No he desaprovechado la oportunidad de elogiar el documento que acaban de publicar los arzobispos Porras, Padrón y Pérez Morales sobre la crisis que padecemos, porque me parece un texto excepcional. Es un documento que se sale de lo común, y aquí radica el problema que quiero plantear hoy. En la medida en que el texto destaca frente a lo demás que se está diciendo sobre la crisis venezolana, o ante lo que se calla por falta de pensamiento o de ganas, remite a la profundidad de la crisis que experimenta una sociedad que ha perdido las cualidades que la distinguieron hasta convertirse en un fracaso, o en remedo de lo que fue.
Quizá sea tal el rasgo dominante de la vida venezolana de nuestros días, que en ciertos tiempos recientes fue capaz de tomar las riendas de su destino con una lucidez evidente, o con razones y conductas que nadie puede ignorar, pero que ahora se niega a ofrecer soluciones susceptibles de respeto. Los políticos más conocidos no se distinguen por aportes que llamen la atención, sino todo lo contrario, debido a que sobresalen en el arte de machacar lugares comunes y en las maneras de sacarle el bulto a los problemas más acuciantes. Tal vez con la excepción de las Academias Nacionales, aunque a veces cuesta que se muevan, las instituciones públicas de naturaleza intelectual miran poco y callan mucho. O miran mucho y hablan con cuentagotas, que es lo mismo o es peor. El parecer de los consejos universitarios de las mas altas casas de estudio se ha aficionado a hacer mutis por el foro, seguramente porque ha olvidado que otros que lo precedieron comunicaron importantes señales de vida y ofrecieron servicios de trascendencia a la colectividad. Debe incluirse en la falta a los colegios profesionales que dieron calor a la democracia venezolana, o al renacimiento de la vida cuando parecía languidecer, más pendientes ahora de sus intereses que de los problemas generales que les incumben como parte de la sociedad y como los voceros de ella que pueden ser.
Los intelectuales caemos en el mismo saco, para que no piensen que escurro el bulto mientras destaco el adocenamiento de los otros elementos que tienen la obligación de pensar y dirigir en una etapa de extrema necesidad. Si comparan lo que hicieron las personas de pluma y biblioteca, de pupitre disciplinado y de respeto por la creación y la investigación en épocas especialmente críticas del pasado, desde comienzos del siglo XX, o desde la segunda década del siglo anterior, quedamos realmente mal parados. Pareciera que no existimos como conjunto, como protagonistas de una empresa colectiva que trasciende las necesidades y las afinidades individuales, sino apenas como parte de una presencia hueca, oportunista y superficial. Ya ni siquiera servimos para adorno, aunque Rafael Cadenas asegure que hay frutos que florecen en el abismo. Probablemente tenga razón el poeta, pero en realidad muy poco he visto yo de esas singulares plantas en las parcelas de la vida venezolana que parecen abandonadas por unos agricultores anteriormente despiertos y atareados.
Los componentes del elenco que forma parte de la mesa de diálogo, promovida por los Estados Unidos para buscarle rumbo a una sociedad que olvidó cómo hacerlo, constituyen el ejemplo más elocuente de esa terrible desaparición de protagonistas confiables, de mensajeros que expresen con cierta lucidez lo que deben manifestar para soporte del bien común. Los de la oposición, en primer lugar, más chuecos que vigorosos, más chiquitos que medianos, con alguna excepción; porque buscar una mínima autonomía de criterio, o algún contacto con las angustias de la sociedad, o alguna lamparita, es tarea imposible en el predicamento de los representantes del régimen convertidos en acólitos del imperialismo y en expertos en maromas, No protagonizan esos señores un dialogo de sordos, como dice el lugar común, sino un encierro de enanos que no desentona con el olor a cementerio que ya a todos nos ahoga.
Pero evidencias como el documento de los tres prelados señalan lo contrario. ¿No descubren la existencia de elementos de la sociedad que, en lugar de vivir en el desentendimiento, destacan por la coherencia y la actualidad de sus puntos de vista? Como esos obispos no salieron de la nada, debido a que estaban y han estado aquí como los otros actores del libreto nacional, debemos considerar que, aunque formen parte de un sector de la sociedad distinto de los nombrados, o de los acusados, también la representan. Igualmente debemos considerar que no están solos, porque quienes los respetan forman muchedumbres y porque de esas muchedumbres ha nacido una dirigencia y una organización política cuyo propósito es hacer que la sociedad salga del sumidero en el cual languidece. ¿Qué buscan estas letras, entonces? Que los arriba mentados nos incorporemos de veras como miembros de grupos o sectores concretos a una cruzada perentoria, antes de que sea demasiado tarde. Para eso están las linternas, los recuerdos, el miedo a la vergüenza y una camisa aseada.
