En la aldea
18 octubre 2026

El perdón de Jorge

¿Cómo un investigado puede evitar sanciones severas convirtiéndose en colaboracionista y delatando a sus cómplices? ¿Cómo se explica el reciente perdón otorgado a Jorge Rodríguez?

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Elías Pino Iturrieta | 18 octubre 2026

Una instancia alta y reconocida, como el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, hace investigaciones para el cuidado de los intereses de su sociedad. No improvisa, no se lanza a la ligera, busca seguridades, por la obligación que tiene de ver por los intereses de su sociedad desde alta atalaya. Las decisiones que toma responden a procesos rigurosos de averiguación que habitualmente están sustentados en pasos o capítulos  caracterizados por la mayor solvencia, no vaya a ser que un descuido fortuito lo desvíe de su misión.

Es tan serio el trabajo que lleva a cabo, o que toma con la mayor seriedad en ámbitos burocráticos, que en ocasiones encuentra fallas en su labor para rectificar estrategias o decisiones de importancia cuando está ante el predicamento de una equivocación, de una irresponsabilidad o de una exageración. Es algo que pocas veces sucede debido a la profesionalidad y a la experiencia de sus funcionarios, desde los elementales contadores hasta los abogados más experimentados, pero en contadas ocasiones, muy rara vez,  admite una falla y se apresura a corregirla. De allí la confianza que producen unas decisiones fundamentales para la protección de los intereses materiales de la ciudadanía, tranquila ante la seriedad y la meticulosidad  de sus vigilantes. 

Pero esa ciudadanía sabe, sin que le importe mucho, o haciéndose la pendeja frente a decisiones que no siguen las reglas y los pasos al pie de la letra, que los del Tesoro pueden hacerse de la vista gorda ante casos excepcionales debido a un interés político de la administración, o a lo que en un momento determinado ordenen las altas figuras del Ejecutivo por una conveniencia de naturaleza política.

El hacerse la pendeja significa, por ejemplo, aceptar la disminución de multas que originalmente son abultadas, conocer de entendimientos con abogados para acuerdos que no dejen vacías las arcas, aunque pierdan cierta cantidad, o aceptar el aplazamiento de decisiones  sobre sentencias o presiones que parecen inminentes. Se llega así a una tolerancia concertada que no elimina del todo al perseguido en espera de mejor oportunidad, o porque a veces las ocasiones no son tan calvas como parecen. 

En la rutina de tales transacciones destacan las que solo una vista muy gorda puede dejar de ver, o aquellas que no pueden abrir el portón ni con la ganzúa más atinada. Son situaciones que no dependen de las investigaciones hechas por los especialistas, ni de las evidencias recopiladas por una de las oficinas más diligentes del mundo, mucho menos por el tufo del acusado o del sospechoso, que se puede sentir desde lejos y solicita la protección del pañuelo.  En ciertas ocasiones llega la hora de la política, o de los políticos de la Casa Blanca o cercanos a ella, quienes no solo tienen la oportunidad de plantear el desconocimiento de las investigaciones de los tesoreros, sino también de dejarlas sin efecto por un tiempo, o hasta el fin de los tiempos, por la supremacía de la política frente a predicamentos que claman por la higiene más elemental.

Los funcionarios del Tesoro, por muy experimentados y derechos que se exhiban, apenas son peones de ministros y mandones de mayor escala en cuyas manos está, según se supone, o según ellos proclaman sin generar la reacción negativa de los ciudadanos, la mezcla del destino de los investigados con  la protección de los intereses superiores de la nación. 

Tal costumbre conduce a situaciones de manga ancha, que obedecen a la diligencia que pone el investigado para salir de su atolladero. Para librarse de una sanción que puede ser severa, o vitalicia, o súper costosa en términos de dinero contante  y sonante, o en el terreno de las penas corporales, el investigado se convierte en colaboracionista de quienes están dispuestos a ser  su salvavidas si suelta la lengua. Haga usted la nómina de sus cómplices, diga lo que sabe de los miembros de la pandilla, piense con calma y nos hace la crónica de los otros de su especie y lo dejamos en paz, dicen los gendarmes dispuestos a la benevolencia, o a un  olvido que puede ser perpetuo, y el acusado pone todo de su parte para volver a sus ventajas y a sus rutinas en la cúspide con la tranquilidad que pueden dar las delaciones bien calculadas.

Me huele que por aquí fumea el caso del perdón de Jorge.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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