geopolítico, el sindicato Solidaridad creó un tejido social tan denso que terminó por agrietar el muro de Berlín.

Miremos también a la antigua Checoslovaquia y el rol central del dramaturgo y filósofo Václav Havel. En su célebre ensayo El poder de los indefensos, Havel explicaba que los regímenes totalitarios se sostienen porque obligan al ciudadano a vivir en la mentira, a simular obediencia por miedo. Pero cuando los ciudadanos deciden, de manera individual y microscópica, empezar a «vivir en la verdad» —a través de la honestidad cotidiana, el arte clandestino, el rechazo a la farsa del poder y la alineación con su propia reserva moral—, el sistema totalitario sufre un cortocircuito.

Si buscamos un espejo que parecía verdaderamente imposible de romper, debemos mirar a la Sudáfrica del Apartheid. Durante décadas, el régimen de la minoría blanca construyó un sistema de segregación y control policial que parecía blindado contra el tiempo, la demografía y las condenas internacionales. El gobierno sudafricano tenía el control absoluto de las armas, la economía minera y el respaldo estratégico de potencias occidentales que los veían como un bastión anticomunista. El veredicto de los analistas de la época era sombrío: el Apartheid solo caería mediante una guerra civil sangrienta que destruiría el país.

Pero la historia volvió a ser sorprendente. La combinación de una resistencia interna pacífica indomable (liderada moralmente por Nelson Mandela desde prisión), el colapso de los equilibrios de la Guerra Fría y la pérdida de la viabilidad económica y moral del propio régimen forzaron una transición negociada que nadie predijo una década antes. El monstruo monolítico se disolvió desde adentro porque su estructura se volvió moral y materialmente insostenible. El error de la miopía interpretativa es creer que porque un muro no ha caído hoy no caerá nunca. En Venezuela, la corriente subterránea ya cambió de dirección. 

Esos procesos innovadores y creativos no ocurrieron porque los polacos, los checos o los sudafricanos fueran seres excepcionales; ocurrieron porque son humanos. Al haber sucedido, alteraron la «física social» del planeta. El venezolano de hoy no está inventando la rueda en la oscuridad ni depende exclusivamente del humor de un despacho en Washington. La certeza de que las mayorías ciudadanas pueden desmantelar una tiranía ya forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Esa memoria está viva, resuena en nuestro deseo de cambio y espera el momento exacto para manifestarse de las formas más inesperadas.

La mirada que capta nuevos significados

Cuando la intuición poética de Hölderlin le hace expresar que donde hay peligro, crece también lo que salva, está apuntando hacia el mismo lugar adonde siglos atrás apuntó otro poeta, el místico Rumi, en su verso la herida es el lugar por donde entra la luz. Hölderlin está afirmando que la salida o la salvación de una situación extrema no viene de fuera ni aparece cuando llega la calma; surge, crece, dentro del núcleo mismo de la amenaza, del peligro, como si una y otro no fueran distintos ni excluyentes sino partes de una unidad: donde hay peligro crece lo requerido, no para un rescate momentáneo, sino crecen las alas para salir del abismo. Es el estado de extrema vulnerabilidad o desamparo el que despierta la fuerza espiritual para la transformación requerida, a lo que Rumi llama la luz: por la grieta que abre la herida penetra la luz de la conciencia que ilumina lo que antes era invisible. Como nos recuerda Anne Carson, a veces un solo detalle —una pequeña rotura, una traición disimulada, un debilitamiento en los discursos— basta para desencadenar el colapso de toda una estructura. Así que el problema no es que estemos heridos, porque allí mismo crece lo que salva. El problema es creer que herida y peligro es lo único que hay aquí. En el ámbito subterráneo se fraguan las alas, convocadas por el dolor y el peligro, pero como ocurre con las crisálidas, toma su tiempo que se desplieguen. Pero lo hacen, cuando ya no son lo que eran, sino un ser nuevo, surgido en el aprisionamiento. 

Timshel: Nosotros podemos, porque, de nuevo sintiendo el abrazo de Carson, Los pequeños movimientos que hacemos en la oscuridad cambian la forma del amanecer.

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