El anuncio de una transición es un aliciente cuando la sociedad experimenta lapsos de frustración profunda. Las campanas de la esperanza suenan cuando te dicen que vas a mejorar poco a poco de una enfermedad delicada. Pero no es así cuando la desgracia es seria de veras, ni siquiera contando con la ilusión del auxilio de facultativos expertos que manejan las mañas de la curación, y obrarán milagros como han hecho en el pasado con otros organismos en otros hospitales. No se trata ahora de escribir sobre patologías individuales, sino sobre un descalabro social que jamás había sucedido a través de la historia, pero la analogía puede tener sentido como camino para comprender la dificultad gigantesca que tiene la sociedad venezolana para salir de un atolladero pavoroso, tal vez el más tenebroso de su desenvolvimiento. Parece que ante su profundidad no hay médico que valga, por muy experto que sea, por más milagroso, aunque no se trata de una causa perdida.
El vehículo más idóneo para llegar a una afirmación tan contundente radica en la observación del tipo de personas que se han encargado del gobierno en las décadas más recientes. Gentes en su mayoría desprovistas de sentimientos relacionados con el bien común. Si hubo mandatarios terribles en el pasado, quedan bien parados cuando se intenta una comparación. Recordemos ejemplos como los de los nefastos hermanos Monagas y su camarilla, o como el del malhadado Cipriano Castro y su círculo ominoso de felicitadores, y algo relativamente constructivo se encontrará en su tránsito que los deje mejor parados frente a los tipejos de la actualidad. Me refiero, para que no quepa duda, a individuos sin ideas susceptibles de proyectarse en sentido positivo hacia la colectividad. Afirmar que tengan ideas es ya una concesión generosa, un favor sin fundamento en hechos concretos, pero tal vez algo guarden de pensamiento para no declararlos en orfandad redonda, o porque son capaces de ciertas expresiones que no parecen infrahumanas. Conspira contra la concesión el hecho de que hayan formado la corte de un analfabeta funcional, de un bachiller de mala muerte llamado Nicolás Maduro en un país que levantó cabeza cuando escogió como primer mandatario a Rómulo Gallegos, pero algo hay que concederles para que la sociedad no quede tan desairada cuando recordamos que pasó por la vergüenza de apoyarlos y aplaudirlos.
El espectáculo más reciente que tales sujetos nos han ofrecido es el de convertirse en maromeros sin rival, en los trapecistas más atrevidos que puedan salir de un circo pueblerino. No la idea, sino apenas el cliché que pudieron pergeñar en su teatro de veintisiete años, consistió en anunciarse como paradigmas del anti imperialismo estadounidense, hasta el extremo de proclamar que ofrendarían la vida contra su ¨planta insolente¨. Pero hete aquí que, con un trío de comediantes en la vanguardia del elenco, son ahora exactamente lo contrario, es decir, sirvientes sumisos de las órdenes del gobierno de los Estados Unidos. El vocablo sumisos debe considerase ahora en toda su extensión, en todo lo que pueda tener de elocuencia y vergüenza, debido a que no dan paso sin órdenes de Washington y enmiendan la plana cuando resuelven organismos como la CIA o como la comandancia de los marines porque les da la gana, porque conviene a sus intereses. Y todo esto sin siquiera parpadear. Se da así el caso de encabezar, tres empleados y sus burócratas de medio pelo, el régimen más sumiso a una potencia extranjera desde el período de las guerras de Independencia. Ya la cabriola es susceptible de censura fulminante, de repulsión fuerte y redonda en una sociedad que ha querido funcionar como república autónoma desde 1811, pero se convierte en monstruosa debido a las características del patrón ante quien se han sometido. No se trata de un jefe decente, como Lincoln o Kennedy, por ejemplo, sino de un pillo rubio de siete suelas. Así rematan y decoran el entuerto.
¿Cómo diablos se sale de semejante atrocidad? Ni siquiera el encomendarnos a José Gregorio nos librará de la dolencia, para volver al argumento de los enfermos y los médicos portentosos usado al principio, pero nada está escrito en piedra sobre el desenlace. Quizá solo adelantar una idea que no parece disparatada: no se sale de gentes tan nefastas con la receta de transición que se ha usado hasta ahora. Si estamos mejor dotados que los representantes del régimen títere en el área de las aspiraciones, de las ideas y del respeto a la historia patria, debemos apresurar o mover el almanaque de la transición. Porque estamos más comprometidos con el futuro del republicanismo hasta el punto de encontrar la manera de sacarlo del borde de la tumba. Y porque, sin duda, no somos como los rufianes que nos gobiernan. Ni como su patrón.
