Brian Naranjo vivió en Caracas un tercio de su carrera de 32 años en el servicio exterior de EE.UU. y durante su estadía en el país conoció a Chávez y a los principales actores del oficialismo, por eso no duda en señalar que los hermanos Rodríguez “son muy capaces de engañar al presidente Trump y sus asesores más cercanos para luego volteársele”.
Para Naranjo, los Rodríguez son muy inteligentes, “no son pendejos” y están aprovechando su “luna de miel con Washington” para reorganizar las instituciones y blindarse en el poder. Al preguntarle sobre su experiencia con ellos, sostuvo que la actual presidenta es “desconfiada”, pero que de los dos, ella es “el lado bueno de la moneda”; mientras que de su hermano Jorge dice que, “probablemente”, fue “el hombre más malo” con el que trató en todos sus años de trabajo en América Latina.
Por otro lado, asegura que frases como transición política en Venezuela “no están en el vocabulario del presidente Trump” y por eso cree que es fundamental el regreso de María Corina Machado al país: “es la única forma de generar presión a favor de la democracia”, afirmó.
—¿Cuál es su lectura de la extradición de Alex Saab a EE.UU.?
La entrega de Saab es una demostración más de lo que venimos viendo desde el 3 de enero: los Rodríguez están en un proyecto para mantener el poder a largo plazo y se están doblando estratégicamente como Maduro nunca lo hizo. Saab fue el precio a pagar para demostrar utilidad a Washington. No olvidemos que Reuters reportó el 3 de marzo que la enviada estadounidense, Laura Dogu, entregó a Caracas una lista de siete o más nombres que Miraflores debía poner a disposición del gobierno americano. Saab encabezaba ese inventario, así que esto no es un acto aislado, es apenas la primera parte del cumplimiento de un arreglo.
—¿Entonces para usted la extradición se dio con el beneplácito de los hermanos Rodríguez?
Mira, no hay forma de que Alex Saab saliera de Venezuela sin el consentimiento de los Rodríguez o, al menos, su bendición tácita. Él estaba en custodia desde la operación conjunta SEBIN-FBI de principios de febrero; y desde ese momento se dedicaron a interrogarlo, pero también a prepararse para cualquier reacción interna que pudiera surgir desde el chavismo. Aquí se alinearon los intereses de tres factores: Trump quería recuperar a Saab para contrastar con la benevolencia de Biden, que soltó a Saab con la condición de que no volviera a delinquir. Washington necesita reforzar el caso contra Maduro y Cilia Flores, para que sea más contundente. Y a los hermanos Rodríguez les urge desmontar las redes financieras maduristas.
Los procesos del caso PDVSA-Cripto siguen la misma lógica: advertir a otros actores chavistas para que se cuiden y consolidar el régimen bajo su total control.
—¿Hubo colaboración de los hermanos Rodríguez con EE.UU. para la extracción de Maduro el 3 de enero?
No. Hubo muchas conversaciones con miembros del chavismo en los días previos a la operación; y los hermanos Rodríguez tuvieron suficientes señales anticipadas para posicionarse. Pero eso está muy lejos de una colaboración activa en la entrega de Maduro. Venezuela no es un país que guarde secretos, si una traición de esa magnitud hubiera ocurrido, habría salido a la luz.
¿Cómo podría incidir la información que suministre Saab en el juicio de Maduro?
Fortalecerá la parte acusatoria. Saab estaba en el centro de las operaciones para la evasión de sanciones en la era Maduro y, coopere formalmente o no, la Fiscalía gana documentación corroborativa y exposición testimonial que antes no tenía. Ese caso no es contundente por sus propios méritos, la transferencia de Saab es probablemente el desarrollo probatorio más importante desde la imputación.
—¿Con la de Saab se detendrán las entregas o vendrán más nombres?
Vendrán más. Las fuerzas del orden de EE.UU. tienen memoria larga y propósito fijo. La lista Dogu de siete o más nombres es la línea de acción, pero la ironía es que Washington, al aceptar la custodia de figuras como Saab, ayuda al gobierno de los Rodríguez a consolidarse y extender su vida útil. En este momento en la Casa Blanca no hay una política coherente sobre democracia, Estado de derecho, derechos humanos o transición, por eso estas entregas funcionan más como instrumentos estabilizadores del nuevo régimen que como mecanismo de justicia y rendición de cuentas. Delcy y Jorge, sobre todo después de la campaña mediática de María Corina Machado de estas últimas semanas, tienen todos los incentivos para seguir demostrando que son necesarios.
—¿Considera que estamos yendo hacia una transición política en Venezuela?
Yo no veo que haya mucho movimiento en esa dirección. Me da vergüenza decirlo, pero Washington no parece tener mucho interés en promoverla. Venezuela tiene un peligroso tumor cancerígeno y nuestro gobierno, desafortunadamente, solo decidió extraer dos células para analizarlas. Para mí resulta muy claro que la prioridad de la Casa Blanca es ampliar y profundizar un canal económico entre los dos países, pero controlado por EE.UU. bajo un sistema de tutelaje.
—¿A qué atribuye la permisividad de la Casa Blanca al blindaje institucional que Delcy Rodríguez está construyendo alrededor de su presidencia interina?
Delcy Rodríguez y su hermano Jorge han demostrado ser muy pragmáticos y quieren tener contento al presidente Trump, porque eso se traduce en flexibilizaciones políticas y económicas. Ellos tienen las riendas del gobierno y saben que con la estabilización económica y una mejora en la calidad de vida, los venezolanos, chavistas y opositores, serán más pacientes para esperar la transición política. Esto último lo reflejan encuestas serias que he podido ver recientemente. Por eso es necesario que el liderazgo opositor siga subiendo la voz sobre las necesidades políticas en Venezuela, porque de eso no va a hablar demasiado la Casa Blanca y mucho menos Miraflores.
—Pero yo, más bien, he visto que alrededor del 65% – 70% de los venezolanos tenían la expectativa de que haya elecciones presidenciales este mismo año 2026.
Sí, eso es así en preguntas cerradas; pero cuando consultas sobre cuál es el problema más urgente a resolver en Venezuela hoy, un porcentaje muy grande de ciudadanos dice que es mejorar la economía. No pienso que esos números sean definitivos, pero sí creo que la dirigencia política democrática los debe tener presentes. Cada día que Delcy Rodríguez pasa en el poder es un triunfo para ella, porque está haciendo campaña desde la presidencia sin ningún complejo, por eso está cambiando los símbolos y colores que siempre han identificado a su corriente política.
—¿Por qué los hermanos Rodríguez logran eludir temas tan sensibles como el de los presos políticos, sin que haya consecuencias desde la Casa Blanca?
Ellos están siendo muy hábiles para dirigir el ritmo político en Venezuela. Para mí, EE.UU. no ha logrado revertir el déficit de derechos humanos que hay allá, y el mejor ejemplo es la mala e incompleta implementación de la Ley de Amnistía. Por otro lado, nombraron a un fiscal general que pertenece a su círculo cercano. Diosdado Cabello sigue generando miedo y amenazas por televisión a cada rato; y así muchas situaciones más que distan bastante de las garantías legales que debe tener cualquier sociedad democrática.
Los Rodríguez son capaces de engañar al presidente Trump en este período inicial y luego volteársele, cuando se sientan sólidos, reestablecidos y fuertes. Es un peligro.
—¿Cuál es su opinión sobre las gestiones que está realizando María Corina Machado en Washington?
Creo que es esencial que ella regrese a Venezuela y demuestre su independencia de la Casa Blanca. No la han tratado muy bien aquí. Ella tiene que independizarse más de la administración Trump, porque su futuro va a ser decidido en Venezuela, con los venezolanos que están allá.
—¿Por qué cree que María Corina Machado no ha vuelto a Venezuela?
Porque la Casa Blanca le dice que no. Obviamente irse por su cuenta viene con peligros, el principal para mí es Diosdado Cabello, pero también sería una prueba para ver cuánto control tiene Delcy Rodríguez sobre las fuerzas radicales del chavismo. Es sumamente importante para la oposición retar al régimen en este momento, es la única manera de propiciar cambios de fondo.
—¿Cómo ve a Marco Rubio en todo esto?
Rubio conoce muy bien Latinoamérica, él ha seguido la situación en Venezuela durante más de dos décadas y conoce mucho a los actores que hay hoy, por eso me siento muy decepcionado por la forma como ha manejado la situación después del 3 de enero. Pero eso me indica que solo hay una persona en los Estados Unidos que decide los temas más importantes de Venezuela y es el presidente Trump; sin embargo, hay muchas cosas que Rubio sí puede hacer, pero no siempre corre el riesgo.
—¿Si el Partido Demócrata gana las elecciones legislativas de noviembre, pudiera darse un cambio en la política que ha decidido la administración Trump hacia Venezuela?
El presidente Trump ha ejecutado su política hacia Venezuela de una manera bastante unilateral y no ha tenido contrapeso del Congreso, ni tampoco de las distintas agencias del gobierno, porque ese mecanismo no está funcionando. Es importante que haya instancias independientes que puedan hacer análisis y recomendaciones al Presidente, porque esto evita que intereses poco transparentes de su entorno puedan influir en él. Volviendo a tu pregunta, después de las elecciones de noviembre posiblemente el Congreso va a tener más presencia con el asunto de Venezuela, pero la Casa Blanca siempre va a tener mucha autonomía en las decisiones de política exterior.
—¿Había una opción distinta a la fuerza para sacar a Nicolás Maduro de Miraflores?
Mi última estadía en Venezuela fue de 2014 a 2018, y ya ahí pude ver cómo la mayoría de la población estaba perdiendo la fe en la política como vía para resolver la crisis institucional del país. Eso es muy peligroso para un país que pretende volver a la democracia, pero Maduro se empeñó en hacer naufragar todas las opciones negociadas que la comunidad internacional y la oposición le plantearon.
—¿Considera que la administración Biden fue ingenua con el chavismo?
Es evidente que ellos querían lograr por la vía de la negociación y las concesiones unas elecciones en las que Maduro respetara el resultado, pero el chavismo, como siempre, de una forma malandra, le dio una patada a la mesa y creó todas las condiciones para que se produjera una acción como la del 3 de enero.
—¿Washington subestimó a Hugo Chávez durante los primeros años de su presidencia?
Para el momento en que me jubilé yo era el único funcionario de la oficina de EE.UU. para Venezuela que había tratado a Chávez. Lo conocí en 1998, era muy carismático y creo que nuestros informes de inteligencia nunca supieron transmitir a la Casa Blanca las dimensiones y el peligro de ese carisma. No captamos en su verdadera dimensión la capacidad para conectar con la gente que él tenía y fue por esa vía que pudo inyectarle su narrativa populista a los venezolanos. El efecto de la mezcla de ese discurso demagógico y el precio del petróleo a cien dólares por barril por siete años fue muy potente y perjudicial. Luego Maduro cambió el carisma por represión e instaló un régimen de fuerza, con el que se mantuvo en el poder hasta el 3 de enero.
—Si Chávez fue carisma y Maduro represión, ¿cómo define a Delcy Rodríguez?
Lo que veo es que ella se está moviendo hacia un autoritarismo híbrido y mucho más pragmático, donde el objetivo final no es la ideología, sino la supervivencia.
—¿Conoció a Delcy Rodríguez personalmente?
Sí, en mi último período en Caracas, cuando fui ministro consejero de la Embajada, tuve algunos encuentros a solas con ella. Es una persona que conoce las formas y métodos de la diplomacia, se sabe manejar y es muy desconfiada cuando alguien le presenta información.
—¿Desconfiada en qué sentido?
Por ejemplo, yo recibí instrucciones de Washington para informar al gobierno venezolano sobre una amenaza contra Maduro. Quizá suene raro, pero por ley americana, si nos enteramos de algún peligro contra la vida de una persona en un país donde estemos cumpliendo servicio, estamos obligados a informar. Me dirigí a la Cancillería y le conté a la actual presidenta interina la situación, pero desconfió de lo que estaba diciéndole y tuve que explicarle los términos de nuestra legislación. A pesar de eso, pasamos como veinte minutos repasando una y otra vez las cuatro líneas que me habían dado para notificarle; sin embargo, no fue suficiente y mientras iba en el carro de regreso me llamó tres veces más.
—¿Y cuál era la amenaza a Maduro?
No recuerdo exactamente, pero fue como en 2016. Igual no podría repetirlo, solo te dejan leer unas tres o cuatro líneas para informar a los interesados. No sé en qué terminó eso, pero es muy claro que Maduro todavía está vivo.
—¿Hace alguna diferenciación entre ella y su hermano Jorge?
Entre ellos dos, Delcy es el lado bueno de la moneda… Jorge Rodríguez me parece una especie de doctor Joseph Mengele venezolano de la psiquiatría. Él sabe cómo joder a una persona con juegos mentales. Probablemente es el hombre más malo que conocí en Venezuela y en todos mis treinta ydos años trabajando en Latinoamérica.
—¿Tuvo alguna mala experiencia con él?
Una vez tuve que coordinar la visita del senador demócrata Richard Durbin a Venezuela, en abril de 2018, porque él estaba tratando de abrir un canal con el régimen. Fue muy profesional y diplomático, se sentó con todas las tendencias políticas y con la sociedad civil, pero su gira cerraba con una reunión con Jorge Rodríguez. El encuentro se produjo tarde, nos avisaron como a las 9:00 de la noche que estaban listos para recibirnos en el Salón Bolívar de la Cancillería y que debíamos llegar en media hora. Una de las preocupaciones más importantes que llevábamos era el asunto de la escasez de comida y medicinas, pero Jorge lo intuía y convocó a distintos miembros del gabinete para que desacreditaran los planteamientos de Durbin.
Nos mintieron como por hora y media, pero lo que más nos llamó la atención fue la forma como manipularon la escenografía para que tuviera un sentido muy dramático: luces muy bajas, una sala muy larga donde era imposible ver sus rincones, porque estaban escondidos en la oscuridad. Lo más impactante era que había un señor parado del lado derecho de Rodríguez, que tenía entre sus pies una caja que parecía un maletín de esos que usan los vendedores de libros, apuntando hacia nosotros. Era un hombre alto, parecía cubano, y estuvo todo el tiempo mirándonos sin parpadear un solo segundo. Nunca supimos qué tenía la caja.
—¿Cómo terminó la reunión?
Cuando fue obvio que no habría una conversación seria con Rodríguez, el senador Durbin se paró y dijo que su intención era tener un intercambio productivo, para informar sobre su experiencia en la gira y dar observaciones; pero como no era posible, nos íbamos. Le dio las gracias y antes de que Rodríguez pudiera pararse de su silla, ya estábamos del otro lado de la mesa listos para salir. Fue el único momento que recuerdo ver a Jorge sin saber qué hacer y sin tener el control de la situación.
