¡Se fue la luz!, pensamos al ver que Delcy Rodríguez desaparecía del encuentro virtual al minuto siguiente de haber concluido su intervención y asegurado que respondería las preguntas usuales en estos casos. Pero, en vez de hacer lo que acababa de prometer, se desconectó. Se largó. Esto lo concluimos al ver que el coordinador del evento hablaba como para dar tiempo a que ella se reconectara, pero no lo hizo.
No es que se había ido la luz en los predios del interinato (las penurias son para el pueblo venezolano; los jerarcas cuentan con plantas de emergencia y las comodidades que solo los poderosos pueden permitirse en un país devastado). La presidenta puesta por los Estados Unidos participó por Zoom en el FII Priority, foro que reunió durante tres días a figuras del poder político y económico global en Miami, pero impidió las preguntas porque podían ponerla en situación incómoda y porque el chavismo no admite réplicas.
Durante esos minutos, la escena se mantuvo dentro de los códigos habituales de estos eventos. Una funcionaria expone, presenta datos, construye una narrativa de confianza; en este caso, llena de vaguedades e inexactitudes, pero sin los desplantes de Chávez ni los ridículos de Maduro. Sin embargo, el momento en que el formato exige reciprocidad —la apertura a interrogantes— introduce otra dimensión. Allí se produjo la huida.
Ese gesto encuentra su sentido en una tradición política donde la palabra se administra como recurso estratégico. Durante años, el poder en Venezuela ha organizado su relación con el espacio público a partir del control del tiempo de exposición y de la delimitación estricta del intercambio. La emisión ocupa el centro; la interlocución queda reducida a un margen estrecho, tolerado solo cuando es complaciente.
Chávez convirtió esa lógica en práctica cotidiana. Las cadenas obligatorias organizaron la vida pública alrededor de una voz hegemónica. La palabra no solo informaba: establecía jerarquías, fijaba agendas, humillaba sectores, esparcía el miedo. La conversación quedó degradada a una escena dirigida desde un solo punto.
La relación con la prensa siguió ese patrón. El alcance de las preguntas dependía de la tolerancia del poder. El periodista intervenía en un terreno inestable, expuesto a la descalificación o al señalamiento. Así se configuró un clima en el que la palabra crítica circula bajo presión.
En las calles, la gestión del conflicto se organizó alrededor del control del espacio. La amenaza del “gas del bueno” condensó una forma de intervención sobre los cuerpos que fija los límites de la acción colectiva. El espacio público se convirtió en un territorio donde la protesta puede pagarse con represión, secuestro, cárcel y tortura.
El ámbito económico ofrece otra dimensión de esta estructura. Las expropiaciones y las intervenciones estatales redefinieron la posición de los empresarios, cuya capacidad de decisión quedó subordinada a la voluntad política. La previsibilidad cedió ante la discrecionalidad. Por su parte, las universidades han vivido un proceso sostenido de asfixia presupuestaria que limita su funcionamiento y estrecha su autonomía. La institución permanece, pero su capacidad de incidencia se reduce.
El voto también ha sido objeto de intervenciones que alteran su alcance. La creación de instancias paralelas a la Asamblea Nacional y a ciertas gobernaciones, así como la redistribución de competencias, han producido un mapa institucional que diluye la decisión expresada en las urnas.
En estos contextos, la negación del diálogo forma parte del funcionamiento del poder. La palabra se emite, se impone, se repite. La pregunta introduce una variable incómoda: obliga a ajustar el discurso, abre un margen de incertidumbre, desplaza el control.
Hannah Arendt observó, en Eichmann en Jerusalén, que la incapacidad de pensar desde la perspectiva de otro se manifiesta también como incapacidad de hablar verdaderamente. La ausencia de escucha no es un detalle: forma parte del problema.
Guy Debord, por su parte, describió en La sociedad del espectáculo una forma de poder que opera a través de la representación. En ese marco, el diálogo pierde su lugar. El espectáculo organiza una emisión cerrada que no espera respuesta. El poder habla, se muestra, se representa. Y los demás miran.
La desconexión de Delcy Rodríguez se inscribe en esa lógica, la de establecer un espacio donde nadie la pone en aprietos. Responder preguntas introduce lo imprevisible, y lo imprevisible desplaza el control. Por eso cortó la conexión. Su negativa a escuchar es un eslabón más en una cadena de silenciamientos que los venezolanos conocemos bien.
Queda por ver qué harán quienes la invitan, quienes la reciben como interlocutora. Si aceptarán que suelte su perorata tramposa y los deje con la palabra en la boca, o si exigirán que la conversación ocurra de verdad. No es dable pensar que los financistas planetarios van a invertir en un país donde se les impide hacer preguntas. ¿O sueñan los Rodríguez con enviarles los matones de la policía política?
