Como la sociedad no supo o no logró deshacerse del madurismo, no solo presenció la penetración de fuerzas extranjeras, sino que también aplaudió su llegada. Una situación terrible. No solo porque comprobó la inexistencia de elementos nacionales con capacidad para librarse de una opresión insoportable sino, a la vez, la algarabía que produjo la aparición de un supuesto salvador. Semejante confesión de ineficacia colectiva, especialmente de los elementos políticos que se habían anunciado como enemigos del régimen, no nos deja malparados del todo debido a la represión puesta en marcha antes para evitar que las cosas llegaran a republicano lugar, aunque no nos excuse del todo.
La pasividad frente a la invasión de las fuerzas estadounidenses puede explicarse por un entumecimiento previo de la sociedad como consecuencia del terror desatado por el régimen después de robarse la victoria electoral de Edmundo González; porque nadie está dispuesto a manifestar su protesta cuando sabe que lo van a matar en la vía pública, o lo van a meter en un potro de tortura como los de Gómez y Pérez Jiménez que parecían desterrados de la historia.
Del terror desatado en el pasado reciente vienen las neutralidades posteriores, pero también las explicaciones de la poquedad colectiva ante los acontecimientos que están a punto de convertir a Venezuela en una factoría de los Estados Unidos, o en un vergonzante patio trasero que pronto apestará, pero que de momento parece perfumado y beatificado mientras la población contempla el proceso sin manifestaciones que no sean de silencio o de soporte.
Que los Estados Unidos vengan a imponer un orden que no impusimos nosotros no es necesariamente un suceso que deba llevar a rasgarnos las vestiduras. Ya las soflamas antiimperialistas de los liceístas de los años sesentas del siglo pasado carecen de asidero, no merecen que se las tome en cuenta; y lo mismo pasa con los clichés de Chávez contra la perversidad de los yanquis, que solo caben en el diccionario de las palabras vanas. Por consiguiente, el hecho de que los marines realicen un bombardeo en Fuerte Tiuna para apresar a un dictador maloliente, a un personaje de tercera que la militarada convirtió en su cabecilla, no es asidero para un escándalo digno de atención. El tiempo ha borrado esas reacciones necias y vacuas, las ha condenado a una feria sin trascendencia, pero ¿qué pasa si no son los Estados Unidos que han tratado de difundir su pensamiento y sus valores desde el periodo fundacional los que nos bombardean, sino una de sus peores y más deplorables manifestaciones, uno de los engendros más lamentables desde el nacimiento de esa nación en el siglo XVIII?
De la mirada más superficial se deduce que el bombardeo de Caracas no fue ordenado por pensadores como Jefferson y Adams, ni por los letrados de las Proclamas de Filadelfia, ni siquiera por políticos como Obama y Biden que todavía no han alcanzado el honor de las estatuas y pueden salir mal parados en cualquier molienda, sino por un aventurero cuyos vínculos con los valores fundacionales de su país y con los que sus políticos y su pueblo establecieron después de la Guerra de Secesión son simplemente inexistentes.
Tal vez contemplemos el tránsito del jefe de estado más divorciado de los andamiajes democráticos de su país desde 1776, la entronización de uno de los personajes más alejados de la historia más edificante de su sociedad no solo desde la iniciación republicana, sino también desde tiempos coloniales. Con solo detenerse en la pobreza de su pensamiento, pero también en el repertorio de sus tropelías de negociante truculento, en sus episodios de depredador sexual, en la reputación de sus amigotes, en su enemistad con la prensa libre y en la incapacidad evidente que tiene de formular una frase medianamente bien construida, se toma la medida de un aventurero capaz de cualquier tropelía. Ese es el retrato hablado del invasor, pero jamás el compendio de las ideas y de los afanes constructivos de su nación.
Si les parece exagerada o tendenciosa la descripción, basta con mirar hacia los socios que ha buscado entre nosotros para apuntalar su dominación. No ha procurado un nexo con los factores democráticos que han tratado y tratan de restaurar la república y de restablecer la democracia desde el ascenso de Chávez, ni con líderes realmente comprometidos con la causa popular, ni con personas que han vivido con la compañía de la decencia en lo público y en lo privado, sino con los descendientes y con los engendros del jefe «bolivariano», es decir, con los destructores de la sociedad. De sus requiebros y sus negociados con corruptos y devastadores se desprende el estreno de un amancebamiento con vocación de perdurabilidad, debido a que favorece a las dos piezas del emparejamiento. Ha formado pareja con una señora y con unos sujetos sin ninguna credencial de legitimidad, pero necesitados de vender su cuerpo, como si no hubiese señoras honorables y varones rectos en la comarca.
¡Qué pena, invadir para llegar hasta una barraganía tan asquerosa! !Qué terrible, enviar acorazados y drones para desembocar en un nexo contra natura, si se juzga desde perspectivas cívicas!
Si apenas salimos de Maduro por trabajo ajeno para que el madurismo permaneciera sin que la sociedad moviera un solo dedo con eficacia, mientras no reflexionemos en torno a la escala de perversidad creada por el concubinato de Trump con su empleada y con la corte que la rodea, no saldremos del atolladero. La conclusión no solo incumbe a las mayorías de la sociedad, sino también a los líderes que pretenden, quién sabe cómo, restaurar épocas pasadas y sin duda superiores, cuando era habitual ver a cada oveja con su pareja en una rutina que solo en contadas ocasiones produjo nauseas.
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