Es recurrente en la historia intelectual hispanoamericana la figura del escritor que, en momentos de crisis política, abandona la relativa intimidad del libro y entra en la plaza pública por la puerta del periódico. Como no deja por ello de ser escritor, lleva al periódico su concepción del lenguaje y su capacidad para narrar, condensar e ironizar. El periódico se convierte así en otra forma de escritura y, cuando el poder amenaza la libertad, esa escritura puede convertirse en combate.
Leonardo Padrón (Caracas, 12 de noviembre de 1959) es hoy una de las expresiones más claras de esa figura. Poeta, cronista y guionista de cine y televisión, reunió sesenta crónicas dominicales publicadas en El Nacional entre 2015 y 2018, durante el régimen de Maduro, en el libro Tiempos feroces (Kalathos Ediciones, 2021), donde documenta en primera persona la tragedia venezolana, desde la política institucional hasta el drama doméstico del hambre.
Este ensayo nace de la conversación que Padrón sostuvo por Zoom, el jueves 20 de agosto de 2026, con el club de lectura que coordino y que se reúne dos jueves de cada mes, donde repasó el origen de esos textos y el modo en que su formación de poeta terminó por definir su manera de escribir sobre el país.
Antes de llegar a Padrón conviene preguntarse qué aporta la poesía a una escritura cuyo objeto inmediato es la política, una pregunta que en Hispanoamérica tiene en José Martí (Cuba, 1853-1895) uno de sus ejemplos más completos. Corresponsal de La Opinión Nacional de Caracas y de La Nación de Buenos Aires, vivió desde 1881 su exilio en Nueva York, donde fundó en 1892 el periódico Patria, órgano del Partido Revolucionario Cubano.
El venezolano que va siendo
En Martí la respuesta está en la narración, la imagen y la convicción de que informar es también formar una sensibilidad ante el mundo, según observa Mauricio Núñez Rodríguez (Universidad del Zulia); la crónica organiza la experiencia más allá de su papel como vehículo de datos. Al recorrer, en la conversación con el club de lectura, su propio camino hacia ese género, Padrón explicó por qué la crónica terminó por convocarlo entre los muchos oficios de escritor que ha ejercido: «La crónica me parece un género apasionante porque es una forma de contar la realidad a través de un código que tiene mucho aire de relato, de cuento. Hay un artificio narrativo en la crónica que hace que te sientas más comprometido emocionalmente con el texto, que traspasa lo que es un artículo analítico o reflexivo».
En esa misma conversación fue más allá: «Siempre he dicho que mi líquido amniótico es la poesía y eso ha asignado los distintos tipos de escritura que he ejercido». Recordó la distinción que hacía Octavio Paz entre el poema, hecho lingüístico puntual, y la poesía, «una forma de ver y de estar en el mundo». Esa es la clave con la que entiende aquella columna dominical en El Nacional como una extensión de su oficio de poeta.
El escritor hispanoamericano ha tenido, además, una relación particularmente estrecha con la esfera pública, pues en sociedades de instituciones democráticas frágiles o intermitentes el periódico desempeñó funciones que en otras tradiciones cumplían partidos, parlamentos y universidades, y el escritor contribuyó a construirla.
En Venezuela esa relación es de especial densidad, marcada por una sucesión de experiencias autoritarias y una larga disputa entre el poder militar y la aspiración civilista. En ese paisaje, Juan Vicente González (Caracas, hacia 1810-1866) —figura compleja, distante en lo ideológico de los escritores que después combatirían dictaduras desde posiciones democráticas— ocupa un lugar que no puede omitirse. Dirigió El Diario de la Tarde y fundó El Heraldo, y desde esas páginas sostuvo una polémica feroz con Antonio Leocadio Guzmán, director de El Venezolano, con un estilo caracterizado por la agresividad.
En Juan Vicente González resulta imposible separar su trabajo histórico, literario y periodístico, pues la prensa fue, para él, uno de los lugares donde el pensamiento se producía, tanto como en sus libros de historia, algo que confirma Humberto Cuenca en Imagen literaria del periodismo (1961), con un apartado dedicado al «Hallazgo de Juan Vicente González». La diferencia entre González y Padrón es enorme en términos históricos y políticos, pero entre ambos existe una semejanza funcional, pues para los dos la palabra misma constituye un campo de batalla.
La Venezuela posterior proporciona otros modelos. Uno de los más importantes es José Rafael Pocaterra (Valencia, 1889-Montreal, 1955), en quien el escritor de combate cambia de tonalidad, deja atrás la polémica decimonónica de González y entra en una literatura marcada por el autoritarismo moderno, la cárcel, el exilio y el testimonio. Colaboró desde Nueva York, en el exilio, en La Reforma Social y en El Heraldo de Cuba, sin que el exilio interrumpiera su intervención en la esfera pública. Representa así al escritor-testigo, para quien la literatura y el periodismo son formas de conservar aquello que el poder intenta borrar.
Que no nos trague el olvido
Leonardo Padrón vivió, casi un siglo después, una experiencia emparentada con la de Pocaterra en un punto preciso. Ninguno de los dos eligió el exilio: ambos fueron obligados a él por un poder que los había señalado y respondieron con el mismo gesto, seguir escribiendo para que ese destierro no significara silencio. «Yo vine a Miami por un viaje de diez días, a una obra de teatro que íbamos a montar sobre Édith Piaf», contó en la reunión del club de lectura, «y esos diez días ya son nueve años». Fue notificado, la víspera de embarcar de regreso, de que el Sebin lo esperaba en Caracas: «No lo podía creer. Se me generó una suerte de mudez, de silencio verbal, mientras trataba de resolver, en la práctica, una cantidad de temas inherentes a un exilio imprevisto, brusco, nada planificado: conseguir dónde vivir, una cama, un escritorio, una computadora, reconstruir una biblioteca que estuve toda una vida construyendo y que se me quedó allá». Y añadió, sobre la necesidad de seguir escribiendo desde afuera: «Creo que es mandatorio que no nos habite la desmemoria, que no nos trague el olvido». Por cierto, casi la misma convicción que sostuvo a Pocaterra.
La experiencia del destierro reaparece en varios de los textos reunidos en Tiempos feroces, y Padrón volvió sobre ella en la conversación con el club de lectura. Una de sus crónicas, «Atrapados», trata de quienes permanecían dentro del país y quienes ya estaban afuera; solo después, ya en el exilio, entendió que la sensación era la misma en los dos lados. «Estamos atrapados los que estamos adentro, los que estamos afuera», resumió, y recordó que uno de los insultos preferidos de Chávez para referirse a quienes lo adversaban era «apátridas». Habló también de la nostalgia como «una sombra que tenemos ya pegada a la piel» y, parafraseando el título del poemario de Uslar Pietri, El hombre que voy siendo (Monte Ávila Editores, 1986), definió su propia condición como la del «venezolano que voy siendo», alguien que sigue ejerciendo su venezolanidad desde la distancia.
La política en la mesa de noche
La tradición venezolana ofrece otro ejemplo importante en Mario Briceño-Iragorry (Trujillo, 1897-Caracas, 1958), y se le trae aquí, entre otras plumas notables del mismo período, porque su trayectoria condensa con particular nitidez la secuencia que interesa a este recorrido: artículo, censura y libro. Briceño-Iragorry encarnó, en los años 50, la oposición intelectual a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Sus artículos de prensa, leídos con avidez, fueron prohibidos a comienzos de 1953, y desde entonces trasladó su combate a libros, folletos y correspondencia desde el exilio, una secuencia que se repetirá en muchas experiencias intelectuales latinoamericanas. Su oposición a Pérez Jiménez fue, a la vez, enfrentamiento a un régimen concreto y defensa de una idea de nación que no podía reducirse al poder militar.
Esta tradición es fecunda para leer a Padrón porque permite distinguir la oposición política de la escritura civilista, pues el escritor de combate puede ejercer, sin ser dirigente, otra forma de responsabilidad: la de recordar al ciudadano que existe una diferencia entre el poder y la autoridad. Padrón reclamó esa distinción en la conversación con el club de lectura, con una insistencia casi biográfica: «Yo nunca fui eso que llaman un animal político. Nunca pertenecí a ningún partido, nunca tuve carné. Mi espíritu liberal es absoluto y mi vocación democrática, total». Y explicó el origen de su viraje hacia la escritura de opinión con una imagen doméstica: «Cuando Chávez ganó sus primeras elecciones (1998) sentí que la política se me metió en la nevera de mi casa, en la mesa de noche que está al lado de mi cama, en mi escritorio, en todos lados […]. Me dije: yo no me puedo quedar callado, tengo que formar parte de la rebelión a esta pesadilla que está cerniéndose sobre el país».
Rómulo Betancourt (1908-1981), sin pertenecer a esta genealogía de poetas devenidos periodistas, ilustra lo mismo desde la política, pues durante la dictadura de Juan Vicente Gómez redactó en 1931, desde el exilio colombiano, el Plan de Barranquilla.
Censuren ustedes, yo no
La biografía literaria de Padrón precede y acompaña su actividad periodística. De hecho, afirma que aun cuando cambia de género «siempre triunfa la mirada del poeta». El propio Padrón resume su posición dentro del libro: «No soy analista político ni pretendo serlo»; escribe sobre el país por «derecho ciudadano a opinar y reclamar», reivindicando una autoridad ciudadana antes que técnica.
En Tiempos feroces esa segunda voz se dirige de manera frontal contra el régimen chavista. El prólogo define a Venezuela como un país sometido a la «sombra totalizante del chavismo» y registra la degradación de la libertad de prensa, las agresiones a periodistas y la censura. En uno de sus textos, Padrón concluye que la prensa está «secuestrada» y herida de muerte, pero convierte de inmediato esa descripción en una apelación ciudadana, pues corresponde a cada quien reclamar su derecho al acceso a la información.
Lo hace, sin embargo, desde un escenario distinto, un ecosistema donde conviven periódicos, televisión, portales digitales y redes sociales, y donde la censura ya no necesita cerrar una imprenta: le basta con bloquear, comprar medios, perseguir periodistas e inundar el espacio público de propaganda. Por eso su escritura impugna también un poder más reciente, el poder sobre la percepción, la pretensión de imponer qué cosas existen y qué versión de un acontecimiento debe repetirse.
Padrón lo entiende cuando escribe sobre el derrumbe de la vida cotidiana. En uno de los textos de Tiempos feroces, la pregunta por la Venezuela que recordarán los jóvenes se convierte en una interrogante por la memoria de la normalidad: agua, electricidad, medicinas, escuelas… «Crisis institucional» puede ser una abstracción, pero un salón de clases sin profesores no lo es. Padrón añade, además, la ironía y el franco humor, que desacralizan el poder porque las tiranías necesitan solemnidad, y se dirige al tirano: «Señor Maduro, termine de enterarse, usted es el responsable del estado de las cosas», una frase cuyo verdadero destinatario es el lector, que escucha al escritor decirle al poder aquello que preferiría no escuchar.
La misma defensa de la palabra pública apareció, en la conversación, referida a otro oficio de Padrón, el de guionista de televisión. En telenovelas como Cosita Rica y Ciudad Bendita introdujo tramas que retrataban la piel sociopolítica del país. En Cosita Rica escribió un personaje que funcionaba como alter ego de Hugo Chávez y una trama de referéndum revocatorio que coincidía con el proceso real que en 2004 buscaba destituirlo; el canal recibió entonces la orden, desde el Ministerio de Información, de que el referéndum de la ficción ocurriera después del de la realidad, y a partir de ese momento comenzó a censurarle los libretos. «Yo les dije: censúrenlos ustedes, yo no me voy a autocensurar», recordó, y explicó que la última telenovela que pudo escribir en Venezuela fue en 2011, cuando el régimen le impidió, por orden categórica, continuar haciéndolo. Por eso, cuando Netflix lo contrató, su primera petición fue contar la historia de su país, del mismo modo en que Colombia había logrado narrar sus propias tragedias a través de la ficción.
Este Año Nuevo en Caracas
Tiempos feroces puede leerse como una forma de archivo civil —Padrón decide qué episodios merecen conservarse, qué nombres deben ser recordados—, una vocación que apareció de manera explícita en la conversación con el club de lectura. Padrón la relacionó con una tradición precisa de la prensa venezolana, la de los cronistas dominicales de El Nacional, a los que dijo deber «muchas luces», entre ellos José Ignacio Cabrujas. Citó también, para explicar por qué convirtió sus columnas en libros, la frase que tituló durante años la columna de Kotepa Delgado —Francisco José Delgado— en ese mismo diario: «Escribe, que algo queda». Y mencionó Diario en ruinas (2018), de la novelista Ana Teresa Torres, un recorrido por la hemeroteca venezolana entre 1998 y 2017 que persigue el mismo propósito: contrarrestar la desmemoria e impedir que las vejaciones de un país entero se vayan quedando «sepultadas en el ayer».
Esto no reduce su escritura a una denuncia exclusiva del régimen de Maduro, pues Tiempos feroces registra también una preocupación por la destrucción de los vínculos que permiten la existencia de una sociedad civil. Cuando Padrón habla de la oposición, la describe heterogénea y tenaz, pero también errática, y sostiene que hay que alertar a sus dirigentes cuando se equivocan. Su tarea, dijo en la conversación con el club de lectura, ha sido «asumir mi voz ciudadana públicamente, pero asumirla a través de mi mirada, de mis ojos, de escritor» —más incómoda que la del propagandista de una facción, porque interpela al poder y también a quienes se le oponen.
Las cifras no tienen alma, los ojos sí
Leonardo Padrón aparece al final de este recorrido menos como una repetición que como una transformación de esa tradición, en una coyuntura que agrega una sensibilidad propia de su tiempo: la poesía urbana de finales del siglo XX, la cultura audiovisual, la experiencia de una sociedad sometida a una transformación política prolongada. El mundo en que escribe dejó atrás la prensa doctrinaria del siglo XIX y los grandes periódicos del siglo XX; es el mundo de la fragmentación mediática, los portales digitales, las redes sociales y la diáspora, y en él la función fundamental permanece: dar forma verbal a una experiencia colectiva y disputar al poder el derecho exclusivo a interpretarla.
Aquí se encuentran las dos dimensiones de Padrón, poeta y ciudadano. El poeta construye la frase; el ciudadano decide para qué debe servir; el periodista la pone en el espacio público. Esa triple condición explica el tono de su obra, donde la indignación rara vez adopta la forma abstracta del tratado político, sino que prefiere la escena, el personaje, la frase coloquial, la pregunta directa, una voluntad que hunde sus raíces en la crónica moderna y en la vocación de Martí de acercar la literatura a la vida pública.
Esa mezcla explica también su insistencia en la vida cotidiana como escenario de la tiranía, tan visible en el aula con goteras y sin pupitres y en el hospital sin medicamentos como en las cárceles o en los decretos, pues hacer que una realidad que amenaza con volverse estadística vuelva a convertirse en experiencia es el colmo de lo poético. La poesía no está necesariamente en el verso; está en la forma de mirar, y en esa mirada, más que en el género que adopte en cada caso, reside la unidad de su obra. Por eso el título Tiempos feroces resulta tan apropiado, pues es, ante todo, una definición moral del presente, condensada por un escritor y establecida por un ciudadano.
El libro aspira, además, a que esa ferocidad sea temporal. En uno de sus textos, Padrón imagina el momento en que Venezuela pueda decir «eran tiempos oscuros»; la imagen de la tiza que queda en los salones de clase para «refundar el país» transforma la destrucción institucional en una escena de reconstrucción futura. No basta con denunciar; hay que conservar la posibilidad de imaginar después, la necesidad, en Padrón, de refundar una sociedad devastada. Por eso el poeta de combate es, en último término, un custodio del lenguaje: como el autoritarismo degrada las palabras, llama diálogo al sometimiento y paz al silencio, el escritor intenta devolverles su significado. Y por eso los sistemas autoritarios sienten una incomodidad particular ante los escritores, pues la metáfora abre una posibilidad de pensamiento que la propaganda no controla.
Esa convicción atraviesa uno de los episodios que Padrón recordó con intensidad en la conversación con el club de lectura. Contó que, para escribir algunas de sus crónicas sobre presos políticos, se reunió con personas que habían sido detenidas y maltratadas, entre ellas una joven agredida y detenida tras un incidente de protesta y un abogado de derechos humanos que terminó preso tras defender a un detenido. «Las cifras no tienen alma», dijo Padrón, «lo que tiene alma es los ojos vidriosos de alguien que te cuenta su historia, la cara consternada, la voz que se quiebra». Por eso, cuando alguien le preguntó, hacia el final de la conversación, si veía un desenlace cercano para Venezuela, contestó: «Yo soy un optimista crónico y les quiero dejar una certidumbre de que vienen cosas buenas, porque lo sé, porque sé que están pasando cosas, en voz baja, pero están pasando. Ojalá me toque escribir más bien las crónicas de la luz».
La esperanza tiene, en Padrón, un destino concreto. Dijo tener muchas esperanzas de recibir el Año Nuevo en Venezuela, aunque aclaró que eso no significa que vaya a haber elecciones antes de diciembre —calcula que podrían convocarse dentro de un año o año y medio—, si los pasos que se están dando no desembocan en un nuevo fracaso. No sabe si volvería a vivir allí de manera definitiva, porque sus hijos están en España y su trabajo lo mantiene entre México y Miami, pero entre los deseos que nombró en la conversación con el club de lectura hay uno que cierra el círculo abierto por su propio exilio: «llegar a quitarle el polvo a mi biblioteca», la que tuvo que dejar atrás cuando salió de Caracas hace nueve años.
Hispanoamérica tiene, sin necesidad de documentar una filiación consciente entre Padrón y sus antecesores, una larga tradición cultural en la que el escritor, ante la crisis política, entiende que su autoridad sobre las palabras debe trasladarse al espacio público. El poeta ganado para la escritura de combate es su forma más intensa: la capacidad de hacer visible lo que el lenguaje político quiere volver invisible, de convertir el hambre en una escena, la censura en un silencio, la escuela destruida en una tiza y de devolverle rostro humano a lo que las estadísticas deshumanizan.
De Juan Vicente González a Martí, de Pocaterra a Briceño-Iragorry, y de esa tradición venezolana e hispanoamericana a Leonardo Padrón, hay una persistencia antes que una línea recta de herencias: la convicción de que la escritura es una forma de acción civil y de que, en tiempos feroces, también el silencio es una forma de escritura, la que otros harán sobre nosotros si no contamos lo que vimos. Padrón escribe porque su poesía le enseñó que las palabras importan, porque su oficio le impide aceptar que la realidad pueda ser nombrada solo por quienes detentan el poder y porque, después de todos estos años de columna y de exilio, sigue siendo poeta incluso —¿o sobre todo?— cuando escribe contra el poder.
