Abrir cada día las santamarías de una empresa y garantizar los salarios de sus trabajadores en medio de más de dos décadas de hostilidad, es una muestra incuestionable de resistencia por parte del sector privado venezolano. Es un hecho que merece un reconocimiento legítimo. Sin embargo, esa solvencia operativa entra en conflicto con el silencio gremial frente a las atrocidades institucionales que nos ha tocado sufrir como sociedad. Existe una frontera ética y estratégica que cualquier liderazgo responsable debe trazar sin ambigüedad. Es la línea que separa la supervivencia obligada frente a la de la rendición acomodaticia ante un sistema opresor y extractivo.
El repliegue del liderazgo empresarial de los últimos años no va por el camino de la prudencia. Resultó a algo parecido a una renuncia de la responsabilidad ciudadana. Al canjear la exigencia de reglas de juego transparentes y universales por acuerdos particulares y transaccionales, desestimando reformas institucionales inclusivas. El empresariado desmanteló su propia relevancia histórica. La adopción del “modo convivencia” funcional con el autoritarismo normalizó la arbitrariedad como si fuera un costo operativo más. La disyuntiva que el liderazgo empresarial debe responder ante el país es la siguiente:
¿defiende un marco legal inclusivo y de libre competencia o gestiona su membresía en un nuevo enclave rentista?
Es ingenuo esperar transformaciones de fondo de una estructura de Estado que fue diseñada e implementada por décadas para oprimir, reprimir y extraer renta de los venezolanos. Esa estructura ha sufrido muy pocos cambios, y sus objetivos tampoco han cambiado. En vez de transitar por reformas que verdaderamente nos lleven a una democracia liberal, lo que vemos es un repliegue táctico producto de unas circunstancias que los sobrepasaron. Creer que la reciente apertura es genuina y que tendrá éxito con el mismo reparto, es una ceguera tanto imprudente como voluntaria.
Conviene recordar que la maquinaria de dominación actuó con la misma saña contra empresarios y trabajadores, ambos han sido víctimas del mismo esquema de extracción. La paz autoritaria no genera riqueza sostenible, se limita a administrar los precarios resultados de una economía enana y con muy bajo crecimiento. Pretender que se puede generar bienestar masivo a través de burbujas de consumo es parte de la ceguera que mencioné unas líneas atrás. El costo de la incertidumbre política y jurídica diluye en el tiempo cualquier ganancia obtenida a través de concesiones discrecionales y temporales del poder.
Guardar silencio ante la vocación autoritaria del gobierno de turno, sobre la ausencia de la alternabilidad democrática, la falta de independencia de poderes, la resistencia de los sistemas represivos, no es una neutralidad pragmática, es un forma implícita de mantener el status quo.
Claro, los gremios no tienen como función militar en partidos políticos, pero tampoco están llamados a callar ante la resistencia de avanzar hacia una democracia verdadera. El empresariado, junto a otros importantes sectores del país, tienen como responsabilidad presionar para que el incipiente y débil proceso de reinstitucionalización se acelere y se fortalezca.
Las fuerzas que empujamos un cambio democrático y el liderazgo económico no somos adversarios, ni podemos permitirnos actuar como tales. El liderazgo político de la transición debe ofrecer garantías de certidumbre jurídica e institucional de largo plazo, respeto irrestricto de la propiedad privada y reglas transparentes que sean resultado de un pacto nacional incluyente. Por su parte, el sector empresarial, y otras élites, deben asumir sus roles como pilares republicanos. La transición política no necesita más inmolados, ni víctimas, pero sí requiere de una voluntad decidida y pasos firmes para así pasar del autoritarismo que asfixia hacia una democracia virtuosa.
Los venezolanos no podemos conformarnos con las concesiones precarias que el sistema arroja como carnada para ganar tiempo y prolongar su permanencia. No podemos eludir la responsabilidad histórica de abrir la ventana hacia una verdadera transformación estructural. Solo sobre el cimiento de instituciones legítimas, transparentes y universales, la empresa privada dejará de ser un milagro de resistencia diaria para así convertirse en el motor perdurable de una nación de ciudadanos responsables.
La libertad, que tanto nos ha costado y que todavía no hemos alcanzado, es la que nos va a ofrecer el sustrato y el ambiente necesario para que Venezuela florezca, con flores que alguna vez se vieron en el pasado, pero con otras muchas especies que nos falta por conocer.
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