Hay un episodio del arco de los héroes que es poco nombrado masivamente porque implica un paréntesis, una ausencia. Es un momento en el que el protagonista de la historia se va, se repliega. Una vez que es vencido, necesita reprogramarse y transformarse para regresar con un nuevo plan.
Alegorías a esta parte del viaje de los protagonistas hay en los años en los que Jesús estuvo ausente, el aislamiento de Siddharta, el tiempo de Mandela en la cárcel, el exilio de Rómulo Betancourt.
El 3 de enero dejó a todos sorprendidos, más allá de las amenazas previas. Nadie supuso que la incursión tendría un objetivo tan específico, que Estados Unidos implantaría, en principio, un protectorado, que el chavismo colaboraría con tanto servilismo con el gobierno que supuestamente odiaba.
Hay un nuevo status quo.
A primeras de cambio, todos supusimos que la administración Trump preparaba una transición hacia la democracia y que la renovación de la industria petrolera era parte de un plan mayor. María Corina pagó el costo político de brindar la medalla de su premio Nobel a Donald Trump como una forma de acercarse a la mesa donde estaban tomándose las decisiones del futuro de Venezuela.
Y en algún momento la vimos con su tono confrontacional, que no parecía estar leyendo con suficiente agudeza que el tiempo que vivíamos había cambiado.
Pronto, ella y el resto, nos hemos dado cuenta de que el plan de democratización venezolana no parece urgirle al gobierno estadounidense, y que el conflicto y el reordenamiento que supone una líder como ella más bien contrarían a quienes se suponía eran nuestros aliados.
Entonces se ha marchado. Su anunciado regreso a Venezuela se ha pospuesto. Su partido se reunifica en Caracas. María Corina viaja y se reúne con aliados internacionales. A veces se deja ver en reuniones (se ha vuelto a sentar con Marco Rubio), pero ha bajado el perfil.
La situación cambió, los factores de poder son otros, las tensiones se dirimen en otra frecuencia. Ella sigue siendo la líder de los venezolanos, pero necesita reformar su entrada al tablero para volver a tener relevancia. Y eso hace mientras está, aparentemente, al margen.
Hay una canción de Jorge Drexler en su nuevo disco que se llama Nuestro trabajo. La letra dice así:
Se preguntará qué es lo que hacemos cantándole al amor
Mientras el mundo se va al carajo
Ni más ni menos que nuestro trabajo
Nuestro trabajo, nuestro trabajo
Cada quién se sabrá qué hacer cuando el barco se hunda
Con el casco abierto, por el impacto de las rocas
Ni más ni menos lo que le toca
Lo que le toca, lo que le toca.
María Corina Machado tuvo una postura vertical que durante años la mantuvo al margen de las organizaciones opositoras que hicieron el trabajo en los inicios del chavismo. Trabajaba en paralelo. Pero, llegado el momento, supo convocar el descontento, reactivar a una población que se sentía perdida, realizar una campaña peligrosísima y milagrosa con un coraje histórico, y armar, con el resto de los partidos políticos, una organización extraordinaria que logró demostrar, sin lugar a dudas, la trampa que la dictadura había acometido de forma descarada.
Después de un cuarto de siglo de lucha, de haberla visto transitar por etapas tan disímiles y enfrentar dificultades impensables, atravesando hasta el otro lado del río, muchos se preguntan qué hace la lideresa, qué rol juega, cuál es su próximo paso. La respuesta concreta nadie la sabe.
¿Organizar adentro y afuera para presionar por un cambio democrático? ¿Tratar de lograr que la fuerza estadounidense sea aliada en esa dirección? ¿Encontrar el camino para que la democracia vuelva a ser el norte?
Si la teoría dramática de los héroes se aplica, María Corina debe estar, Drexler dixit, ni más ni menos, en su trabajo, haciendo lo que le toca.
Dicen que la raíz del bambú tarda seis meses en crecer seis centímetros —nadie lo ve—, y luego su tallo crece seis metros en seis semanas.
