En la aldea
05 julio 2026

La otra cara de la catástrofe: todos los niños venezolanos saben leer

Todo lo que se narra aquí guarda relación con la recuperación de la palabra. Sucede un fenómeno, completamente inaudito, cada uno de estos días hacia las 11:00 am en Parque del Este: a través de una rasgadura en la cortina del tiempo, un niño por aquí y otro por allá (a veces también varios juntos) escucha los cuentos de los cuentacuentos, unos demiurgos muy criollos que abren puertas a lo fantástico y curioso. El vehículo es la palabra. Esta simple experiencia cotidiana, llevada a cabo por un grupo de instituciones, alguna pública y las demás privadas, certifica la posibilidad de la resiliencia y la superación de la tragedia.

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Sebastián de la Nuez | 05 julio 2026

La tortilla corredora, el sapo distraído, otro sapo que anda enamorado y un chico a quien llaman El pequeño emperador, entre otros personajes más o menos entrañables,  provocan una rotura en el tiempo en esa zona del Parque del Este llena de carpas. Sucede cada mañana y cada tarde. Reviste características de milagro pero no lo es. El único milagro aquí es una nueva generación de venezolanos, de edad muy variable. Pero sobre todo son niños los protagonistas aquí.

Esa rotura en el tiempo ―como una cortina rasgada a través de la cual accedes a otra dimensión― es invocada por una pequeña legión de cuentacuentos y narradores, jóvenes que saben su oficio, disfrutan haciéndolo y son, en el fondo de sí mismos, una especie de demiurgos de la fantasía. Y la fantasía combate el desasosiego. Ellos, los cuentacuentos, también son rescatistas, a su manera. Detrás están ciertas organizaciones, alguna empresa con recursos. Deben mencionarse porque es lo justo:

Es el milagro de sanar en el entretenimiento y respirar aire fresco mientras das vuelo imaginativo a los más vulnerables entre los vulnerables con la sola voluntad de que atisben todo lo bueno que tienen dentro y pongan en imágenes risueñas un mundo fantasioso que los haga soñar.

Al centro de acogida del Parque del Este han llegado centenares de menores con el ánimo roto: han quedado a la intemperie, acaso huérfanos, tras el 24 de junio.

Hay entidades, organizaciones o empresas, que hacen posible esta actividad del cuentacuentos o narrador que abre rendijas en la cortina del tiempo. En este caso, Banco del Libro ha llevado la iniciativa y, dentro del Banco del Libro, María Beatriz Medina (directora) junto a dos personas claves en su equipo, Olga González y Jaime Yáñez. Pero también deben nombrarse Ibby ―International Board On Book For Young People―, entidad que proporciona recursos, conocimiento y eso que llaman know-how; Venemergencia, empresa de atención primaria en salud; la multinacional Movistar, que ha puesto a disposición gente diligente y sensibilizada; un gobierno local representado por la Dirección de Educación de la Alcaldía de Chacao, que facilita muchas cosas. Además colabora Fundación Chamos buscando ayuda internacional (es una ONG conocida en el Reino Unido y en España por Chamos in Aid of the Children of Venezuela). Todos han puesto lo suyo en esto.   

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Y luego, la brigada de cuentacuentos y narradores que no se pierden un día en el Parque del Este. Van y reúnen a los chicos y chicas, y eso es para ellos la felicidad reencontrada. Una felicidad tímida, llena de incertidumbre, pero felicidad a fin de cuentas. Es imposible nombrarlos a todos acá; bastará decir que juntos habrán de contribuir a una Venezuela más civil que militarista, más conversadora que conflictiva, más lectora que follower de sandeces.

Estos niños refugiados ya conocen la grieta en el tiempo gracias a ellos, esa rasgadura buena para colarse y ver las otras caras del mundo, más amables y asombrosas e, incluso, a veces delirantes de fantasía. María Beatriz Medina opina que es gente maravillosa, esa brigada. Habla de otras posibilidades para instalar centros de acogida. En eso está con la Alcaldía: en San Bernardino o en la placita de Los Palos Grandes, por ejemplo. Toma café en una carpa junto a Dennys Montoto, la amiga del alma que coordina las actividades en Parque del Este. Wasap permite compartir el tintineo de las tazas junto con un vocerío externo, difuso. Dennys es socióloga y está allí echándole pichón como voluntaria. Ambas hablan del horror pero también de esperanza. Hay una pregunta que ellas se repiten y que reposa sobre los preceptos del deber ser de Ibby: ¿de qué manera restablecemos un lazo con la palabra ante un evento traumático?

Ellas saben que un terremoto puede convertirse en trauma para un niño, si ese niño no encuentra cómo inventar respuestas que den sentido a la experiencia vivida. María Beatriz dice que el psicoanálisis de orientación lacaniana ofrece «una escucha singular al niño que sufre». La idea resumida es: existe un saber acumulado en trabajo clínico y esa experiencia, sistematizada, señala a la lectura como posibilidad de entendimiento y sanación; de allí el proyecto «Leer para Vivir», fundamento de lo que se está haciendo en el Parque del Este y se intenta en otros sitios de acogida de damnificados. Según Medina, el aporte de los psicoanalistas de NEL o Nueva Escuela Lacaniana de Caracas ha sido fundamental en este sentido.  «Por medio de la palabra, el juego, la lectura y el dibujo, los niños pueden reelaborar su sufrimiento, superar el padecimiento, la marca que ha dejado el acontecimiento traumático que los habita», afirma la directora del Banco del Libro.

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Es imposible mencionar a todos los involucrados pero sí es posible tomar a una cuentacuentos, Isabela Iturriza, y permitir que narre lo que han sido estos aciagos días para ella. Isabela tiene un hijo. Estudió Comunicación Social y después un postgrado en la Universidad de Navarra. El 24 de junio a las seis y cuatro minutos de la tarde estaba en una reunión con amigos, en Los Naranjos. En medio del vaivén y el zarandeo, terminaron varias familias abrazadas en algún punto del edificio. No sabían qué otra cosa hacer. Luego marchó a Chuao, casa de su madre, pero había salido a misa. En los trayectos que hizo vio el azoramiento en carne viva, caminando por las calles sin rumbo definido. Dice que todavía no tenía, lógico, idea de las dimensiones de lo que había ocurrido. Ella trabaja en Venemergencia, empresa que ofrece servicios médicos de atención rápida, desde telemedicina a la atención de urgencias. Esa empresa se maneja, además, mediante una fundación donde se forman ciudadanos para ser los primeros que den respuesta, precisamente, a las emergencias (de modo que el foco de la fundación está ligado al quehacer operativo de la empresa). Ella se desempeña en comunicaciones y relaciones institucionales. Fue productora para Unión Radio y allí trabó relación con el Banco del Libro, institución con la cual produjo más de cien cuentos radiofónicos durante la pandemia. De allí la relación con Medina.

Ahora, en Parque del Este, se ha estrenado como cuentacuentos. La empresa activo un punto de atención en el Parque del Este desde el día 25 y el 27, desde ese punto de apoyo, comenzó el acercamiento a los pequeños damnificados.

La dinámica allí es muy particular. No como uno se imagina, que se reúne a un grupo de ocho o nueve chiquillos para cautivarlos con un cuento, no. O no necesariamente ha sido así. Se ha hecho más bien carpa por carpa, muchas veces leyéndole el cuento a un solo niño. Primero se aparecieron los voluntarios  con una bolsa de libros para que las familiares y los propios niños vean que ha llegado gente con una propuesta en particular. Y no cabrá la duda: la propuesta es leer. Los voluntarios de la empresa donde trabaja Isabela llegaron con sus franelas rojas y el nombre, Venemergencia, que los identifica. Cuenta: «Llegamos con una manta, nos sentamos y algún otro voluntario busca a los niños para que se acerquen a leer o escuchar lo que leemos».

Así han ido formando público. Alguno de los oyentes de repente se levanta y dice: «Ya va, esto me gusta, déjame buscar a mi hermanito».

Ese fue el primer acercamiento, mostrar que estaban ofreciendo algo que podía gustar, disfrutarse. En otros casos se acercaron madres a pedir cuentos para leérselos ellas mismas a sus niños, dentro de las carpas; en otro momento, que se puso a llover, los mismos niños no querían abandonar la actividad y fueron todos a meterse bajo una carpa. Cuenta Isabela: «En una carpa en particular había dos niños y dos adultos. Al final los niños terminan por dormirse y me quedé leyéndoles a la tía y a la mamá… Muy bello, la verdad. Ha sido un refugio para los que estamos viendo la oportunidad de poder ayudar a los demás».

Después, Isabela envía fotos y mensajes por wasap: «Con ese chipilín de la foto leí La Tortilla Corredora y después me invitó a jugar con sus carritos. Necesitaba una pista, así que la pintamos». Algunos de los pequeños decían (dicen) que saben leer y en realidad no es así, es una mentirijilla para hacerse los grandes o simplemente porque les da pena decir que todavía no leen; en todo caso, les ponen el libro delante y no se quedan callados, improvisan su propia historia. Eso ha hecho que Isabela se enamore más de ellos. Isabela tiene un hijo de 10 años, y ya se sabe, porque lo dijo Andrés Eloy Blanco, lo que sucede cuando se tiene un hijo.

Agrega Isabela: «O dibujan algo sobre la historia que escuchan, y el dibujo probablemente no tiene mucho que ver con el cuento, pero no importa, porque eso les ayuda a abrirse y relatar…». Los niños son niños y en apariencia no hay trauma alguno; pero de repente le dijo a una chamita, al despedirse, «bueno, nos vemos mañana», y la niña contestó: «Sí, porque ya yo vivo aquí».

Todos ellos viven una situación atípica y lo saben, o al menos lo intuyen, pero Isabela no ve o no ha visto hasta ahora que la tragedia los haya afectado de manera evidente: «No, no han llorado; lloraron cuando llovió el otro día y pensaron que se iba a acabar la actividad».

La preocupación es el después de esto. Por ahora la situación es la metáfora de un velorio al que asiste mucha gente que entra y sale; todos llegan con dulces y chucherías ―en opinión de las consultadas para este trabajo, en exceso― para colmar a los pequeños. Reina la mejor buena voluntad, aparecen hasta peluqueros o peluqueras dispuestos a cortarles la melena a los varones. Pero hasta la buena voluntad debe administrarse con criterio de escasez. Sin duda, esa avalancha consuela o distrae o impide ponerse a pensar demasiado; pero en algún momento volverá la normalidad y probablemente a muchos se les abra, entonces, un insondable abismo ante sí.

Es cierto: en Venezuela, hoy, todos los niños saben leer o, si no, se inventan su historia, la cuentan a trancas y barrancas o la dibujan. Han aprendido a ser valientes incluso en eso. Son tan valientes que parecen destinados a construir un mejor país, un país que no cometa tantos desatinos a la hora de votar, a la hora de unirse y evitar la peor de todas las catástrofes: un gobierno deshumanizado, no solo inepto.

Lo que se cuenta aquí es, resumidamente, cómo se va tejiendo una red de alianzas. ¿Para qué? Para la sanación. Para mitigar el sufrimiento y motivar a la gente por encima o a pesar de la desgracia. En fin, cambiar el rumbo del país. Es un aprendizaje. Las rendijas en el tiempo no juegan para un solo equipo, pueden producirse a mayor escala.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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