En la aldea
20 mayo 2026

Flash forward: elogio fúnebre de Silvio Rodríguez

Hay artistas que marcaron generaciones enteras y que, aun así, terminan atrapados en las peores nostalgias políticas. Este texto no habla solo de Silvio Rodríguez. Habla de la decepción, de la memoria y de lo difícil que es separar la obra del hombre cuando el hombre decide justificar el horror.

Lee y comparte
Julio Túpac Cabello | 20 mayo 2026

Hace días que se me reveló un problema hipotético. Ese de suponer la muerte de alguien con quien tienes tiempo enfadado. Me di cuenta porque a su disparatada y ridícula declaración, en la que pedía un fusil para luchar contra Estados Unidos, le subsiguió una entrevista en la que volvía a decir, de forma muy vacía, unos argumentos viejos, generalistas, insustentables y oxidados para justificar la septuagenaria dictadura cubana de la que ha vivido toda su vida como artista.

Silvio Rodríguez fue y ha sido uno de los artistas más talentosos y prolíficos que ha dado Hispanoamérica. Es un escritor magnífico, un intérprete conmovedor, con una voz educada que te toca, un archivirtuoso de la guitarra y un compositor con todos los recursos que puede reunir un hombre con talento, educación, creatividad y sensibilidad, que usa referencias que pasan de Bach a Los Beatles, del folklore latinoamericano al jazz.

Carlos García, un amigo escritor, que es cubano —nada castrista, solo por si acaso— afirma, casi a su pesar, que si Silvio Rodríguez hubiese sido anglosajón, la cultura imperante en los tiempos históricos que nos tocaron habría sido, de seguro, más notable que John Lennon. Lo cito porque le doy la razón. Como artista, Silvio Rodríguez ha creado una obra que se pierde de vista.

Hubo un momento de mi adolescencia temprana en el que yo dividía al mundo entre los que habían escuchado y los que no, a Silvio Rodríguez. Así de relevante me parecía en mis años febriles. Con el tiempo dejé de escuchar sus canciones políticas, pero me seguía pareciendo un artista imprescindible.

Hasta que lo escuché en 2019, después de que el chavismo le dio un golpe de Estado a la voluntad popular desconociendo el voto que había elegido la Asamblea, pidiendo apoyos para que Maduro no saliera del poder. A diferencia de Pablo Milanés, que se había ido a España, coherente con sus diferencias notables con la dictadura cubana, Silvio Rodríguez había decidido no solo seguir viviendo de la ilusión revolucionaria —por la que han muerto incontables cubanos, han apresado a otros incontables y se ha dividido a la familia toda de la isla—, sino que ya era capaz de salir a defender públicamente a Nicolás Maduro. Carajo, a Nicolás Maduro, el criminal más perverso que ha tenido nuestro país en el poder en los últimos 60 años.

Entonces decidí que Silvio Rodríguez desaparecía de todos mis playlists. Yo no estaría donde lo pusieran. Pediría que lo quitaran. Le quitaba el permiso de ser escuchado por mis oídos. Era una protesta de mí para mí. Un asunto de coherencia mínima, de amor propio. Era mi castigo privado.

Luego murió Pablo y sentí tanta tristeza. Uno lo quiso tanto. Fue un tipo tan entrañable. Y tuvo el valor de ir a morir fuera de su patria, pudiendo quedarse en ella, donde lo adulaban si seguía siendo el mercenario que no quería seguir siendo.

Hace casi una década ya de mis sanciones. Entonces Silvio sale a decir unas sandeces primero, y luego veo en esa entrevista a un tipo tan irrelevante, tan quedado en el tiempo, con el talento tan prostituido, que ya no hay maquillaje que le dé brillo.

Y entonces me dije, como si fuera un tío con el que hace años no me hablo: este tipo se va a morir y yo sigo con esta calentera. Encima de joderme en vida, cuando muera también va a joderme, porque entonces el rencoroso seré yo.

Me viene a la cabeza un verso de una de sus canciones: “No exagero si te cuento que le hablo a tu fantasma”. Dilemas en los que nos ponen los primitivismos totalitarios de la política, los fenómenos artísticos sin probidad ética y las paradojas humanas.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión