En la aldea
14 agosto 2026

Bolívar, según Rafael Arráiz Lucca

La biografía se prepara para la segunda edición después de venderse mucho en un país con escasas librerías y un amordio hacia el personaje. Esta conversación tuvo lugar al momento de la presentación del libro, la cual estuvo a mi cargo a comienzos del año pasado cuando apenas salía de la imprenta

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Jesús Piñero | 14 agosto 2026

¿Los venezolanos están hartos del Libertador? Esta pregunta carga más de un siglo y medio de culto al personaje, culto que se ha llevado al extremo en las últimas tres décadas y que ha sido objeto de importantes aportes historiográficos. Con todo y eso, la respuesta nos sorprende: por pasión a la historia o interés por conocerlo, los venezolanos se han abocado a leer más sobre su pasado y el personaje. Al punto de que Artesa prepara la segunda edición de Simón Bolívar: triunfo y ocaso, la biografia que Rafael Arraiz Lucca nos presentó en 2025 y que se aleja de la apología o de la crítica. Es un libro que no solo se mantiene en el equilibrio, sino que logra dialogar con el personaje desde lo humano y no desde la grandilocuencia de sus proclamas.

¿Cuáles eran las razones detrás de la presidencia vitalicia? ¿La persecución de la gloria nada más? ¿Por qué coquetear con las ideas monárquicas en una república que corría el peligro de extinguirse? ¿Acaso no era contrario a las casi dos décadas de conflicto que supuso independizarse de España? Estas son algunos de los asuntos que se propone responder la biografía, cuestionamientos que analiza desde su tiempo y no desde la pasión de ser un venezolano con la cabeza metida en el pasado, buscando entender cómo diablos llegamos a llamarnos ‘república bolivariana’, aunque siempre insista en que sus libros no están escritos para los historiadores, sino más bien para el gran público lector, que le es fiel y agota los tirajes en pocos meses.

—¿Por qué escribir una biografía de Simón Bolívar? O mejor dicho, otra biografía de Simón Bolívar, en un país cuya historia y política pareciera caminar o hacerse en su nombre. Sí, los personajes no se agotan, pero: ¿acaso no tenemos ya suficiente sobre El Libertador?

—Hay muchísimos estudios parciales o temáticos sobre Bolívar y relativamente pocas biografías para la magnitud del personaje. De hecho, son más las de autores de todas partes del mundo y muy pocas las de autores venezolanos. Desde hace más de veinte años no se consigue ninguna biografía en las librerías. Como ves, son muchas las razones que me llevaron a escribirla y debo añadirle una: el placer de hacerlo, que es lo más importante.

—Habría también que preguntarnos: ¿sigue vendiendo Simón Bolívar?

—La respuesta es obvia: si, muchísimo.

—¿Por qué Simón Bolívar y no otro? Es decir: a lo largo del proceso de independencia, no son pocas las figuras que destacan, pero tuvo que haber un momento en el que el liderazgo de Bolívar desplaza a todos los demás de forma definitiva. ¿Cuándo, cómo y por qué ocurre eso?

—Precisamente por eso escribí primero la de Páez que, la verdad, fue la que me dio el impulso para abordar la de Bolívar. Sobre Mariño está la de Parra-Pérez y, más recientemente, la del profesor Manuel Donís.

Quizás falta una nueva de Sucre. De Roscio hay dos, aunque podría haber otras, dada la importancia del personaje. De Miranda hay varias y se consiguen. De Soublette hay muy pocas y es una lástima porque es un personaje singular, extraño.

—La biografía, lejos de ser una nueva apología al personaje o de tratarse de una crítica fulminante, no solo se mantiene en el equilibrio, sino que se narra desde un punto de vista humano. Bolívar fue un hombre como nosotros; en este sentido, ¿tuvo alguna cualidad excepcional? Desde luego, lejos de verlo como una especie de santo republicano.

—Gracias por la observación. Mi objetivo fue escribir una biografía ecuánime, sin cargar las tintas, y creo que lo logré. Su aspecto humano fue el que más me interesó, muy por encima del tema militar, y al mismo nivel que el tema del estratega. Esta fue una de sus virtudes: la visión estratégica y comunicacional. Bolívar fue un genio de lo que hoy llamamos el marketing. Basta leer el Diario de Bucaramanga para comprobar lo que digo.

Tenía la guerra en la cabeza y podía hacer muchas cosas a la vez sin equivocarse: le dictaba cartas disímiles hasta a tres amanuenses sin pestañear. Dibujó con su vida el periplo griego clásico del héroe: todas las pruebas, muchos fracasos, antes de la victoria. Conoció la gloria como nadie: ¿cuántos hombres ven su apellido designando un Estado? Él y Colón, y este último no se enteró en vida, Bolívar sí. Y luego pasó del cenit al ocaso, sin perder un ápice de su sentido de la realidad. En sus últimas cartas dijo: “Mejor es una buena composición que mil pleitos ganados: yo lo he visto palpablemente, como dicen: el no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos.”

—Parece haber un resurgir de la ola antibolivariana, que, ojo, siempre ha existido, pero que hoy ha tomado mucha más fuerza: ¿cómo ves eso? ¿es una reacción a 25 de una historia falseada por el chavismo y su revolución bolivariana, que hasta el cambió el nombre al país?

—Cualquier ola en contra irracionalmente de un personaje es inconveniente. Es comprensible, pero no ayuda a valorar a cualquier personaje en su justa dimensión. Digamos que forma parte del mundo de las emociones, muy respetable, pero no del análisis histórico.

—Paradójicamente, la imagen que más ha exaltado el chavismo, y desde luego la historia oficial, es la del Bolívar militar de la guerra, pero la de su papel como Presidente-Libertador de la República de Colombia ha pasado por debajo de la mesa; ¿por qué crees que ocurre eso?

—No lo sé, pero si bien es cierto que Bolívar fue sobre todo un militar, no es menos cierto que sus dimensiones de estadista son muy apreciables y, en todo caso, objeto de estudio.

—Yo tengo dos razones: la primera porque el personaje no queda bien parado en esos años; y la segunda porque esos años se parecen más a lo que ha hecho el chavismo, al menos en materia de irrespetar a la democracia: hablo de la presidencia vitalicia, el manifiesto de la dictadura, el gobierno por decretos y el paeteo a la mesa durante la Convención de Ocaña. ¿Qué dices? ¿Estás acuerdo con estas ideas?

—Todas esas decisiones de Bolívar hay que explicarlas en su contexto para poder entenderlas. No las tomó desde el arrebato o la locura. Había motivos. En lo personal no comparto algunas, pero entiendo por qué propone la presidencia vitalicia o porque se ve en la necesidad de asumir la dictadura en términos romanos. También entiendo por qué se levantó de la mesa en Ocaña cuando contó los votos y se dio cuenta de que perdería ante Santander. No son hechos encomiables, pero Bolívar no era un sacerdote, un santo, era un hombre que se batía a muerte por el poder hasta que ya no pudo más, la tuberculosis lo tenía disminuido. Allí están sus cartas, confesándolo.

—Y un poco, como para jugar al abogado del diablo, aparte de ser esos bemoles, tú analizas algo que, al menos para mí resultó esclarecedor: la admiración por la monarquía británica, el imperio más poderoso entonces, pero también una forma de gobierno estable con una figura (el rey) símbolo de cohesión en un territorio extenso, ¿eso era lo que él quería para la República de Colombia? ¿Se lo plantea en serio o son inventos de sus seguidores y también de sus no pocos enemigos?

—El lo escribe cuando le manda un memorándum al Congreso Anfictiónico de Panamá. A Bolívar los descentraba la anarquía, la inestabilidad política, por eso pensaba en la permanencia de la monarquía constitucional británica desde 1688. Sus problemas en Bogotá comenzaron cuando trajo la Constitución de Bolivia, que había redactado él mismo, y le propuso a Santander que se imitará en Colombia. Estamos en 1826, en el inicio de la crisis política que, para él, termina con su renuncia en enero de 1830.

—Volviendo sobre el culto. ¿Cuándo comienza? ¿Con Páez o con Guzmán? Elías Pino Iturrieta dice que arranca incluso antes de la muerte del Libertador, desde las primeras páginas de El Correo del Orinoco. ¿Qué dice Rafael Arráiz Lucca del inicio del culto a Bolívar?

—El culto con todas las de la ley lo inicia su pariente Antonio Guzmán Blanco con motivo del centenario de su nacimiento en 1883. Antes hubo el intento de Páez con Urdaneta, pero este muere en 1845, y no se instauró plenamente. Por su puesto, endiosamientos hubo muchos aquí y en Bogotá, pero el culto sistemático es de Guzmán Blanco.

—El libro recoge muy bien el uso político de los gobiernos venezolanos, desde Páez hasta bien entrados al siglo XX. Sin embargo, y como te lo comentaba hace unas semanas: no hablas del gendarme necesario y de Laureano Vallenilla Lanz, plumario del gomecismo. Esto lo pregunto con interés: ahí no es usar a Bolívar por usarlo, sino que es el primer intento sistemático de legitimación de un gobierno a partir de una teoría coherente y uniforme: el positivismo y el hombre fuerte.

—Si, lo entiendo, pero la tesis de Vallenilla Lanz según la cual la guerra de independencia fue una guerra civil es falsa. Aquí desembarcaron ejércitos españoles tres veces y muchas veces ejércitos británicos de la Legión. Reducir la guerra a una escaramuza entre venezolanos es casi un insulto a la memoria de toda esta gente. Los tres ejércitos españoles más los británicos suman 19 mil soldados. Además, no creo que la tesis del gendarme necesario esté inspirada en la gesta bolivariana. Con todos sus bemoles, Bolívar fundó repúblicas donde se ejercía la democracia de su tiempo.

—Finalmente, y para insistir en el uso político del personaje: ¿cuál es la diferencia entre el uso político de Simón Bolívar en el pasado con el uso político en el tiempo presente? ¿Se han inventado cosas del Libertador que no se corresponden con lo que ocurrió realmente?

—Bolívar fue un hombre de su tiempo y, en tal sentido, fue liberal y romántico. El liberalismo fue el pensamiento que condujo a la creación de los Estados en América. El romanticismo imantaba toda la cultura: el amor, las letras, el sentido del honor y la gloria. Este era el mundo bolivariano. El Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels es de 1848, no antes. Lo que pasa es que cada uno tiene un Bolívar en la cabeza. En Colombia fue el Zeus del partido conservador hasta que se lo llevó la izquierda del M-19 y ahora lo comparten, cada uno con su versión del héroe. En Venezuela fue adoración de los conservadores y luego de la izquierda. Cada sector encuentra motivos para el culto.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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