Laura Dogu anunció formalmente que dejará sus funciones diplomáticas en Venezuela, desmintiendo lo que tantas personas —fundamentalmente propagandistas chavistas— “aseguraban” en redes sociales.

“Me complace anunciar que John Barrett llegará próximamente a Venezuela para desempeñarse como el próximo Encargado de Negocios de la Embajada de los Estados Unidos en Caracas”, reza el comunicado. Dogu, además, dejó claro el marco estratégico: el equipo continuará avanzando en el plan de tres fases diseñado por Washington. Ese “continuará” es la clave de bóveda; esto no empieza de cero, avanza hacia su ejecución.
Dogu cerró la etapa del deshielo
Laura Dogu cumplió su misión: estabilizar. Llegó para reabrir canales, bajar tensiones y habilitar una interlocución política que estaba muerta. En menos de cien días, Estados Unidos restableció presencia, activó licencias y ordenó el terreno para evitar el colapso. Ese objetivo —el de contención mínima— ya fue cumplido.
La fase que sigue requiere otro tipo de cirujano, en un contexto donde las críticas de dirigentes políticos y otros sectores comenzaban a crecer.
Quién es Barrett: el perfil del operador
John M. Barrett no es un embajador político de grandes discursos. Es un diplomático de carrera con más de 20 años de experiencia técnica en destinos críticos como Panamá, Perú, Brasil y Guatemala.
Como bien define la historiadora Alejandra Martínez Cánchica, quien vive en Guatemala: “Es un diplomático de carrera, no es un nombramiento político, pero sí es de línea dura. Llegó a Guatemala el 22 de enero de este año en medio de un momento político muy álgido, como lo fueron las designaciones del Tribunal Supremo Electoral y de la Corte de Constitucionalidad”.
Para Martínez Cánchica, Barrett representa una diplomacia más velada, pero de alto impacto: “En estos dos meses y medio (en Guatemala), Barrett vino a ‘alinear’ todo este proceso que se estaba dando en Guatemala a los intereses del gobierno de los Estados Unidos: detener la penetración de actores del crimen organizado en las designaciones de las altas cortes, frenar el avance de la influencia china en el sector privado y en la sociedad civil, entre otros”.
En pocas palabras: Barrett no llegaría a Venezuela a hablar; llegaría para operar las tripas del sistema (o eso puede parecer, a priori).
El antecedente guatemalteco: el choque con el poder
Para entender qué significa su llegada a Caracas, hay que mirar su paso por Ciudad de Guatemala. Allí, Barrett no se limitó a la diplomacia de cóctel; se metió en el corazón del conflicto institucional.
Denunció que el proceso de selección del Tribunal Supremo Electoral abría la puerta al crimen organizado y se pronunció sobre la conformación de la Corte de Constitucionalidad. Ese activismo generó un choque directo con el presidente Bernardo Arévalo, quien sintió la presión de la embajada sobre los órganos que definen el equilibrio de poder.
Martínez Cánchica lo resume así: “Hace justo un mes, en medio de una designación clave de magistrados para la Corte de Constitucionalidad de Guatemala, hubo un ‘impase’ entre el encargado de negocios Barrett y el presidente Arévalo, en donde el mandatario hizo una alocución pública rechazando la actuación de Barrett por ‘injerencia’ en el proceso de elección de la alta corte. Lo cierto es que la actuación de Barrett evitó que en la CC el oficialismo tuviera la mayoría de magistrados del pleno”.
Su postura ante la influencia de China en la región es implacable, como lo demostró durante su paso en Panamá. Incluso en Guatemala, de los pocos países que no reconoce a la República Popular China y tiene relaciones con Taiwán, Barrett también siguió la misma línea inflexible.
“Otro dato curioso fueron las intervenciones de la embajada llamando la atención por la cercanía con China, al punto incluso de criticar públicamente a columnistas que han hecho viajes al país asiático. Eso llamó mucho la atención porque no es común que un embajador estadounidense se comporte así”, señala Martínez Cánchica. Su experiencia en Panamá, gestionando la crisis del Darién, complementa este perfil de ejecutor. Barrett identifica el punto de quiebre institucional y presiona sobre él.

Reinstitucionalización o nada
El momento venezolano podría explicar el relevo. La fase de “apertura” ha terminado; lo que sigue es la reconstrucción. Y eso implica intervenir en los nodos que hoy están capturados por el chavismo: el Banco Central, el Poder Judicial y, fundamentalmente, el Consejo Nacional Electoral (CNE).
No es casualidad que Barrett tenga formación económica y llegue justo cuando se exige un nuevo liderazgo en el BCV con credibilidad internacional. Tampoco es fortuito que Martínez Canchica recuerde cómo Barrett “puso orden” en la escogencia de magistrados en Guatemala.
Todo esto es relevante porque el problema venezolano ya no es solo político, sino también de diseño institucional.
Conclusión: de la puerta abierta al orden interno
Este relevo marca un desplazamiento táctico de Washington. Si la primera fase permitió estabilizar, la siguiente exige resultados concretos: instituciones mínimamente funcionales y condiciones electorales reales. Sin eso, no hay inversión ni transición posible.
Barrett llega para ejercer esa tutela técnica. Dogu abrió la puerta; Barrett llega para ordenar lo que está adentro, tocando las instituciones que todavía sostienen el poder de facto. Ahí es donde empieza lo verdaderamente difícil.
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Por informaciones que estamos confirmando, el nuevo encargado de negocios llegaría a Caracas este jueves 16 de abril. La velocidad del movimiento dice tanto como el propio nombramiento.
