En la aldea
24 octubre 2026

Una sociedad que ya experimentó su poder

me resulta difícil imaginar una transición construida exclusivamente desde arriba. Podemos tener mecanismos, acuerdos, actores nacionales e internacionales y una ruta técnicamente impecable. Pero si en esa ecuación no está la sociedad, tendremos una mesa incompleta

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Mirla Pérez | 24 octubre 2026

Venezuela produce inquietud en quienes la vivimos, la amamos y la sufrimos. Los caminos que transitamos son inciertos al punto que a ratos se nos arrebata el derecho de elegir y decidir a nuestro modo, cómo y con quién lo haremos y la escala de importancia que damos a cada acontecimiento. 

En medio de esta complejidad surgen muchas inquietudes, especialmente cuando escuchamos hablar de estabilización y transición en Venezuela. Se habla de fases, mecanismos, actores, tiempos y acuerdos, pero la mirada suele concentrarse en las élites económicas, sociales y políticas: mira hacia arriba, hacia quienes toman decisiones dentro y fuera del país. Mientras eso ocurre, unas preguntas mucho más sencillas siguen sin responderse: ¿dónde está la gente en todo esto? Y, sobre todo, ¿qué lugar se reconoce a su voluntad en las decisiones sobre el futuro?

No son preguntas menores. Una cosa es lo que ocurre en las mesas donde se piensa el futuro del país y otra lo que está pasando en las calles, en los barrios y en las comunidades. Allí encontramos incertidumbre, desconfianza y mucha cautela. Pero sería un error confundir todo eso con inmovilidad o pasividad: hay una fuerza contenida, madurez popular y determinación. El silencio, en determinadas circunstancias, también puede ser una forma de resguardo y no necesariamente de consentimiento.

Hay una afirmación que se cuela en la vida cotidiana y aparece con contundencia en los estudios cualitativos: “…la gente ha cambiado…”, y lo ha hecho porque han sido décadas de dolor, de sueños truncados, de separación familiar y afectiva. Durante estos años, los venezolanos hemos tenido que aprender a resolver casi todo desde abajo. Hemos enfrentado la precariedad de los servicios, la pérdida del salario, la migración de nuestros hijos y las dificultades para alimentarnos, educarnos y curarnos.

En ese largo camino también aprendimos a organizarnos, a buscar al vecino, a crear pequeñas redes y, sobre todo, a entender que muchas veces nadie vendrá a resolver por nosotros. Me incluyo, porque lo siento, pero esta interpretación la vamos construyendo a partir de investigaciones rigurosamente planificadas y ejecutadas. 

Todo este camino de dolor e incertidumbre ha producido una transformación que quizás algunos políticos todavía no terminan de comprender, porque prefiere mirar del otro lado. Del lado del cálculo y del poder los dispositivos y no de la gente. La ciudadanía lo sabe y por eso ha decidido por un liderazgo comprometido con la causa de los de abajo, de los que no tienen voz, de los silenciados. 

La experiencia del propio poder

En los últimos años ocurrió algo adicional. La gente no solamente sobrevivió: participó. Las primarias del 22 de octubre de 2023 y la elección presidencial de julio de 2024 dejaron una experiencia que va mucho más allá del voto. Detrás hubo organización, confianza, movilización y la convicción de que era posible incidir sobre el destino político del país. No se trató únicamente de acudir a las urnas, sino de reconocerse como parte de una voluntad colectiva.

Una sociedad no vuelve fácilmente al mismo lugar después de haber experimentado su propio poder. Puede cansarse, sentir miedo, replegarse nuevamente sobre su vida cotidiana e incluso desconfiar de todo. Pero queda una memoria: yo estuve allí, participé, hice algo y vi lo que éramos capaces de hacer juntos. Esa experiencia puede quedar contenida, pero no desaparece de la conciencia ciudadana.

Esa memoria importa. Quizás una parte de lo que estamos observando hoy deba leerse desde allí. Es por esto que la comunidad no está esperando que la rescaten, espera que haya garantías, trabajo, oportunidades de crecer pero con esfuerzo. No pide sustituir su iniciativa, sino contar con condiciones para ejercerla.

¿Dónde está la cuarta pata de la transición?

Por eso me resulta difícil imaginar una transición construida exclusivamente desde arriba. Podemos tener mecanismos, acuerdos, actores nacionales e internacionales y una ruta técnicamente impecable. Pero si en esa ecuación no está la sociedad, tendremos una mesa incompleta.

La gente que observa lo que ocurre, trata de entenderlo y se pregunta dónde entran en todo esto. Una población que ha sufrido enormemente las consecuencias de la crisis, pero que también ha acumulado experiencias de organización y participación, no puede ser simplemente informada al final sobre aquello que otros decidieron.

Aquí está uno de los grandes desafíos del momento venezolano: no basta con diseñar una transición para la gente; hay que construirla con la gente. Existe un liderazgo en el que una parte importante de la población ha depositado confianza. Las experiencias de 2023 y 2024 son difíciles de comprender sin reconocer el papel de María Corina Machado y, posteriormente, de ella y Edmundo González como referentes de una expectativa de cambio.

El liderazgo nacional necesita encontrarse nuevamente con la experiencia concreta de las comunidades. No para subordinarlas ni para convertir cada espacio comunitario en una estructura partidista. Mucho menos para repetir aquella vieja práctica de llegar al barrio cuando se necesita movilizar, votar o llenar una concentración.

Se trata de otra cosa: escuchar, reconocer, conectar y darle cauce político a un poder que ya existe. Porque la sociedad no llega vacía a la transición: llega con memoria, experiencia y una conciencia más clara de su capacidad de actuar.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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