Pocos actores habían sido invitados a la mesa venezolana después del bombardeo imperial, o pocos se habían sentido concernidos. Quizá por temor, debido a que fue estrepitoso lo sucedido en la víspera con los marines en la vanguardia, o también por el miedo a la represión desatada por la dictadura después del fraude electoral, que seguía y sigue reinando en las alturas. Lo cierto es que estábamos ante un convite en cuyo seno apenas tenía cabida un grupo selecto de individuos, o también ciertos sectores organizados o deseosos de figurar, sin que se necesitaran salones amplios para la función porque no era un asunto de multitudes.
Nada de puerta franca. Era una fiesta sujeta a estricta invitación, sin que, aparentemente, nadie manifestara molestia por un evento tan selectivo. Una atmósfera dominada por la idea de evitar que el caldo se pusiera morado condujo a convites de élite en los que ni los mirones podían introducirse, mucho menos los coleados que usualmente pululan cuando se sabe que hay o puede haber fiesta grande. Algunos se contentaron con jolgorios menores, hechos en casa y sin alharaca, como para que no se los tomara por indiferentes, o para que se supiera que existían. Dos tipos de manifestaciones sociales, en suma, el sarao trascendental o exclusivo y ciertas verbenas parroquiales de poca monta, en atención a un libreto cuidadosamente preparado.
Un ejemplo que puede servir a la mayoría de los lectores resume el asunto: lo más parecido a un juego entre Magallanes y Caracas con las gradas vacías, o con contadas personas en los palcos. Si estamos ante algo inconcebible para las entrañas de la sensibilidad venezolana, al trasladarlo al ámbito republicano uno se da cuenta del colosal tamaño de la exclusión impuesta a las mayorías pese a la magnitud del asunto que le concernía, pese al magnetismo de un evento que, como un ineludible y cálido juego de pelota, había formado parte esencial de la rutina desde tiempos ya antiguos y debía continuar en el sillar de las costumbres, sin posibilidad de discusión. Pero un elenco que nadie escogió, diseñado desde el extranjero y con un esmirriado número de acólitos en el país, se limitó a repartir contados boletos, regalados o vendidos a precio alto, como si fueran dueños y señores del espectáculo. El resto debía contentarse con hacer caimaneras, cuando mucho y para pasar la arrechera.
La situación ha cambiado con el retorno de María Corina Machado, debido a que su presencia, después de meses en el extranjero contra su voluntad, ha convocado a la sociedad que esperaba turno en las esquinas del territorio porque sentía que no la habían invitado a un suceso que le concernía del todo, o porque no le tenía confianza a los convocantes frenados por la renuencia, por la abulia y por la pérdida de autonomía. También por miedo y por determinación imperial, desde luego. La mesa de la transición era endeble porque le faltaba el pilar macizo del pueblo, la única pata firme que puede sostener un designio susceptible de confianza y permanencia.
Con la llegada de la dirigente ha sucedido algo realmente digno de atención, quizá lo más importante que haya pasado desde la captura de Maduro: inmediatamente después de su reaparición, como algo casi automático, el pueblo venezolano ha salido de las orillas del camino para moverse en la calle real, para trasladarse de la periferia hacia el centro. Nadie sabe lo que pasará en adelante, ni siquiera el imperio y sus figuras si no toman nota de la trascendental novedad, si no cambian el libreto de la imposición por un acercamiento respetuoso a la vida venezolana, especialmente a los pasos domésticos que ahora suenan con una fuerza tal vez inédita, pero no hay duda de que las cosas ahora deben cambiar necesariamente.
En suma, estamos ante un fenómeno debido a cuya influencia la historia de Venezuela puede ser diversa en nuestros días. Con el pueblo ahora sí en la vanguardia, todo debe o puede ser distinto. En la escena faltaba la sociedad que parecía dormida, o que estaba o se sentía desairada, pero desde la vuelta de María Corina Machado ya está pugnando por ubicarse en el lugar que le corresponde y que garantiza su fortaleza y su dignidad: en el ojo de un sensacional huracán.
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