El terremoto del pasado 24 de junio no solo pulverizó el concreto en Caracas y La Guaira; Falcón, Morón y El Junquito, entre otras zonas de Venezuela menos visibilizadas, que el costeño Estado La Guaira.
Se abrió una grieta moral espantosa, mientras rescatistas –. muy pocos– junto a la ciudadanía desesperada, desafían a la gravedad buscando vidas entre los escombros, en las penumbras de los hospitales colapsados y las canchas deportivas convertidas en refugios improvisados, se pasea un peligro mucho más silencioso y letal: el tráfico de menores.
Las alertas no provienen del Estado, ¿Cuál Estado?, sino del desespero en primera línea. Activistas y figuras públicas, gente común y corriente a través de sus redes, ese gran aliado de los venezolanos en estos momentos, en las zonas de desastre han denunciado la presencia de personas desconocidas e informales que, aprovechando el absoluto desconcierto y la falta total de registros, se acercan ofreciendo de manera sospechosa «cuidar», «alimentar» o trasladar a bebés y niños huérfanos fuera de refugios y custodias improvisadas.
«En las últimas horas ha empezado a salir en redes de periodistas y ciudadanía in situ que a niños, niñas y bebés se los han estado llevando gente desconocida y ya no se sabe de ellos», esto lo dice una de las denuncias públicas que ha encendido las alarmas.
Hay que tomar en cuenta que en este momentos muchos niños (no se sabe cuántos) se encuentran en situación de extrema vulnerabilidad. En medio de los llantos y la desesperación de encontrar a un familiar y el papeleo oficial inexistente, es cuando operan los criminales.
La situación es alarmante y ya tiene antecedentes históricos.
Recordemos que cuando ocurrió el deslave de Vargas en 1999, miles de evacuados enfrentaron una total falta de filiación inmediata debido a la pérdida de documentos físicos bajo el lodo. Entonces las redes criminales operaron camufladas en traslados militares y civiles que se hacían sin listas cruzadas de personas, lo que derivó en campañas tardías post-desastre (2000) y dejó más de 119 menores desaparecidos de forma permanente.
Hoy, tras el terremoto, la población infantil está nuevamente expuesta. Podrían alcanzar miles los huérfanos convertidos en víctimas. El modus operandi de las mafias se ha sofisticado mediante acercamientos informales en refugios y captaciones a través de redes sociales, aunque la gran diferencia radica en que los activistas están logrando emitir alertas tempranas en tiempo real para frenar los raptos.
La advertencia urgente a los organismos de protección (si queda alguno): ningún niño, niña o adolescente herido o separado debe ser entregado a particulares, voluntarios o rescatistas sin una estricta verificación de identidad y la debida autorización.
La ley de la selva, el abandono y los escombros de la desidia
El caldo de cultivo para estas mafias se alimenta minuto a minuto de la anarquía absoluta provocada por la inacción de las autoridades. En las calles de La Guaira y los municipios colapsados de Caracas, Aragua y otros estados no hay despliegues estatales coordinados ni maquinaria pesada abriendo paso.
La realidad es dantesca: la ciudadanía ha tenido que improvisar la salvación de sus propios vecinos, tratando de sacar las toneladas de concreto con palas rotas, martillos domésticos y hasta con las uñas, bajo un sol inclemente y el olor a muerte que empieza a emanar de los bloques. Se requiere de formol y cal.
Ante semejante abandono, es imposible no formular estas preguntas: ¿Dónde están los militares? ¿Dónde quedaron aquellos batallones que reprimían con blindados y echaban gas lacrimógeno “del bueno” en las manifestaciones civiles? ¿Dónde se esconden los alcaldes, los gobernadores y los usurpadores del poder que avalan vallas publicitarias pidiendo el regreso de Nicolás y Cilia?
El silencio de los despachos “oficiales” es ensordecedor. En las calles y conversaciones de la gente común y corriente, lo que pasa de boca en boca es que el liderazgo oficial tiene temor. ¿Será porque saben perfectamente que si asoman la mirada por los refugios desprovistos de agua y comida, el dolor de la gente se transformaría en furia, arriesgándose a ser repudiados, abucheados o incluso hasta linchados por una población cansada y ahora hundida y desesperada?
Los menores de edad rescatados que no cuenten con la presencia de sus padres deberían ser movilizados únicamente a través de los Consejos de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes y trasladados a entidades de atención debidamente acreditadas, hospitales certificados con custodia policial o refugios oficiales con presencia activa de organizaciones humanitarias.
La prioridad absoluta de la sociedad civil en este momento debe ser el registro biométrico y la reseña fotográfica inmediata de cada menor que ingresa a un centro de atención médica o a un refugio, antes de que las sombras del tráfico se los vuelvan a tragar.
Luz Internacional sobre un cementerio de concreto
A solo pocos días del fatídico evento, cuando las herramientas rudimentarias de los civiles ya no se dan abasto y el cansancio apaga las esperanzas, se ha visto finalmente el arribo de la ayuda profesional.
Más de 1.600 rescatistas internacionales de brigadas especializadas provenientes de México, El Salvador, Chile, Colombia, Ecuador, España, Francia y Estados Unidos han pisado tierra venezolana. Equipados con tecnología de punta, sensores térmicos y unidades caninas, estos contingentes representan la última delgada línea entre la vida y la muerte para quienes siguen atrapados en los escombros.
La tragedia, en su faceta más desgarradora, actúa como un faro de alta potencia en medio de la oscuridad geopolítica.
Podríamos decir que funciona igual que una violenta tormenta que sacude una casa abandonada: de repente, las ventanas rotas y los lamentos internos obligan a los vecinos más distantes e indiferentes a detener su marcha, a voltear la mirada y a extender las manos que antes permanecían cruzadas.
Venezuela, tantas veces aislada y olvidada en sus crisis crónicas, hoy ha forzado la mirada del planeta entero. El dolor ha quebrado la indiferencia global, y la llegada de estos rescatistas es la prueba de que bajo las ruinas aún hay esperanza…
