El gobierno de los Estados Unidos elaboró un minucioso memorial de agravios para justificar su intervención en Venezuela. Más que de agravios, de razones concretas que obligaban a una operación a través de la cual se resguardaba su seguridad nacional amenazada por enemigos letales. ¿Qué ha pasado con ese conjunto de argumentos, con ese costal de motivos que movieron fuerzas militares jamás vistas en las cercanías para impedir una peligrosa operación contra la integridad de la súper potencia?
Seguramente se equivocaron en el cálculo los agentes y los espías de Washington, porque lo que parecía riesgo se volvió calma chicha y la inquietud se transformó en reposo. De la alarma de ayer se ha pasado a una afable convivencia, debido a cuyo establecimiento puede uno dudar con fundamento de las razones que terminaron en el bombardeo de Fuerte Tiuna y en la captura de Nicolás Maduro. Las causas del operativo se esfumaron como por obra de un milagro, hasta el punto de que nadie las ventila en la actualidad, o de que quizá ya nadie recuerde que existieron de veras. Son fantasmas de la lejanía, se puede asegurar, sin que la alucinación impida que los recordemos como demonios enfurecidos que se levantaban contra la primera democracia del mundo.
De acuerdo con la versión divulgada por los que se sentían amenazados, se había establecido en Venezuela una estructura criminal, dedicada especialmente al narcotráfico, cuyo propósito era la penetración de la sociedad estadounidense para causarle males incontables en áreas tan delicadas como la salud y la seguridad de la población. La peligrosidad de dicha estructura radicaba en el hecho comprobado de estar dirigida por los inquilinos de Miraflores y por buena parte de los miembros del alto mando militar, aunados en el propósito de minar la esencia de la vida estadounidense hasta socavarla en sus pilares. Se trataba, según afirmaron desde despachos como la DEA y el Pentágono, de un plan para cuya ejecución disponía el régimen de la complicidad de miembros fundamentales del ministerio, de diputados activísimos, de gente del PSUV y de oficiales y tropa distribuidos estratégicamente en la ruta de los estupefacientes. También con la colaboración activa de una célebre pandilla de delincuentes comunes, llamada El Tren de Aragua, responsable de crímenes que amenazaban en grado extremo la convivencia en zonas tan alejadas y principales como New York, Chicago y Austin.
Se trataba de Cartel de los Soles, recordemos ese prehistórico nombre mientras comprobamos que se trata de un asunto evaporado en un par de meses. Es un negocio que la Casa Blanca ha borrado hoy del catálogo de los avisperos venenosos, o que ha reducido a un análisis paciente que no ha conducido a limpiezas urgentes, a desenlaces tajantes, a capturas dignas de televisión. Del anuncio de descabezamientos masivos se ha pasado a la observación paciente de un panorama que de repente dejó de alarmar, para ponernos a dudar de las prisas que provocaron el matemático ataque de la cabeza del entuerto. O para sugerir la existencia de acuerdos con los capos lugareños, partiendo de los cuales pueden tomarse un descanso la aritmética de la guerra y el calendario del presidente Trump.
¿Una curiosa equivocación de espías, un cálculo erróneo de la situación venezolana? Puede ser, porque al mejor cazador se le va la liebre. Sin embargo, no resulta exagerado asomar aquí la idea de una amnesia aconsejada por la accesible disposición de los invadidos. Después de sentir el ruido de la primera bomba en Fuerte Tiuna, no es mal negocio cambiar la guillotina por el zurcido. Transar la vida por la obediencia deja de ser un trámite arduo, debido a que la rutina de los delincuentes puede continuar sin contratiempos por el solo hecho de seguir los mandamientos. Una mínima incomodidad. Y, además, por si fuera poco, cuando la sociedad contempla la transacción sin darse por aludida.
