En la aldea
06 septiembre 2026

Los bribones nacionales y el granuja foráneo

En el Telón de fondo de este domingo, Elías Pino Iturrieta nos habla de un "granuja foráneo" que, movido por la glotonería y los negocios personales, le dio un respiro a su supuesto enemigo, mientras parece consolidar una obscena alianza internacional de personajes deleznables

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Elías Pino Iturrieta | 06 septiembre 2026

En Venezuela ha habido pillos dignos de mención desde sus inicios como república, al punto de convertirse en presencia habitual, pero quizá sin la trascendencia que tienen ahora. Aparecen en el centro y en los rincones del pasado como parte de la cotidianidad, pero sin ser  ejes  de los acontecimientos como sucede en nuestros días.

Vivieron en las alturas sin convertirse en  motor de los sucesos principales, hasta el punto de que se pudieran asegurar que apenas los estorbaron sin elaborar planes dignos de atención. Que hoy formen la médula de la vida hasta el punto de determinar su rumbo, sin que exista una fuerza que los detenga, puede ser el rasgo que nos diferencie de la vida anterior. 

Si buscamos un imperio de tunantes, capaces de disponer a su antojo del destino de la sociedad, tal vez lo encontremos durante el régimen de Cipriano Castro, sucedido entre 1899 y 1908, pero no en otros períodos anteriores y posteriores, por muy oscuros que hayan sido y con la excepción de hechos contemporáneos.

Dirigidos por un sujeto indigesto y superficial, establecieron un dominio dependiente de intereses egoístas que se distanciaron de la política del siglo XIX mientras se adentraba en bajezas desconocidas hasta entonces. La debilidad de los rivales que venían de los 50 años precedentes y la falta de ideas capaces de renovar la retórica liberal, facilitaron un imperio de desmanes apenas atisbado en el pasado inmediato, que inauguran un período grotesco de gobierno  que nadie pudo establecer desde la fundación de la república.

La cúpula en manos de una barbarie, se pudiera asegurar sin vacilación. Ni siquiera los hermanos Monagas, quizá por la obligación que adquirieron con la memoria de la Independencia, llegaron hasta ese hueco. Tampoco Guzmán Blanco, cuyas agallas no crecieron del todo debido al poder adquirido por los caudillos rurales y por las ganas que tuvo de pasar por parisino.

No hablamos de modelos dignos de admiración, por supuesto, sino solo de elementos utilizables en una analogía capaz de mostrar el declive de la sociedad después del ascenso de Chávez y principalmente a partir de la elevación de Nicolás Maduro. Porque Crespo, Gómez y Pérez Jiménez no formaron un club de arcontes, tan mal acompañados como estuvieron, tan apegados a la ladronería  y tan estrechos de entendimiento como lucieron, pero ciertas figuras de relieve evitaron un bajonazo de proporciones gigantescas.

Algo relacionado con cierta rareza decorosa, o sino con el miedo que tuvieron a ser peores de lo que fueron, impide una comparación con el círculo de don Cipriano. Cierta reminiscencia de los orígenes republicanos, cierta reverencia por las hazañas de los antepasados y también una sociedad dispuesta a defender sus derechos, fueron el freno que evitó la profundización de tres pavorosos infiernos adicionales.

Seguramente les parezca arbitraria esta descripción, pero se escribe un artículo de prensa en lugar de una ponencia académica, y, además, apenas se quiere constatar algo muy difícil de negar: la existencia de la peor reunión de elementos negativos que existe en la cúpula de la actualidad, sin temor a exageraciones ni a equivocaciones.

Basta con observar a los cabecillas del actual predominio para llegar a semejante afirmación: Chávez, un aventurero sin moblaje en la cabeza, pero también con más ínfulas que interés constructivo; y Maduro, un analfabeto funcional sin nociones de lo que es una letra, un sonido armónico, un escrúpulo o una sensación de vergüenza. ¿A quiénes meten en el equipo? ¿Con quiénes gobernaron y gobiernan? Con gente parecida, o peorcita, menor en todo predicamento y dispuesta a aceptar la batuta de dos medianías indiscutibles, aunque parezca imposible que quepa  semejante posibilidad.

Un texto que apenas se detiene en la calidad de los elementos que forman un gobierno, sin entrar en honduras, desemboca en el descubrimiento del dislate más lamentable de la historia de Venezuela, tan susceptible de  reprobación que basta con identificar a sus protagonistas para calcular los desastres que han causado en la administración de la sociedad.

De la espesa oscurana de los gobernantes se deducen las penalidades de los gobernados. Pero no es ese solo el problema que pesa sobre los hombros de Venezuela, debido a la asistencia de un personaje foráneo que han encontrado los detentadores del poder para permanecer en las alturas. Si no son gemelos, son casi semejantes como las gotas del agua.

El madurismo no está en sus postrimerías debido al auxilio del sujeto que hoy gobierna en los Estados Unidos, capaz de cualquier tropelía y alejado de freno a la hora de satisfacer aspiraciones personales.

Distanciado de principios esenciales de la democracia de su país, o en realidad enemistado con ellos cuando chocan con una glotonería y con una vulgaridad que ya son proverbiales, se ha entrometido en la vida venezolana para hacerse más fuerte  desmantelando formas decentes de convivencia que subsistían en medio del desierto, o trabando su restauración.

No solo por la decisión de mantener lo fundamental del régimen que supuestamente era su enemigo mortal, sino también por mentir paulatinamente sobre los propósitos de una intervención militar. Especialmente por llevar a cabo negocios con los cabecillas que anunció como enemigos, pero que ahora son compañeros de caravana, se ha convertido en baluarte de una opresión que va a cumplir tres décadas.

El régimen de Cipriano Castro fue un juego de niños, si se compara con el madurismo fortalecido por Trump. El resultado es una obscenidad sin paliativos, debido a una razón principal: jamás  se había dado entre nosotros una fusión internacional de personajes tan deleznables.   

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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