Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe?
Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio.
El niño fue hasta la puerta de casa.
Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.
Pía Barros
I
Los venezolanos podemos afirmar con certeza, tomando prestada la expresión de la poeta Mary Oliver, que poseemos un filoso conocimiento del dolor, y ese filo se ha pulido hasta casi cegarnos con sus brillos plateados desde el 3 de enero pasado, cuando el evento que todos atestiguamos de madrugada, o después, nos llevó a creer que, por fin, empezaría la decencia. Sin embargo, hemos seguido presenciando lo impensable: un maridaje entre el rubio pragmatismo rampante y la criolla ambición sin límites, que ha permitido a la crueldad seguir su curso en medio de las bodas.
Al enterarnos de que Víctor Hugo Quero ya había muerto -el régimen se había encargado de hacer total la desaparición-, mientras su madre, Carmen Teresa Navas, había pasado más de 15 meses arrastrando su dolor, sus lágrimas azules y sus 82 años por los infames centros de detención de los derechos humanos -que son las cárceles y tribunales manejados por el estado chavista-, en busca del hijo arrebatado, solo recrudecen el dolor, la indignación y la necesidad de clamar por el cese de la atrocidad. Quizás para lo único que este nuevo oprobio sirva es para continuar desnudando la estirpe que sigue al mando, a pesar de que en el Norte algunos celebran lo estupendamente bien que van las cosas por aquí.
La imagen de la madre desolada junto a una tumba identificada con una hoja sucia de papel no será fácil borrar de nuestra memoria colectiva, aunque ya esté atiborrada de espanto. Esta Antígona vernácula, que al igual que la princesa tebana enfrentó a la tiranía, no cesó de exigir explicaciones, y aun después de conocer la respuesta última, insistió en perseguir la verdad, y llegó la orden de exhumación de los restos de Víctor Hugo. Carmen Navas, sigue sospechando que le mienten, pero pudo, finalmente, darle a su hijo algún tipo de ritual que humanizara su muerte: le puso una gorra y sus propias medias para que no tuviera tanto frío, y regó la tierra, ahora santificada por el amor humanizante de una madre, con nuevas lágrimas. Los muertos no le pertenecen al Estado, sino a la tierra, a sus deudos y, sin duda, a los dioses. Eso lo sabía Antígona, y lo sabe Carmen Navas. Los crímenes de deshumanización no son perdonados ni por los dioses.
II
El perdón no llegará por decreto ni porque los verdugos lo soliciten. Las palabras del hermano de la encargada del gobierno -interina, tutelada, pero habilísima- pidiendo que pasemos página, que lo superemos y que volvamos, enconan las heridas. Alcanzar la zona del perdón requiere una travesía larga, lenta y dolorosa, que exige el arrepentimiento auténtico del victimario, además de la disposición de la víctima a aceptarlo, y si se alcanza esa zona elusiva -que no es igual a olvidar-, se deja atrás el encadenamiento al odio o al deseo de venganza, se suelta al verdugo y se empieza a caminar sin su repudiada compañía, para empezar de nuevo. No antes: no se puede apresurar el perdón, no se puede fabricar, no se puede decretar de antemano. Sería una nueva traición, un doble trauma -golpe sobre el golpe-, una ligereza degradante. Y, por supuesto, el perdón requiere que haya alguien a quien perdonar: si la persona se ha diluido en un sistema de oprobio y ha renunciado a su condición, no habría a quien perdonar; y si el daño ha sido sumo, radical, se convierte en imperdonable. Según las categorías que nos aportó Hannah Arendt después de reflexionar hondamente sobre los horrores del holocausto. El perdón, privado o público, es requisito para seguir ejerciendo la condición de seres nacientes, capaces de comenzar de nuevo, pero requiere ciertas condiciones.
III
A los venezolanos, que sentimos el punzante dolor de la traición por los cuatro costados, nos ayudaría a comprender la hondura de los crímenes a los que hemos sido sometidos, y cómo proceder frente a ello, reflexionar sobre las palabras de Sándor Márai, en esa elegía que es su libro autobiográfico ¡Tierra, tierra!, para reiterar que no nos podemos permitir levedades, que la nuestra es una gesta que transcurre en medio de los hondos surcos cavados por el mal:
….No calles, corazón, no olvides, no disuelvas la acusación en las aguas claras del «yo excuso», no toleres que tibia apatía y miseria hagan agua bendita del ácido sulfúrico; arde como una torre de petróleo, con llama frenética que nunca apaga el vivo viento, chisporrotea, brasa candente sigue siendo: señal feroz, ardiente, jamás apaciguada…
Después de la barbarie, lo segundo peor sería la apatía -otra forma de banalizar el mal- o la justificación frente a la ausencia de un arrepentimiento sincero, que no atisbamos por ningún lado en nuestro horizonte y, en cambio, sí vemos el reino de la soberbia y el ensañamiento campante. La contrición real implica que el agresor se siente «hecho pedazos» –contritus– por su afrenta, o por sus crímenes. ¿Vemos rostros hechos pedazos por el dolor infligido? ¿El mundo presenció rostros contritos y corazones quebrantados durante los juicios de Nuremberg o durante el juicio de Adolf Eichmann en Israel? ¿O atestiguó, más bien, a los oficiales nazis, con poquísimas excepciones, evadiendo responsabilidades -cumplían órdenes- y hasta expresando orgullo por la impecable labor cumplida?
Primero y, ante todo, necesitamos que se haga justicia -¡debemos exigirla!- a décadas de crímenes, requisito para retomar formas civilizadas de vida, para recuperar la condición de ciudadanos. De lo contrario, los caminos hacia el perdón permanecen bloqueados. La reconstrucción urgente de lo que fue desmantelado con saña y suprema eficiencia, sobre todo, qué duda cabe, la democracia, no necesita más frenos.
IV
En su novela La Perla, John Steinbeck describe cómo, a pesar del efecto de la opresión, seres obligados a permanecer en la periferia y que parecían apartados de la experiencia humana; no obstante, habían pasado a través del dolor, y salido al otro lado; y parecía haber una protección mágica a su alrededor. Queremos creer que sí estamos saliendo al otro lado.Miremos a nuestro alrededor y constatemos que no nos apartamos, sino que nos adentramos rotundamente en la experiencia humana y conocimos -lo seguimos haciendo- filosamente el dolor. Merecemos, por tanto, ser protegidos. Merecemos terminar de salir al otro lado, protegidos por el coraje -como el de Carmen Teresa Navas, el de miles de madres venezolanas y el de los millones que hemos salido una y otra vez a votar, a marchar, a denunciar y que seguimos intentando volver a nacer -; protegidos por la justica y protegidos por el amor a la libertad.
Necesitamos terminar de lavarle a nuestro país el tinte rojo-violáceo que demasiados golpes le han dejado en el rostro. Necesitamos neutralizar, civilizadamente, a los golpeadores. Estamos clamando por lo mismo que en 1874 ya clamaba la poeta dominicana, Salomé Ureña:
Desgarra, Patria mía, el manto que vilmente,
sobre tus hombros puso la bárbara crueldad…
