En la aldea
23 enero 2026

La fotografía del matrimonio cercado por sus extorsionadores

El lugar, la hora, los testigos y el encuadre no fueron casuales: fueron parte del control narrativo del poder. En las dictaduras, la prisión no termina con la salida. La dominación continúa en la imagen.

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Milagros Socorro | 22 enero 2026

A nadie le hace falta haber estado allí para saber que la pareja situada en el centro de la imagen ha sido forzada a posar para esta fotografía. No hay en sus rostros el menor rastro de consentimiento. Adelantan la barbilla como quien encara a sus captores, sostienen la mirada, aprietan los labios en un gesto que no es de temor, sino de resistencia.

Solo ellos aparecen verdaderos. Los demás están allí para representar un papel. En el centro de la escena no hay invitados a una ceremonia, sino dos rehenes obligados a participar en el cierre público de su propio cautiverio.

Las manos entrelazadas no son un gesto romántico. Son un acto defensivo. Indican que no quieren ser separados y que saben que aún no lo están. La fotografía no registra una liberación. Registra una fase más de un procedimiento de coerción.

Los rehenes acatan y se sitúan en el centro del sexteto, pero no claudican. No sonríen. Su calvario no ha terminado. Tampoco el de todos los demás, con excepción del hombre ubicado a la izquierda del grupo, el único para quien esta escena cargada de tensión no implica consecuencias personales graves.

Empecemos por él. Se trata de Gilles Roduit, embajador de Suiza en Caracas y anfitrión, dado que la foto se tomó en la sede de esa delegación. Un poco separado del resto, atlético e inexpresivo, muestra una mirada directa que no busca empatía ni confrontación. Como si su sola presencia bastara para aportar la legitimidad y el aval internacional que la puesta en escena necesita, mantiene una pulcritud profesional de diplomático. Su ropa está perfectamente ajustada y proyecta la imagen de alguien que controla su entorno y su propia representación.

Pero, en realidad, preferiría estar durmiendo y no posando en esa especie de wedding line macabra donde los parientes que escoltan a los novios son sus secuestradores.

Cussano, el descompuesto

El drama comienza junto a su izquierda, donde aparece Ricardo Cussano, expresidente de la Cruz Roja y de Fedecámaras impuesto por el régimen, quien, en contraste con el representante suizo, luce desaliñado, despeinado, como amanecido. La chaqueta ligeramente abierta o mal entallada rompe con la estética de “alto ejecutivo” que suele proyectar, y esto puede leerse como fatiga, estrés acumulado o, directamente, mala conciencia.

En cualquier caso, su incomodidad es evidente. Se advierte tensión en la mandíbula, y su mirada, aunque dirigida a la cámara, carece de brillo o convicción. Refuerza la imagen de alguien que atraviesa un momento de desgaste emocional y ético.

La pareja del centro transmite con fuerza que no tiene nada que ver con los demás, que querría no estar allí y, sobre todo, que no quiere ser separada. Su ropa no ha sido escogida para expresar nada en particular: llevan lo que se pondría cualquiera cuya vida ha sido interrumpida de manera súbita, brutal y despiadada. La postura es cerrada. Las manos agarradas indican necesidad de apoyo mutuo en una situación claramente hostil. La actitud es defensiva.

Él viene de pasar más de un año encarcelado, condenado a treinta años de prisión por cargos de “terrorismo y conspiración”. Ella, de cuyo cuello cuelga un rosario leve, viene de hacer pública esa misma semana la extorsión que en tres ocasiones le plantearon en sedes diplomáticas europeas y en la Arquidiócesis de Caracas: forzar a su padre, Edmundo González Urrutia, a abandonar su lucha política a cambio de la libertad de Rafael Tudares, su esposo.

Él ha sido excarcelado hoy mismo tras 380 días de detención. Eso no significa que esté en libertad. Es probable que el sistema judicial mantenga controles sobre sus movimientos, a menos que el nuevo contexto político tras la detención de Maduro fuerce una limpieza total de su expediente.

Todos chavistas

Al otro lado de la pareja está el único personaje casi sonriente de la foto: el arzobispo de Caracas, Raúl Biord, de cuyo cuello pende una cruz muy visible. El “casi” se debe a que, pese a tener la boca estirada en un amago de sonrisa, los puños apretados y las venas marcadas desmienten toda posible complacencia. Expresan contención, tensión, una violencia íntima de quien se sabe bajo escrutinio en una escena de la que tampoco quiere formar parte.

En lenguaje corporal, separar los pies más allá del ancho de los hombros es una postura de plantar cara. No es una posición de humildad cristiana, sino de alguien que reafirma su autoridad y su espacio físico ante una acusación que lo ronda. La sonrisa forzada es el último velo de una institucionalidad que se desmorona.

Por último, a la derecha, completa el cuadro Indira Urbaneja, quien posa con el teléfono en la mano, lo que enfatiza su rol de operadora del régimen. Su presencia, irrelevante en términos ceremoniales, sirve solo para asegurar que el registro ocurra y se difunda. Su rigidez es la de un vigilante, no la de una invitada.

Es como si supiera que, al colocar a las víctimas en el centro, rodeadas por la Iglesia, la “empresa privada” y la “comunidad internacional”, el régimen intenta transmitir que hay consenso. Como afirmó una fuente muy enterada: “Todos son chavistas, incluido el embajador, que gestiona contratos de empresas suizas en Venezuela; entre ellos, los teleféricos”.

La distancia física entre el grupo central y los extremos delata la realidad: están aislados en medio de sus victimarios. Los puños del arzobispo y el desaliño de Cussano son las grietas por donde se escapa la verdad que Mariana Tudares ya hizo pública.

La escena del crimen

La madrugada del 22 de enero de 2026, en la residencia de la Embajada de Suiza en Caracas, Rafael Tudares Bracho fue entregado a su esposa, Mariana González de Tudares, después de haber permanecido 380 días en detención arbitraria y en condición de desaparición forzada. La entrega ocurrió a medianoche, un horario ajeno a cualquier rutina administrativa o diplomática ordinaria.

En ese mismo lugar, un año antes, en enero de 2025, Mariana González había sido citada en dos ocasiones para reuniones que, según su denuncia pública, formaron parte de tres episodios de extorsión destinados a condicionar la libertad de su esposo y a supeditarla a que su padre dejara de ejercer como presidente electo de Venezuela.

Ese dato es esencial para comprender el significado político de la fotografía. No se trata de una imagen posterior a un proceso de mediación independiente, sino de una escenificación producida en el mismo espacio donde comenzó la presión y con la presencia de las mismas personas que, según fuentes y según la propia denunciante, participaron en las reuniones de coerción.

Tres días antes de la excarcelación, el 19 de enero de 2026, Mariana González publicó una carta donde relató que en enero de 2025 fue víctima de tres encerronas en sedes diplomáticas, en espacios del Arzobispado de Caracas y en oficinas de organizaciones que afirman defender derechos humanos. En esas reuniones, según su testimonio, se le dijo de manera explícita que, para que su esposo recuperara la libertad, ella debía obligar a su padre, Edmundo González Urrutia, a renunciar a su lucha política y a su causa.

Dos de esos episodios, de acuerdo con fuentes citadas por Monitoreamos.com, ocurrieron en la Embajada de Suiza en Caracas. Ambos, a medianoche. Un año después, a medianoche, en el mismo lugar, se realiza la entrega del preso y se produce la fotografía.

Iconografía de rehenes

La entrega del preso no fue organizada por un grupo externo e independiente, sino por un conjunto de actores que, según la denuncia pública de la esposa, formaron parte del proceso de presión inicial. Y desde el punto de vista político, esto permite una segunda constatación: la fotografía no es un documento posterior a la extorsión, sino una pieza integrada al mismo procedimiento.

En los estudios sobre toma de rehenes y secuestro político, la liberación no es entendida como un acto separado de la captura. Michael L. Gross, en Hostage Taking and Prisoners, sostiene que el rehén es un recurso político cuya devolución también debe ser estratégicamente administrada. La liberación forma parte del mismo proceso de dominación que la detención, porque permite producir efectos políticos adicionales, fijar responsabilidades y ordenar el relato público.

Este marco permite leer la escena de la Embajada de Suiza en Caracas no como un acto de justicia cumplida, sino como la fase final de un mecanismo de coerción. La fotografía no documenta simplemente que un preso fue liberado. Documenta cómo se administró esa liberación.

Judith Tinnes ha mostrado que muchas fotografías de cautivos y liberados presentan una estructura ceremonial, con el rehén colocado en el centro y flanqueado por figuras de poder, con el objetivo de visualizar la asimetría entre quien controla y quien obedece. Estas imágenes no registran una situación ya concluida: producen simbólicamente la relación de dominación.

La fotografía prolonga el control

Saadi Nikro sostiene que estas fotografías no informan únicamente sobre la captura o la liberación, sino que construyen una versión pública del secuestro que opera como mensaje político dirigido a audiencias internas y externas. La imagen no es memoria: es instrumento de comunicación estratégica.

David Campbell afirma que las imágenes de cautiverio no representan simplemente la violencia, sino que participan activamente en su reproducción simbólica, extendiendo el poder del captor más allá del acto físico de la detención. La fotografía prolonga el control cuando el control material ya debería haber terminado.

En este marco, la imagen hecha con nocturnidad en la Embajada de Suiza en Caracas es legible como una acción administrada, calculada, no como un registro espontáneo.

Rafael Tudares no tuvo control alguno sobre las condiciones de esa escena. No eligió el lugar, ni la hora, ni las personas que lo rodearían, ni el momento de la toma, ni si deseaba o no ser fotografiado. La imagen fue producida bajo control de terceros, lo que la sitúa dentro de la tipología de las llamadas “liberaciones administradas”.

Si una operadora política del régimen está dentro del encuadre, la escena no puede interpretarse como mediación neutral. Su presencia indica que el acto no solo debía ocurrir, sino que debía ser registrado, difundido y narrado bajo determinadas coordenadas.

Esto conduce a una tercera constatación: no hubo dos procesos distintos, uno de presión y otro de liberación. Hubo un solo procedimiento continuo, desde la detención hasta la fotografía.

Y el hecho de que la entrega se realizara en el mismo lugar donde ocurrieron dos de los episodios de presión no es un detalle logístico. Es un indicio de continuidad institucional. El espacio diplomático no funcionó como refugio frente al poder, sino como parte del dispositivo de extorsión.

Control narrativo

Desde la perspectiva del análisis de imágenes de cautiverio, esto convierte a la fotografía en una imagen de cierre de procedimiento. No marca el final del cautiverio, sino el final de su administración.

Glenna Gordon ha escrito que las imágenes de liberación rara vez significan restitución plena de libertad. Suelen marcar el momento en que el captor intenta apropiarse también del relato final, fijar una versión oficial y neutralizar acusaciones previas. Eso es lo que ocurre aquí. Los sospechosos de extorsión intentan controlar daños obligando al matrimonio a fotografiarse con ellos y a producir un efecto de normalidad institucional allí donde existe una denuncia grave de coacción política.

La fotografía de la Embajada de Suiza no muestra simplemente a un preso que recupera a su familia. Muestra cómo un aparato de poder administra una liberación, selecciona a los testigos, controla el espacio, fija el encuadre y produce una imagen destinada a ordenar responsabilidades y a neutralizar una acusación pública de extorsión.

En las dictaduras contemporáneas, la prisión no basta. Es necesario gobernar también la salida. Y, sobre todo, gobernar la imagen de la salida.

Por eso esta fotografía no es un documento de reconciliación ni de mediación. Es un documento de procedimiento. No marca el fin del cautiverio, sino el momento en que el poder intenta apropiarse también del relato final.

Ese es su verdadero contenido político.

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