En la aldea
10 mayo 2026

¿Feliz Día de las Madres?

Hay madres que criaron hijos con una lata de atún como juguete. Otras cargaron baúles en mercados para alimentar a cinco muchachos. Y también están las madres venezolanas que hoy esperan noticias de sus hijos presos, desaparecidos o exiliados.

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El Día de las Madres nace de la necesidad de agradecer y honrar a esas mujeres que decidieron traer a otro ser humano a este mundo y, bajo cualquier condición, protegerlo, cuidarlo y educarlo.

Aunque cuando crecemos empezamos a ser responsables de nuestros propios actos, ellas siguen estando ahí para intentar mostrarnos el camino de lo que se supone es correcto. Existen diferentes tipos de madres: unas más presentes que otras, unas por elección y otras por decisión o azar del destino.

Hoy escribo sobre las que son referentes para mí:

La primera es una mujer de muy bajos recursos que vivía en un caserío a las afueras de un pueblo, a 11 horas de Caracas. Se encargaba de cuatro hijas, mientras el padre de las niñas tenía otra familia a la que también mantener. Limpiaba, cocinaba, planchaba, procuraba que su casita no se le viniera abajo. No tenía cómo ofrecerles ni siquiera un juguete a sus hijas; jugaban con una lata de atún, pero procuró que jamás les faltara un plato de comida.

Las impulsó y, para la época y con todas las vicisitudes, esas cuatro niñas lograron formar cuatro familias.

La segunda es una mujer que decidió decir basta a las humillaciones de su marido y emigró a Caracas con sus cinco muchachos, e hizo de cada uno gente honesta y trabajadora. Trabajaba vendiendo ropa en diferentes mercados caraqueños, cargando baúles; corría de la policía; viajaba no por placer, sino para comprar y revender. Consiguió tener un techo: un apartamento de dos habitaciones y un baño, donde llegaron a vivir más de siete personas, y todo el que llegaba tenía asegurado un plato de comida.

La tercera, madre de dos hijas. Trabajadora como ninguna. Hasta el sol de hoy no conozco a una mejor persona en el mundo que ella. Tiene el prototipo de vida que te venden en las películas: una casa, un matrimonio estable y un trabajo. Pero para llegar ahí se levanta todos los días a las 6 de la mañana, estudió de noche, trabajó 30 años en el mismo lugar y sigue.

No aspira a una vida de lujos; aspira a que todos los que están a su lado puedan tener una vida digna. Ayuda a cualquiera sin importar la condición, el estatus o el trato. Se ganó el apodo de la “patrona”, no por mandona, sino porque supo encaminar a toda una familia hacia la estabilidad, aun cuando ni ella misma tenía los recursos para hacerlo. Acompañó a cada persona que solicitó su ayuda, aun cuando sabía que el resultado final iba a ser doloroso.

Se hizo responsable de su gente desde antes de entenderlo; trabaja desde los 9 años, no para. Nunca ha sido la persona más expresiva, pero sí la más atenta, a la que llamas y siempre está. Puso a todos antes que a ella y aún no ha recibido todo lo que se merece.

Y la cuarta no es una mujer, son muchas. Cada madre que hoy espera a las afueras de El Rodeo I, que tiene más de 100 días esperando recibir una noticia de su hijo. Cada madre que tiene miedo de decir que su hijo está secuestrado por el Estado, cada madre que suplica que le den información de su hijo. Esa madre a la que hicieron abortar después de torturarla, o la que tiene décadas sin ver a sus hijos por el exilio.

La madre que hoy está encerrada injustamente en La Crisálida o en el INOF, la madre a la que la dictadura le robó sus derechos.

Esas son de las que más he aprendido en los últimos años. Ninguna madre debería tener que exigir una fe de vida de su hijo y enterarse, después de 10 meses, que estaba muerto. Ninguna madre debería ver cómo exhuman el cuerpo de su hijo porque la justicia no sabe responder.

Ninguna madre debería vivir con el dolor eterno de que a su hijo lo secuestraron, lo mataron y luego escondieron el cuerpo.

Las madres que hoy luchan en Venezuela no luchan por ellas; luchan por sus hijos, sobrinos, nietos, esposos, hermanos y hasta por gente que no conocen.

Esas madres son de oro. No escogieron nada de lo que les pasó, pero aun así deciden estar ahí y darle frente a un régimen opresor que en los últimos 27 años solo ha procurado romper a la familia venezolana.

Hoy escribo para darles las gracias. Gracias a todas por ser mis referentes, por hacerme ver que la vida hay que pelearla con respeto, esfuerzo, honestidad y valentía, con la cara en alto y exigiendo justicia. Les dedico estas palabras a cada una de ellas porque merecen ser reconocidas, admiradas y valoradas.

No puedo decir “feliz Día de las Madres”, porque estoy segura de que el sentimiento de muchas madres venezolanas es que este día volverá a ser realmente de alegría cuando cada uno de los presos políticos regrese al lado de sus madres, lugar del que nunca debieron ser apartados.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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