La noche fue larga. Nadie quiso dormir. En Caracas, en Maracaibo, en Valencia, en Barquisimeto, en pueblos pequeños y ciudades golpeadas, dentro y fuera del país, las imágenes comenzaron a repetirse como un eco inevitable; gente llorando, abrazándose, cantando el himno, tocando cornetas, gritando desde balcones, desde carros, desde lo que fuera. Celebraciones espontáneas que eran (y son) necesarias. Después de tanto tiempo, Venezuela volvió a celebrar sin pedir permiso.
Venezuela es campeona del mundo.
El juego fue tenso, cerrado, dramático (típico de nosotros, pues). Durante ocho innings, Venezuela hizo lo que había aprendido a hacer en este torneo: jugar con inteligencia, con orden, con carácter. Y con un bullpen manejado a la perfección por Johan Santana. Se adelantó temprano y controló el ritmo del partido, hasta que Estados Unidos empató en la octava entrada y amenazó con inclinar la balanza. Ese momento, tantas veces fatal en la historia reciente, esta vez fue distinto. Este equipo no se quebró. En la novena entrada, Eugenio Suárez conectó el doble que cambió todo. Y luego llegó el último out, el cierre, el desahogo. Tres a dos. Campeones del mundo.
Pero este título no nació en una noche. Es el resultado de un proceso, de una generación que se negó a repetir la historia de quedarse a las puertas. Venezuela llegó a este campeonato derrotando a potencias, superando momentos adversos, sosteniéndose en una idea clara de equipo. Hubo talento, sí, pero también hubo algo más difícil de conseguir: convicción. Y en el centro de esa construcción estuvo el liderazgo de Salvador Pérez, capitán y referencia, jugando cada inning con la responsabilidad de quien entiende lo que significa vestir ese uniforme. A su lado, Eugenio Suárez terminó de inscribir su nombre en la historia con el batazo decisivo, pero también como símbolo de ese jugador que aparece cuando el momento lo exige, como apareció tantas veces, también, el gran Luis Arráez. Y por encima de todos, en la regularidad silenciosa que sostiene a los equipos campeones, estuvo Maikel García, elegido MVP del torneo, reflejo de una constancia que pocas veces es tan visible como en estos escenarios.
Para entender la dimensión de lo ocurrido hay que mirar hacia atrás. Venezuela no descubre hoy el béisbol como identidad. Ya lo había hecho hace más de ochenta años, cuando los llamados “Héroes del 41” (1 – 2) ganaron la Serie Mundial Amateur y provocaron una celebración que marcó una época. Aquel título, seguido por los de 1944 y 1945, fue un acto fundacional. Allí el béisbol dejó de ser un juego para convertirse en un elemento central de la identidad venezolana. Este campeonato confirma y prolonga esa realidad. Dialoga con ella. La actualiza en un contexto completamente distinto, pero con la misma necesidad de afirmación colectiva.
Durante décadas, Venezuela cargó con una paradoja: era una potencia beisbolera sin corona mundial en el Clásico. Tenía jugadores, tenía respeto, tenía historia, pero no tenía ese título. Este equipo vino a saldar esa deuda, y en el camino también hizo justicia con una generación que construyó el prestigio del país sin poder levantar este trofeo. Miguel Cabrera, Johan Santana y tantos otros que llevaron a Venezuela a lo más alto del béisbol mundial forman parte de esta conquista, aunque no hayan estado en el terreno como protagonistas. Esta victoria también es de ellos, como por supuesto lo es del entrenador Omar López quien gestionó el equipo como lo que hoy ya es: un campeón. (López nació un 3 de enero, por cierto… solo lo escribo como dato suelto).
En las calles, en los hogares, en la diáspora se sintió. Porque este triunfo llega en un momento en el que Venezuela necesita, quizás más que nunca, razones para celebrar. No porque no las haya (de hecho nos sobran) sino porque casi ninguna de las anteriores las pudimos celebrar en las calles. Esta no es una alegría cualquiera. Es una alegría atravesada por años de dificultades, de separaciones, de silencios. Por eso se celebra distinto. Con más intensidad. Con más necesidad. ¡Incluso a las afueras de los centros de tortura los familiares de los presos políticos celebraron este triunfo! El béisbol, una vez más, se convirtió en ese lenguaje común donde el país puede encontrarse sin divisiones, sin matices, sin condiciones y sin miedos.
Este campeonato no resuelve los problemas de fondo. No cambia la realidad estructural del país. Pero sí modifica algo más sutil y, a la vez, más profundo: el ánimo colectivo. Cambia la sensación de lo posible. Porque cuando un país vuelve a ganar, aunque sea en un terreno de béisbol, recuerda algo esencial: que puede hacerlo. Y ese recordatorio, en contextos adversos, tiene un valor enorme.
Venezuela es campeona del mundo. Y este título, más que un punto final, se siente como una señal. Como uno de esos momentos en los que la historia, silenciosamente, empieza a moverse. Porque todavía queda la celebración más importante. Y cuando llegue, este campeonato también será parte de ese relato.
Este es el año.
¡Viva Venezuela en esta…, caballero!
