En la aldea
18 marzo 2026

Resiliencia, etapa indispensable

¿Cómo evitar repetir la historia? ¿Cómo transformar el dolor en aprendizaje? ¿Cómo reconstruir la identidad después del colapso?

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Si, yo también he estado al borde del abismo, 
pero aprendí que no hay fondo, siempre se puede seguir cayendo,
y paradójicamente esa caída se vuelve vuelo
Hermann Hesse

Cambiaremos nuestra visión de la desgracia,
y a pesar del sufrimiento,
buscaremos lo maravilloso
Boris Cyrulnik

¿En qué creo? 

¿Por qué debo luchar, y contra qué debo luchar?
John Steinbek

Con frecuencia a un hecho traumático, individual o colectivo, sigue algún tipo de fragmentación de la psique: lo que antes cohesionaba ahora está en pedazos. La sociedad venezolana necesita reflexionar y prepararse para trabajar en la reparación del evidente trauma infringido durante décadas de ignominia.  La depredación de casi todo lo que sentíamos nuestro y el haber sido arrojados a mugrientos callejones sin salida después de cada elección-emboscada, ha dejado a los venezolanos con una enorme necesidad de encontrar algún sentido a lo sufrido. En algunas de las etapas diseñadas desde afuera para recuperar la economía, estabilizar la sociedad y, finalmente, recuperar nuevamente la vida democrática, o en las nuevas etapas que concibamos desde adentro, hay que incluir, forzosamente, la reparación anímica, la cual suele llegar, no sin la convergencia de numerosos factores. El resurgimiento del país no debe ser concebido, ni mucho menos, solo en términos económicos (como cierto tipo de pensamiento parece creer). Solventar las carencias materiales de todo tipo, reactivar las estructuras productivas e industriales que aún queden en pie y agregar las que la agenda de la depauperación no incluía, es parte necesaria, pero de ninguna manera suficiente. Reinstitucionalizar el país es prioritario, qué duda cabe. Todo lo anterior suma en el largo proceso de recuperación que Venezuela requiere. Sin embargo, la reparación del daño debe incluir el alma social hondamente herida y deshonrada. Comprender en qué consiste la resiliencia es requisito a la hora de concebir e implementar modos de abordar ese rescate, chispa de todo lo demás.

La resiliencia como reconstrucción del sentido

Para que, tanto a nivel de individuos como de sociedades, pueda ocurrir un proceso real de resiliencia, es indispensable tener presente las dos etapas inseparables que constituyen la dinámica de dicho proceso. De un lado, está el descalabro, la destrucción ―el origen del trauma―, y del otro, la reparación, la reconstrucción ―el nuevo proyecto de vida―. Sin trauma no se puede hablar de resiliencia, pero sin reconstrucción, mucho menos.

La sociedad venezolana podría transitar por uno de dos caminos, si las heridas no se atendieran adecuadamente. El de una depresión silenciosa y no aparente, que se prolongue más de lo que ya ha durado, o el de la agresividad revanchista, lo cual sería una segunda desgracia, después de la desgracia, fragmentación sobre fragmentación. Aparición de otro tipo de tiranía: hacia sí mismo o hacia otros.

¿Cómo evitar que los perseguidos y maltratados de ayer (de hoy) se conviertan en los perseguidores del mañana? Con afecto reparador a décadas de odio y depredación. Con la aparición de la contención donde antes ―aún ahora― solo hubo desprecio. Con la visivilización donde durante demasiado tiempo reinó lo opuesto. Con inclusión real donde, hasta ahora, ha habido manipulación. Con voces que expresen lo hondamente silenciado por el miedo y la represión sostenidos. Con la obtención de verdadera justicia a los múltiples crímenes infringidos y no amagos manipulados como los que estamos presenciando. Sin embargo, es con la construcción de un sentido a todo lo que ocurrió, y que aún no termina, que nos volverán a salir alas. Encontrar explicaciones, no solo literales sino, sobre todo, simbólicas, es esencial para la reconstrucción de la vida que queremos invocar luego de haber soportado diversas muertes. Necesitamos dotarnos de interpretaciones, no exclusivamente políticas o económicas, acerca de la catástrofe que cubrió a Venezuela y oscureció la vida al punto de amenazar nuestras posibilidades futuras. La prolongada lucha por la sobrevivencia casi nos condenó a un turbio presente que nos dificultaba atisbar el horizonte, como si camináramos exhaustos por el desierto con una tormenta de arena cerrándonos los ojos. El sentido nos traerá claridad y nos sacará del desierto, del cual aún no hemos salido, aunque parece que estamos muy cerca. ¿Espejismo?

Hay preguntas que debemos hacernos, sin correr a responderlas, sino esperando a que éstas surjan desde un lugar profundo, no mediatizado por el exceso de odio, el exceso de dolor o el exceso de ingenuidad.

¿Para qué nos ocurrió la pérdida de la democracia? ¿Qué sumió al país en una hipnosis colectiva de adoración primero y sumisión después al hombre que usó un poder y una riqueza inmensos para destruirnos, y cuya labor fue continuada por el sucesor que él mismo designó? ¿Qué nos hizo invocar el surgimiento de un rey enfermo?¿Qué necesitamos aprender para no volver a dejar las riendas de nuestro destino como nación en las manos equivocadas? ¿Cómo propiciar el discernimiento? ¿Cómo recuperar, cómo otorgarnos, la dignidad arrebatada?

Algunas pistas pueden invocar respuestas significativas. Cualquier explicación a lo padecido debe estar inscrito en un sentido compartido de ser venezolano, ése que precisamente se fue fragmentando a fuerza de ser golpeado una y mil veces. Repensar y recomponer nuestra identidad hecha añicos, pasa por incluir la mirada cargada de inmensa riqueza que la diáspora venezolana pueda entregarnos: nunca habíamos estado tan conscientes de qué es ser venezolano hasta que lo comprobamos frente a quienes no lo son, y con quienes a millones de compatriotas les ha tocado compartir territorio, y en afortunadas ocasiones, amistad, y en otras, crudo rechazo. Asimismo, la mirada de esos otros no-venezolanos sobre nosotros, debe enriquecer el espejo en cual en adelante nos miremos. No somos solo como creemos que somos, como creíamos ser. Muchas de nuestras cualidades esenciales, que solíamos dar por sentadas, han sido puestas en evidencia por la mirada de esos otros: alegría, creatividad y solidaridad son algunos rasgos asociados, una y otra vez, con nuestro gentilicio. También es preciso mantenernos alerta frente a otras características menos brillantes, pero inocultables. 

El arte como fuente de reparación

La película Valor Sentimental, recién galardonada con el Premio Oscar a la Mejor Película Internacional, relata una historia en la cual solo el arte se abre paso para acortar la enorme distancia que había mantenido fracturada la relación entre un padre y una hija. Es el guion de una película, que el padre-director de cine escribe para que su hija-actriz la protagonice, lo único que permite a estos dos seres, que cargan sobre sus hombros y corazones el peso de sus respectivos traumas, volver a acercarse a tientas, con retrocesos, sin garantías, pero encontrando un lenguaje que los conecte nuevamente. Redención.

En su novela, Al este del edén, John Steinbeck, Premio Nobel de Literatura 1962, dice:

Se puede haber vivido durante toda la vida de una manera gris, contemplando la tierra y los árboles oscuros y sombríos. Los acontecimientos, incluso los más importantes, se han deslizado inexpresivos y pálidos. Y de repente, surge la gloria; y entonces se encuentra dulce el canto de los grillos, y el perfume de la tierra se alza como una canción hasta el olfato, y la luz que forma motas bajo un árbol es una bendición para los ojos. Entonces, el hombre abre su corazón, pero no por ello se siente inferior. Y me atrevería a afirmar que la importancia de un hombre en el mundo puede medirse por la calidad y el número de sus momentos de gloria.

Ha sido gris, peor que gris, perder un tercio de la población y tener a casi cada familia de este territorio herida por la separación de sus integrantes; sentir las rojas botas pisoteando la democracia y languidecer por múltiples hambres cuando el dinero y los recursos sobraban. Y, a pesar de las décadas de negro infierno, hemos empezado a sentir bendecidos esos sentidos antes mermados por el sufrimiento continuo; hemos sentido los corazones, nunca clausurados a pesar de tanto padecimiento e indignación, volver a abrirse en toda su anchura y nos atrevemos a abrazar otra vez la gloria de haber sido, de seguir siendo, un bravo pueblo, ahora que más nunca sabemos en qué creemos y por qué debemos luchar

Y el arte, tan entrelazado al ADN venezolano, puede ser una de las mejores maneras, no la única, de lograr que nuestra caída se vuelva vuelo. Resiliencia, etapa indispensable.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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