Hay una peligrosa seducción en la idea de que la política es un fin que justifica la suspensión del derecho. Quienes sostienen que la legalidad es un accesorio prescindible frente a la “urgencia de lo político” no están proponiendo un realismo audaz, sino un retroceso civilizatorio. Al despojar al poder de sus límites normativos, no se libera la voluntad popular; se pavimenta el camino hacia una tiranía invisible, donde el capricho del gobernante sustituye la certeza de la ley. Sobre todo en casos en los que el poder carece de límites no solo normativos, sino también morales y éticos.
Aunque puedo coincidir en que delatar la violación de la ley no es suficiente para desplazar al poder, dejar de hacerlo envía la discusión política a un abismo en el que la fuerza pasa a ser el elemento definitorio: quien la detenta impone las reglas. Incluso las tiranías más primitivas, como la venezolana, intentan siempre barnizar la arbitrariedad con una fingida legalidad: apelan al TSJ, alegan decisiones, estatutos y resoluciones. Contrariar esa dinámica desde la racionalidad jurídica también atiende al problema político; si ese argumento se abandona, entramos justamente en el terreno más conveniente al poder: el de la anarquía.
Los venezolanos enfrentamos un régimen que ciertamente no respeta ni atiende a lo legal, pero tampoco a lo político. No hacen política, no ceden espacios, no llegan a acuerdos; y cuando los suscriben, los irrespetan. ¿O es que no recordamos que durante años intentamos estériles diálogos políticos de alto nivel, con mediación internacional e incluso de organismos multilaterales, dando primacía a lo político, y fracasamos una y otra vez? Así que no hay nada nuevo en pedir el retorno a esa dinámica. Por cierto, cabe recordar que Maduro está fuera del poder por invocación de la ley, no por la apertura de un espacio político. Fue el uso de la fuerza, apalancado en la ejecución de una orden judicial fundada en la ley, lo que se lo llevó, para fortuna de los venezolanos.
Apelar a la ley trasciende la restringida y peligrosa idea de que el derecho se limita a recitar artículos. El derecho es mucho más que la letra recogida en los códigos (positivismo jurídico) y otros cuerpos normativos. Tiene un componente espiritual, natural, fundacional y principista que todo lo envuelve. Al referirse a las relaciones entre poder y derecho, Rojas Amandi señala que, en un Estado de derecho, el poder político puede definirse como la capacidad que un grupo de personas posee para actuar sobre los elementos del Estado mediante la organización política y en estricto cumplimiento de las normas jurídicas, con el objeto de realizar los fines estatales. En este caso, el medio legítimo de la política es el derecho. A ello agrego que la política desprovista de derecho es mera retórica autoritaria. Incluso cuando en una negociación política hay un apartamiento sustancial de la norma, se hace bajo la premisa de que el objetivo final —o futuro— ha de ser el retorno a su cumplimiento.
Cuando, desde la actividad política, se exigen espacios, libertades, ejercicio de la ciudadanía, respeto a la propiedad, participación política, libertad de expresión, liberación de presos políticos, reinstitucionalización y democracia, lo que en el fondo se exige es el retorno a los parámetros que ya ha definido el modelo republicano recogido en textos legales como la Constitución. No se trata de creer que la salida está únicamente en las reglas, sino de entender que uno de los grandes logros de la política es el retorno de la mediación del derecho en las relaciones sociales, que en el fondo es la paz. La ruptura del derecho nos llevó a un modelo dual en el que la ley va por un lado y las acciones del Estado por otro. La reunificación de ese divorcio es la tarea pendiente, y sin invocación al derecho carece de referente.
Un gran venezolano, Humberto Calderón Berti, me dijo una frase que me quedó impresa en la consciencia: el chavismo generó una dinámica política en la que algunos creen que no hay reglas… creen que todo se vale, y ese es su peor legado. Lo legal importa: cuando se aparta del debate político, triunfa la barbarie.
