El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, mostró un racimo de plátanos durante una rueda de prensa el lunes y prometió que los compradores pagarían 30% menos que los «precios minoristas habituales» cuando la ciudad abra cinco supermercados municipales, a un costo de $70 millones para los contribuyentes.
«¿Cómo van a evitar que la gente se aproveche de esa oferta?», le preguntó un reportero al alcalde. «¿Habrá un límite a la cantidad de productos que alguien pueda llevar?»
«Nuestra solicitud de propuestas deja muy claro que este es un programa para que los neoyorquinos puedan poner comida sobre la mesa, no para que la gente gane dinero rápido revendiendo productos», respondió el alcalde antes de cederle la palabra a Jeanny Pak, presidenta interina de la Corporación de Desarrollo Económico de la Ciudad de Nueva York. Pak dijo que la ciudad estudiaba un sistema «similar al de una tarjeta de biblioteca» que le permitiera «administrar quién compra», con énfasis en «los neoyorquinos de a pie».
El plan de la ciudad parte de la premisa de que puede controlar quién compra productos subsidiados. La experiencia de Venezuela con supermercados administrados por el gobierno indica que esa premisa merece escrutinio.
Cuando Hugo Chávez creó en 2003 una red nacional de supermercados estatales llamada Mercal, enfrentó el mismo dilema: cómo controlar la demanda excesiva cuando los precios se fijan artificialmente bajos.
Al principio, Mercal parecía funcionar. Pronto se convirtió en uno de los programas sociales más populares de Chávez. En una emisión de 2007 de su programa Aló Presidente, Chávez comparó los precios de Mercal con los de un supermercado cercano. Un kilo de azúcar costaba 740 bolívares en Mercal, frente a 1.300 bolívares en el otro establecimiento. El pollo se vendía a 1.900 bolívares en lugar de 4.550. Los descuentos eran de aproximadamente entre 43% y 62% respecto de los precios ya regulados por el gobierno. Chávez calificó a Mercal como un instrumento para construir el «comercio socialista».
Más del 70% de los hogares declararon haber comprado al menos un producto en Mercal en 2005, cuando el programa alcanzó su máxima popularidad. Con el tiempo, los precios artificialmente bajos llevaron a los compradores a vaciar los anaqueles y los establecimientos se hicieron famosos por las colas que daban la vuelta a la manzana. La proporción de hogares que compraban en Mercal cayó por debajo del 40% en 2014.
La diferencia entre los precios subsidiados de Mercal y los de otros comercios creó una oportunidad evidente para la reventa. Hubo denuncias por desvío de mercancía, compras ficticias y por empleados que permitían a amigos y familiares saltarse la cola, además de corrupción en las compras y en la distribución. Llevar alimentos al otro lado de la frontera para revenderlos en Colombia a precios de mercado se convirtió en una industria en auge. La reventa en el mercado negro incluso dio origen a un nuevo oficio: el bachaqueo.
El gobierno respondió a la escasez con controles más estrictos. Limitó las compras, asignó a cada comprador un día de la semana según el último dígito de su cédula de identidad y registró las ventas mediante la cédula y la huella dactilar. Algunos establecimientos exigían llevar a un bebé o presentar una partida de nacimiento para comprar pañales.
Las compras centralizadas generaron otra serie de problemas. En 2010, la Contraloría General de la República auditó a la distribuidora estatal de alimentos y admitió adjudicaciones directas injustificadas, contenedores de alimentos almacenados a la intemperie, productos dañados y graves discrepancias entre los inventarios y los registros de los almacenes portuarios.
Mercal, por sí solo, no causó la escasez de alimentos en Venezuela. Funcionó dentro de un sistema más amplio de controles nacionales de precios y de cambio, importaciones subsidiadas, expropiaciones, derechos de propiedad precarios, financiamiento monetario del déficit público y caída de la producción petrolera.
Por fortuna, el programa de Mamdani se limita a la ciudad de Nueva York.
El experimento neoyorquino es local, mucho más acotado y, por tanto, de menor riesgo. Contratistas privados operarán los establecimientos, mientras que auditores, tribunales, periodistas y ciudadanos podrán examinar los resultados. Chávez, en cambio, restringió la libertad de prensa y reprimió la cobertura de sus políticas fallidas.
Los neoyorquinos también tendrán muchas alternativas. Los cinco supermercados municipales formarán parte de un mercado de venta de alimentos que incluye más de 1.100 supermercados y 10.000 bodegas.
La comparación sigue siendo útil porque Mamdani, al igual que Chávez, descubrirá que no puede eludir las leyes de la oferta y la demanda. Su respuesta evasiva a la pregunta del reportero indica que no ha pensado demasiado en cómo administraría la ciudad ante una fuerte demanda de alimentos baratos. De una u otra forma, el programa necesitará racionamiento. La alternativa sería tolerar que cualquier comprador atraído por el precio bajo pueda adquirirlo, lo que seguramente generará largas colas fuera de los establecimientos.
El espectáculo de las colas para comprar alimentos sería un desastre de relaciones públicas para un alcalde hábil con los medios y que ha presentado sus políticas como prueba de que «los socialistas no solo entienden la economía, sino que la entienden tan bien como los capitalistas». La retórica de Mamdani evoca la de Chávez, quien calificó a Mercal como «un instrumento» para demostrar que el socialismo funciona y que la teoría de la mano invisible de Adam Smith era una mentira capitalista.
Como Chávez, Mamdani es socialista, populista en materia económica y un político talentoso. Entiende el poder retórico de prometer comida barata. El gobierno puede fijar el precio, pero no puede garantizar que haya suficiente para todos.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Reason (Estados Unidos) el 31 de julio de 2026
