En la aldea
06 abril 2026

Que no decaiga

El deseo de democracia es mayoritario, pero no basta con que exista: debe convertirse en presión pública sostenida. El artículo reflexiona sobre el silencio de actores clave, el debilitamiento del tejido social y la necesidad de que la exigencia democrática no desaparezca del centro del debate.

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La idea de que la gran mayoría de los venezolanos deseamos firmemente la reconquista de la legitimidad democrática con la menor dilación posible es una verdad que se vocea en el país de todas las maneras. A ello se añade la convicción, también generalizada y certera, de que, sin que ese paso se dé, ni la estabilización ni la recuperación en las que se haya avanzado algo tendrán bases sólidas ni podrán ir más allá de un muy limitado punto.

Ahora bien, es importante y necesario que tales deseos y convicciones se conviertan en una verdad pública e incesantemente manifestada por todos los medios posibles, de modo que no abandone la escena pública hasta que se vea realizada en los hechos. Ante todo, que el tema no decaiga.

Esas convicciones son compartidas por el venezolano común y corriente, que las hace saber como puede, en medio del ajetreo cotidiano de la vida. Pero es necesaria la presencia de voces más potentes y organizadas.

Uno de los efectos de los años que llevamos del siglo XXI es el debilitamiento, el deshilachamiento de lo que se acostumbra a llamar el tejido social. Es decir, la red de instituciones y formas públicas de comunicación de las ideas y aspiraciones que pululan en la sociedad. Sindicatos poderosos, medios de comunicación con libertad de movimientos, partidos bien organizados con liderazgos de peso, organizaciones sociales de variado tipo que puedan expresarse sin temor ni presiones. De eso queda poco y, de eso que queda, es poco lo que se oye respecto de lo dicho en los párrafos iniciales.

Pienso en unos cuantos protagonistas posibles, cuya presencia como voceros de los públicos anhelos colectivos echo de menos. Echo de menos la presencia de la Iglesia, cuya voz en estos asuntos tiene siempre especial potencia, y echo de menos a las instituciones universitarias en las que la presencia católica es notoria. Echo de menos al empresariado, que ha resuelto no decir esta boca es mía en nada que no tenga que ver con temas empresariales o económicos. Echo de menos la voz de las grandes instancias intelectuales del país, las universidades públicas y las academias. Echo de menos la voz de la que podemos llamar oposición “institucional”, en cuanto participa con aparente autonomía en el poder legislativo, sin que a mi juicio quepa calificarla con epítetos peyorativos más apropiados para otras “oposiciones”.

Claro que un articulista de opinión no está en los zapatos de quienes dirigen instancias como las que acabo de referir. Son ellos los que reciben en plena cara, en lo personal y lo institucional, las presiones, las amenazas, los chantajes, si los hay. Sabrá cada cual en cuánto su silencio responde a una cuidadosa evaluación en la cual las exigencias de una recta conciencia quedan a salvo y en cuánto obedece a la tentación siempre presente de la comodidad.

De todos modos, creo que ya no es tiempo de decir que uno solo debe ocuparse de los problemas que supuestamente le son propios y que los problemas políticos pertenecen a otra arena y a otros actores, “los políticos”, por ejemplo. En la Venezuela de hoy eso ya no vale. O se resuelve el problema de la legitimidad democrática o no se resuelve ninguno. Hablo en términos del país. Puede que algún actor particular, o incluso algún sector, esté “cómodo” tal como está. Allá cada cual. Excusas siempre hay.

Un párrafo aparte merecen esas corajudas organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos. Bastantes riesgos corren y bastante trabajo tienen con la labor, plena de mérito, que realizan. Es una parte valiosísima de nuestro tejido social que ojalá llegue a ser una parte permanente de él.

En el año 2022, año en el cual era posible llevar a cabo un referéndum revocatorio, se puso en marcha un movimiento espontáneo para utilizar ese instrumento constitucional. Lo dirigía César Pérez Vivas y lo acompañábamos unos cuantos venezolanos que apostábamos a la pertinencia de esa solución. Los “comités pro RR” empezaron a surgir como hongos en todo el país, impulsados por la mera ciudadanía, fuera de toda presencia partidista. De eso se supo muy poco. Los partidos y dirigentes más conocidos le sacaron el cuerpo con el argumento, si mal no recuerdo, de que había que prepararse para el 2024 y que no había que dispersar energías.

El CNE, que vio con certero instinto el peligro de que eso se convirtiera en una bola de nieve difícil de controlar, emitió a toda prisa una reglamentación sobre el revocatorio que lo hacía completamente inviable. Todo el asunto duró unas pocas semanas. Así murió casi al nacer aquel movimiento incipiente. Traigo este cuento a colación porque tal vez no sea una mala idea poner en pie movimientos ciudadanos en pro de elecciones libres que jueguen un papel relevante en lo que se ha planteado al comienzo de este artículo: que el tema no decaiga. También está por verse el papel positivo y seguramente importante que puede jugar en ello la reaparición en la escena pública de nuevos partidos, en especial el vinculado a la principal personalidad política del país.

Ojalá, quizá —y esto es un poco loco—, la persistencia pública de esas exigencias —así como las que, tomando nota el país del Norte de lo que los venezolanos voceamos, puedan venir de fuera en el mismo sentido— persuadan a los Rodríguez de que ceder a ellas y dar los pasos necesarios para su realización sería el, hasta ahora, más decoroso papel histórico que la vida les ha ofrecido.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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