La historia humana no corre como una vía de ferrocarril, sino que se parece al fluir de un río…
cuyas curvas no se pueden prever.
Winston Churchill
La historia está llena de sorpresas. Lo que ayer parecía definitivo, hoy ya no existe.
Ryszard Kapuściński
Existe una trampa psicológica sutil y peligrosa que los sistemas totalitarios dominan a la perfección: la siembra del determinismo. Su mayor victoria no consiste solo en reprimir cuerpos, sino en clausurar el futuro en la mente de los ciudadanos, vendiendo la ilusión de que son omnipotentes y de que cualquier intento de cambio es una empresa inútil. Cuando el entorno se satura de esta narrativa, la sociedad suele replegarse en una parálisis que oscila entre el desánimo y un derrotismo crónico. Es el triunfo de la desesperanza aprendida.
En la Venezuela de hoy, este fenómeno ha adquirido una sofisticación inédita. Tras el inesperado evento que supuso la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores, el tablero ha mutado de piel, pero no de esqueleto. Bajo el liderazgo de los hermanos Rodríguez y el pragmático tutelaje norteamericano, el régimen ensaya hoy una apertura forzada, una simulación cosmética y un ropaje más sofisticado. El peligro actual ya no es solo la bota que aplasta —aunque desde el 3 de enero parece que aplasta menos—, sino el espejismo: las formas parecen más amables, las concesiones lucen reales, pero el aparato de control sigue allí, observando desde las sombras. Esta nueva apariencia es también una reacción de supervivencia del poder ante sus propias amenazas.
Frente a la arrogancia de los tableros geopolíticos que pretenden pactarlo todo a espaldas de la gente, siempre termina emergiendo una fuerza silenciosa y colosal: la fuerza de los imponderables. La variable inesperada, el «Acontecimiento» que desarticula la lógica del opresor y redefine por completo los límites de lo posible, no ocurre en el vacío: se gesta en la dignidad persistente de una sociedad que se niega a ser doblegada por la fuerza de ayer o por el simulacro de hoy. Y eso volvió a ocurrir hoy con el regreso de María Corina Machado al país y la respuesta masiva, cargada de afectividad, de esperanza reforzada y de convicción para la acción.
II
Para comprender cómo opera esta mística ciudadana frente a los imponderables, vale la pena volver a mirar hacia las playas francesas de Dunkerque, en mayo de 1940. El ejército aliado estaba acorralado por la maquinaria nazi; la lógica militar dictaba una masacre inminente y la rendición absoluta de Europa. El alto mando británico calculaba que, con suerte, lograrían rescatar a unos treinta mil hombres antes del colapso. Pero entonces ocurrió el imponderable humano: la llamada «Operación Dinamo». El gobierno británico no envió destructores de guerra (no los tenían disponibles), sino que apeló a la sociedad civil. De repente, miles de ciudadanos comunes —pescadores, yates privados, lanchas de recreo, barcos de vapor— encendieron sus pequeños motores y cruzaron el Canal de la Mancha desafiando las bombas. Esas pequeñas barcas civiles, insignificantes ante los ojos del radar nazi, terminaron rescatando a más de trescientos mil soldados. No fue la fuerza del Estado lo que salvó el día, sino la respuesta de unos ciudadanos que se negaron a aceptar el destino trágico que les habían prefigurado.
Esta hazaña universal guarda una simetría sobrecogedora con dos eventos de nuestra historia reciente que es preciso tener muy en cuenta en esta actualidad nuestra. Cuando el régimen de Maduro daba por muerta y fragmentada a la oposición, el país se autoorganizó para unas elecciones primarias que desafiaron toda lógica de control e hicieron explícito el liderazgo de María Corina Machado. Y cuando el poder intentó asfixiar esa ruta inhabilitando candidatos y bloqueando tarjetas, emergió el segundo imponderable: Edmundo González Urrutia, un ciudadano desconocido para la mayoría días antes, arrasó en los resultados. Se había activado la construcción de opciones en el subsuelo de la tiranía: los comanditos fueron nuestras barcas de Dunkerque. Estructuras vecinales pequeñas, familiares, indetectables para el gigantesco aparato de inteligencia del Estado. Mientras la narrativa oficial pretendía que la moral nacional estaba quebrada, millones de ciudadanos custodiaron actas, organizaron la logística y blindaron los centros de votación en julio de 2024 para ratificar un triunfo rotundo. Nada de lo que estamos viviendo hoy —incluyendo las fracturas internas del poder y la obligada mutación del performance de los Rodríguez— habría sido posible sin esa movilización invisible y épica.
Hoy, cuando después de 7 intentos fallidos para volver a Venezuela, en su octavo intento MCM entró, a pesar de todos los actores que se empeñaron en impedirlo o en retrasarlo hasta la vergüenza, estamos presenciando un hito en nuestra gesta presente. Estamos ante el triunfo de la perseverancia y la fe en la libertad y la democracia, de María Corina y de la sociedad venezolana, que otra vez se vuelca a las calles a validar el que podría ser golpe de timón definitivo en un tablero político que acaba de moverse.
Esta respuesta eufórica y masiva de hoy, es otra expresión del mismo espíritu que manifestó la sociedad ante el doble terremoto del 24 de junio pasado con las numerosas e inmediatas reacciones de solidaridad y compasión, traducidas en acciones para salvar vidas, rescatar a sobrevivientes de una muerte evitable o acompañar en la más oscura intemperie con comida y afecto, en contraste con la reacción opuesta del gobierno. La tragedia hizo saltar por los aires décadas de silencio y temor, convocadas por la necesidad de ser y sentirse parte indisoluble de una comunidad humana, pese a la agenda de odio y fragmentación inoculada a lo largo de años de tiranía. En las calles del país, desde el 25 de octubre, no hay silencio; se escuchan los gritos de una comunidad lista, como lista ha estado desde hace mucho, para remar sus barcas.
Estos eventos no son accidentes de la fortuna ni reacciones espasmódicas. No. Son expresión de un alma colectiva que se crece tras largos años de oprobio y de un tejido social que se ha sanado y estructurado a sí mismo en la clandestinidad. La avalancha de afectividad, no de odio, que ahora se repite habla alto y claro.
III
Estas interrupciones que cambian el curso de la realidad no pertenecen solo a la mística, sino que encuentran explicación en las fronteras del conocimiento. Si observamos el fenómeno desde la física subatómica, sabemos que las partículas no se mueven de manera lineal ni predecible; en un estado de puras potencialidades superpuestas, todos los futuros son posibles a la vez, hasta que una perturbación externa provoca el colapso de la función de onda. En ese instante, el sistema da un «salto cuántico», un giro instantáneo que materializa una sola realidad entre todas las posibles. A nivel macrosocial ocurre lo mismo: bajo la quietud aparente se incuban realidades alternativas en estado de superposición, hasta que un imponderable irrumpe como ese observador cuántico que precipita el colapso del viejo orden y da paso a una realidad completamente nueva. ¿Vemos cuál realidad, entre todas las posibles, se está poniendo en marcha?
Estamos transitando (¿o quizás saliendo?) del espacio ambiguo, peligroso, pero profundamente fértil, que la antropología denomina liminal. Son periodos de transición histórica donde el orden antiguo ya ha muerto pero el nuevo aún no ha nacido. En esa liminalidad surge la communitas, como estado de profunda igualdad y conexión entre los ciudadanos: lo que nos unió en las primarias y esquivó el control social opresor; lo que protagonizó la sociedad frente al doble terremoto y, por supuesto, la respuesta a la llegada cargada de simbolismo de la líder democrática. Y lo que falta por ver. Sigamos con la atención puesta allí, en todas las potencialidades que podemos activar a partir de este salto. En los sistemas vivos, como un país, cuando múltiples factores se cruzan, no se suman; se multiplican haciendo emerger escenarios, fuerzas y voluntades colectivas que eran invisibles el día anterior.
IV
Es bajo esta mirada que la ética de la creación colectiva cobra su verdadero sentido y nos permite reinterpretar los movimientos actuales en Caracas. El poder autoritario, incluso en su versión más reciente —cambiando de máscara y entrando al galope al terreno de los pactos fáusticos para sobrevivir—, ha intentado hacernos creer que el juego está cantado a su favor porque las cartas ya están repartidas. Sabemos, en cambio, que no estamos ante una victoria definitiva fraguada en sus laboratorios, aunque incluyan acuerdos con Mefisto. El pragmatismo amoral está forzando diques. La sociedad venezolana también.
La historia y la ciencia nos gritan que la realidad es múltiple y maleable, y que los acontecimientos que cambian rumbos no son milagros fortuitos que premian la inacción; son la respuesta de una realidad en continuo movimiento: la caída del muro de Berlín cuando “por error” Günter Schabowski, funcionario de Alemania Oriental, leyó un comunicado en vivo y afirmó que las fronteras se abrirían de inmediato; la inmolación de Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante tunecino a quien la policía confiscó su mercancía, que desencadenó una ola masiva de protestas que nadie anticipaba y que dio origen a la Primavera Árabe, por mencionar solo unos pocos ejemplos más.
Insistimos: no hay escenarios prefijados. En el punto de bifurcación actual, nuestro deber ético es seguir con la mirada ancha, el corazón encendido y las barcas listas, porque la incertidumbre es el hábitat de la libertad, como afirma Zygmunt Bauman. Con el regreso de María Corina Machado a Venezuela miremos a la incertidumbre como lo que es: un territorio preñado de opciones. Dejemos las falsas certezas a otros y aprestemos los remos. Tenemos vientos a favor.
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