En la aldea
23 abril 2026

Angustias

Expectativa, señales confusas y una inquietud que crece. Mientras el foco parece estar en lo económico, otras dimensiones clave empiezan a quedar en duda. Y eso abre preguntas incómodas sobre lo que realmente está en juego.

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No sería bueno que la administración de Donald Trump perdiera la confianza que, desde el 3 de enero, la mayoría del pueblo venezolano ha puesto en ella. Los días pasan y, mientras las autoridades interinas envían pésimas señales, el único frente en el que la mencionada administración parece mantener una conducta alerta es el económico, por no decir el petrolero.

Tan malas son las señales en el terreno democrático, del Estado de derecho y de la reinstitucionalización del país, que pareciera que el interinato tiene en verdad la convicción de que, como tanto se dice, lo único que le interesa a Trump es el petróleo, y que de lo demás puede despreocuparse o hacerse el loco sin mayores problemas.

Alguno de los analistas a los que sigo con atención, muy comprometido por lo demás con la causa democrática, sostiene que la administración Trump tiene muy claros sus objetivos, que ellos incluyen la restauración de la democracia, los pasos por dar, los plazos de todo ello, y que en todo se trabaja día tras día. Que todo está “fríamente calculado”. Su palabra vaya adelante.

Pero no está de más recordar tres frentes en los que se quisiera ver señales más tangibles. Uno, el desmontaje del aparato represivo y el control de su otra condición: la voluntad de reprimir. Dos, la presión visible por la fijación de los plazos electorales y por los pasos que conduzcan a un proceso electoral confiable. Tres, la ruptura de las relaciones comprometedoras con gobiernos cuya presencia en el país significa una amenaza geopolítica para los Estados Unidos y una amenaza, sin más, para la democracia venezolana. Como agenda de trabajo, no puede haber algo más sencillo y concreto que estos tres puntos.

Todo eso ha sido abiertamente desafiado por la autoridad interina. Incluso hay lugar para pensar que está soldando las fracturas internas a las que dio lugar el 3 de enero y la obediencia, tan celebrada por Donald Trump, al tutelaje norteamericano. También hay lugar para pensar que las pésimas señales —represión de la marcha, nombramiento del Fiscal, ratificación de Amoroso en el CNE— son formas que tiene la autoridad interina de tantear si la administración Trump está en el temperamento de, salvo en lo económico, dejar que haga lo que le parezca.

Dejando de lado las convencidas afirmaciones del analista antes aludido, la administración Trump ha de estar, diría uno, con el ojo avizor y dar pasos firmes en las direcciones indicadas. Si no lo hace, corre el riesgo de encontrarse con un escenario de pesadilla: cada vez más comprometida con un interinato que no la quiere y que está al acecho de librarse de la tutela, al tiempo que le deja con su aparato de poder casi intacto y con todos los instrumentos internos para permanecer en el poder, poniendo en serísimo riesgo todo el plan que el Norte supuestamente diseñó. No quiero ni pensar que la administración Trump vaya, en un futuro, a ser recordada con amargura por tantos venezolanos que han puesto muchas de sus esperanzas en una potencia que, en ese caso, se habría mostrado tan decepcionante, tan miope y tan tonta. Sería en verdad triste que el saldo de todo este revolú fuera la prisión de una pareja de la que ya nadie se acuerda.

Si nuestro comentarista favorito está realmente bien informado, ninguno de esos temores está en realidad fundado y veremos suceder las cosas que por ahora echamos de menos. Queden, en ese caso, las líneas precedentes como desahogo de una pasajera angustia.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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