El escritor francés Éric Vuillard encontró una imagen brutal para contar la entrada de las tropas alemanas en Austria: «La novia ha dado el sí, no es una violación, como se ha pretendido. Es una boda». En su libro El orden del día (2017), el ejército avanza hacia Viena entre flores, brazos extendidos y una multitud que recibe, como cumplimiento de un deseo nacional, la absorción de su país por el Reich. Antes del referéndum convocado para consagrar el Anschluss, los opositores habían sido detenidos, las iglesias se habían cubierto de cruces gamadas y los sacerdotes pedían desde el púlpito el voto favorable. El resultado oficial alcanzó el 99,75 por ciento a favor de la incorporación.
La lectura de esas páginas me evocó el alivio con que muchos venezolanos recibimos la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores el 3 de enero de 2026. Las distancias históricas, ideológicas y morales entre ambos acontecimientos son inmensas, pero hay un punto de contacto en la disposición de una población agotada a recibir la acción de una fuerza extranjera como salida de un cautiverio interior. También está en la facilidad con que el poder que interviene puede tomar ese recibimiento favorable por una autorización que abarque todo cuanto decida hacer después.
El bálsamo tuvo un objeto preciso: Maduro, una lápida sobre un país oprimido y empobrecido, había sido sacado de escena. Durante años vimos fracasar elecciones, negociaciones, protestas, sanciones y presiones internacionales. La represión había clausurado los mecanismos democráticos normales con los que una sociedad puede cambiar a sus gobernantes. La captura produjo la sensación de que una maquinaria presentada como invulnerable podía quebrarse.
Y se daba el caso de que el carácter extranjero de la fuerza que ejecutó la operación era inseparable de la naturaleza internacional del entramado que protegía a Maduro. El chavismo había convertido la soberanía en una contraseña de uso selectivo. La invocaba para rechazar cualquier exigencia democrática mientras abría las estructuras de seguridad e inteligencia a Cuba, Rusia, China, Irán y a cuanta mafia transnacional asomara. La intervención estadounidense fue entendida por muchos como una contraintervención coordinada, al menos, por una democracia occidental. La soberanía que el chavismo podía invocar —no lo hizo, en realidad— para rechazar a Washington era la que había entregado a La Habana.
Un artículo publicado en 2018 en la revista International Security por M. Adam Kocher y otros, titulado “Nacionalismo, colaboración y resistencia. Francia bajo la ocupación nazi”, ayuda a entender lo que ocurrió en Venezuela tras la caída de la pareja tiránica. Los politólogos estudiaron la ocupación nazi de Francia y demostraron que el nacionalismo no produce resistencia de manera uniforme. No es una conclusión cómoda, ciertamente. Pero sostuvieron que el nacionalismo es una ideología vacía que puede conciliarse con políticas radicalmente distintas, incluida la entrega. Lo que determina el comportamiento de los actores no es el amor a la patria, que suele ser sincero en todos los bandos, sino el cálculo político doméstico y la lectura del entorno geopolítico.
El 22 de junio de 1940, el mariscal Philippe Pétain condujo a Francia por lo que él mismo llamó «el camino de la colaboración» con la Alemania nazi. Los funcionarios del Estado ayudaron a ejecutar las políticas de ocupación. Las fuerzas de seguridad hicieron el trabajo sucio de los alemanes. Y Pétain presentó cada paso como un acto de amor a Francia. ¿Era cinismo puro? Desde su perspectiva era cálculo.
Pero el pragmatismo geopolítico no fue el único motor. Vichy colaboró también para revertir las ganancias electorales de la izquierda en los años treinta. La ocupación alemana, al barrer las instituciones de la Tercera República, ofreció a los sectores conservadores la oportunidad de la revancha. El antibolchevismo, escribió el historiador Robert Paxton, era el denominador común de Vichy.
Delcy Rodríguez leyó el mapa de enero de 2026 y llegó a conclusiones similares. El arreglo con Washington permite que el sector del chavismo representado por ella sobreviva y retenga cuotas de poder. Sus rivales dentro del propio chavismo quedan desplazados o vulnerables. Y, por cierto, con los chavistas arrinconados quedó ninguneado también cierto grupo de supuestos opositores que ha visto frustrado su proyecto de ascenso. El delcynismo quiere limpiarse, hacerse potable para un eventual futuro político, y en esa operación desparasitante quedan fuera también esos oportunistas.
A la oposición democrática, probadamente mayoritaria, se le ofrece una conversación sobre elecciones futuras. Diosdado Cabello, todavía en el régimen, ya descartó negociar con ella. El Manifiesto de Panamá que propusieron María Corina Machado y Edmundo González Urrutia flota, por ahora, en el aire.
El consentimiento venezolano de enero estaba condicionado por la expectativa de que Estados Unidos emplearía su poder para liberar a los presos políticos, desmontar el aparato represivo, garantizar elecciones y devolver el control del país. Washington ha actuado como si aquella confianza le concediera una potestad más extensa, un cheque en blanco. La captura de Maduro dio paso a una tutela que carece de plazo conocido, reglas públicas y mecanismos venezolanos de fiscalización.
La tutela se manifiesta con especial nitidez en el petróleo. Una orden ejecutiva firmada por Trump el 9 de enero estableció que los ingresos derivados de la venta de recursos naturales venezolanos podían quedar depositados en cuentas del Departamento del Tesoro. El dueño nominal del dinero es Venezuela, pero la autoridad que decide su uso se encuentra en Washington. Durante los primeros cuatro meses se exportaron cerca de cien millones de barriles, por un valor estimado de ocho mil millones de dólares. Hasta ahora no hay rendición pública de esos recursos. Exactamente lo mismo que ocurría cuando Maduro estaba en el poder y bailaba en tarimas. El delcynismo ha firmado, mientras tanto, acuerdos con Chevron, Eni, Repsol, BP y Shell cuyas cláusulas son un misterio para los venezolanos. El país que votó por el cambio de sistema en 2024 continúa excluido de las decisiones adoptadas en su nombre.
Hay algo que los venezolanos no terminamos de decir en voz alta. El 3 de enero tuvimos un respiro. Un alivio físico, casi obsceno, cuando supimos que Maduro había sido sacado de Caracas. Aunque de manera parcial, aquella mañana nos habían quitado un peso de encima. El problema es lo que vino después. Quien gobierna Venezuela hoy no es el pueblo venezolano ni su representante electo. Queríamos librarnos del tirano, no convertirnos en un protectorado. Y aquí estamos, atrapados entre el alivio y una incomodidad no menos genuina, porque no recuperamos ninguna independencia, como llegamos a creer, locos de júbilo y esperanza. Nos cayó otro administrador que tampoco elegimos.
La luna de miel termina cuando el liberador comienza a comportarse como propietario. Vuillard recuerda que la novia austríaca había dado el sí. El plebiscito posterior convirtió aquel regocijo en un consentimiento casi unánime que debía justificarlo todo. En Venezuela también existe el peligro de que el sosiego de un día sea invocado para autorizar decisiones que jamás fueron consultadas. El 3 de enero recibimos con alivio a la fuerza que se llevó a Maduro. Cinco meses después, la opacidad petrolera, los contratos del delcynismo y la potestad de Washington sobre el futuro de Venezuela se nos han quedado atravesados en el güergüero.
