Nadie puede sacar conclusiones estables de un suceso inesperado y trágico como el reciente terremoto ocurrido en Venezuela, a menos que esté bendecido por el don de la infalibilidad. Si las consecuencias del sismo no se pueden calcular en lo que guarda relación con lo inmediato, mucho menos se debe discernir sobre sus vínculos con el futuro. Para evitar el papel de clarividente, la prudencia sugiere la pesca de aquellos detalles dejados por su paso que resultan tan evidentes como la magnitud de los escombros que pesan ahora sobre los hombros de la sociedad. Apenas eso, sin que el ejercicio deje de ser aventurado.
De allí el atrevimiento de presentar ahora tres hechos sustentados en la observación de la inmediatez, muy difíciles de rebatir, aunque no se ofrezcan como dogma de fe y puedan quedar sujetos a polémica. Tal vez pueda el lector pensar que la descripción sea un intento de politización del acontecimiento, es decir, una manipulación ilegítima cuando se trata de analizar movimientos violentos de la tierra, pero no escribe un geólogo ni un catedrático de sismología, sino una persona consternada por lo que experimentaron —o no pudieron experimentar— sus sentidos después de la convulsión. Anunciado lo cual, me atrevo con las siguientes afirmaciones.
La sociedad no tuvo más remedio que actuar como consideró frente a la catástrofe, debido a la escandalosa ausencia de respuesta por parte de un régimen indolente e irresponsable. El resultado de casi tres décadas de abandono, pero también, en especial, de desprecio hacia los ciudadanos, desembocó en una falta de auxilios elementales y de conductas mínimamente efectivas por parte de los gobernantes, hasta el extremo de dejar a la población sin brújula mientras trataba de procurar auxilios inexistentes y de ensayar conductas de alivio o de acompañamiento con las cuales no tenía familiaridad porque le eran completamente extrañas. Es difícil, por no decir imposible, atender las necesidades del pueblo, en especial cuando sucede una tragedia colectiva, si tales necesidades no han formado parte de un programa de administración nacional o de un mínimo sentimiento de compasión hacia el prójimo, debido a que han brillado por su ausencia en las alturas desde la llegada del chavismo. ¿Un terremoto sin gobierno, después de su ocurrencia? ¿Un sismo sin la solidaridad de quienes, según se supone, están al mando de la nave? Pues sí, sin duda, aunque parezca imposible. Una desgana, o una falta de voluntad, jamás vistas en la historia de Venezuela, aunque parezca exagerado.
La escandalosa, aunque esperable, deserción del régimen descubrió las capacidades de la sociedad para evitar una desaparición realmente histórica, o la cercanía de una negación abrumadora. La sobrevivencia no dependió ahora de la sanidad pública, ni de las fuerzas del orden, ni de un sentimiento de caridad desconocido en el palacio de gobierno. Fue una respuesta natural de la población abandonada a su suerte; una reacción de gentes que, por haberlo sentido ya en carne propia, por experiencia previa, de antemano sabían que la salvación y la clemencia estaban únicamente en sus manos. Extraordinario testimonio de empeño por la vida, debido a que refiere a un cúmulo de reservas en las cuales puede sostenerse el futuro. La hazaña empezó con unos brazos desesperados sacudiendo ruinas y con centenares de gargantas gritando alarmas y dolores, pero continuó con actividades de organización en todo el territorio, en casas de familia, en centros educativos y en centenares de instituciones de la sociedad civil, debido a cuya presencia no solo se manifestó el don de la misericordia, sino también, y especialmente, la constatación de una fuerza que puede cambiar el rumbo de la vida, y especialmente de la política, cuando encuentre dirección adecuada. Hablar de un cambio positivo en horas que parecen apocalípticas parece una disonancia, pero los referidos testimonios de vitalidad conducen a una posibilidad razonable.
Como el movimiento de la tierra fue precedido por una convulsión previa y ajena a las pulsiones habituales de la rutina doméstica, el análisis del desenlace de la tragedia pasa por su consideración. No estamos ante un problema que pueda atender satisfactoriamente la sociedad desde sus intereses esenciales y partiendo de criterios autónomos, sino ante uno cuya evolución depende de lo que determine el gobierno de los Estados Unidos. No solo para el arreglo físico del entuerto, debido a los recursos económicos y técnicos que pueda ofrecer ante la indigencia madurista y la quiebra de la economía, sino también para el mantenimiento o la mudanza de la actividad política. Cuando quitó por la fuerza a Maduro para dejar a sus secuaces y hacer negocio con ellos, la Casa Blanca asumió una insólita continuidad que necesita revisión después de que se comprobara la ineficacia de los mandaderos, de los insólitos siervos, de los inútiles manumisos, en la atención de una crisis de tanta trascendencia como fue el pavoroso terremoto. Tal revisión no solo depende de calibrar la ineptitud de unos empleados buenos para nada, sino también de remendar la plana antes de que se haga ilegible. Un trabajo en el que deberían participar los políticos venezolanos de oposición, o algunos de ellos, si se lo ganan gracias a un trabajo que todavía no merece cuadro de honor.
De las ruinas del terremoto y de la reacción de la sociedad se pueden sacar más y mejores reflexiones, pero tal vez las incluidas en el texto que ya termina puedan ser de utilidad. Sin llegar a palabras últimas, como se afirmó al principio, porque todavía queda mucha tela en la sastrería.
