La presunción de inocencia es un asunto que parece irrebatible, porque no puede ni debe andar uno por allí hablando mal de las personas sin el respaldo de datos que apoyen el comentario, y mucho menos cuando esas personas han vivido una vida relativamente común que no permite o no debe permitir su desprestigio ante la sociedad. Más todavía, aun ante el caso de tipos metidos en la llamada mala vida, o frecuentadores de ¨malas compañías¨, no parece adecuado que se ventilen sus yerros sin contar con evidencias de apoyo. En suma, si no se prueban los malos pasos de un fulano, nadie lo puede presentar como culpable de algo, ni mucho menos condenarlo.
Parece el más sensato de los consejos, aunque también lo menos frecuente debido a que la maledicencia ha sido común en todas las sociedades desde que el mundo es mundo. Que no insistamos en los yerros de alguien mientras no se pruebe que existen es un consejo de oro, un mandamiento de sabios y santos, aunque vaya contra costumbres inveteradas. No existe manera de rebatir el mandamiento, sobre todo en los tribunales de justicia, pero es evidente lo poco que se ha cumplido desde el principio de la historia. La presunción de inocencia es un producto de mentes refinadas y un triunfo de la civilización, motivo que la confina en los límites de gente moldeada por la contención y de unas pautas que habitualmente no forman parte de la rutina.
De allí que me atreva hoy a plantear lo contrario como posibilidad admisible de conducta, como alternativa para topar con la justicia y la verdad a través de un camino diverso y aparentemente riesgoso sin caer en los excesos de un gigantesco dislocamiento de valores. ¿Por qué, para juzgar a las personas, no partimos más bien de la presunción de culpabilidad? No porque el hombre sea perverso por naturaleza o porque es lobo de su propia especie, como han afirmado filósofos célebres, sino simplemente por tomarse el trabajo de averiguar cómo ha sido en el pasado para prevenirse de cómo será en el futuro, o para adelantarse a lo que hará sin jugar con el azar ni poner en marcha la mala intención, la mala leche. Sería una operación de sentido común, en lugar de una rebeldía contra la sensatez. O una manera de defenderse, que no es poca cosa en este espinoso mundo.
Voy a un ejemplo que parece irrebatible, mientras aparece mejor argumento: el caso de las figuras fundamentales del régimen que hoy dispone el destino de Venezuela. En lugar de fijarme en el costado angelical de individuos como Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello, que seguramente existirá en algún rincón, que quizá esté en una gaveta de su archivo, me aferro a la observación de sus oscuridades sin temor a equivocarme, o como escudo de prevención. En lugar de presumir que son inocentes desde la perspectiva de su desempeño frente a la colectividad y como requisito para el imperio de la justicia, prefiero jurar que son culpables desde hace tiempo y que, en consecuencia, lo conveniente sea siempre mantenerlos en distancia prudente, si preferible en ignota lejanía. ¿Culpables de qué? De lo que se nos ocurra o de lo que podamos sospechar sin temor a equivocarnos partiendo del conocimiento de lo que han hecho en el pasado reciente, de sus maneras de ascender en la escala del poder y de aferrarse a su cúspide, de su forma de vivir, de sus poses y palabras.
No para llenar una carpeta de testimonios contundentes de sus faltas, sino para que el simple olor de sus pasos nos conduzca a la otra esquina en salvaguarda de salud física y mental, de patrimonio y paz. Y que, de momento y en correspondencia con una lógica difícil de rebatir, la presunción de inocencia se vaya de vacaciones.
