El problema crucial de Venezuela no es el retorno de la libertad y la democracia, sino la reconstrucción de la república. La libertad y la democracia necesitan un domicilio destruido por el chavismo, porque no florecen a campo abierto y sin resguardo. Son principios o formas de vivir que necesitan techo, que requieren de una fábrica que las cobije, es decir, del escudo que el comandante Chávez y sus huestes se afanaron en destrozar para reinar a sus anchas. No hay desenlace serio sin la consideración de esta ausencia descomunal que ni siquiera han advertido los líderes de oposición de la actualidad, pero que hoy, en las manifestaciones elementales de transición que ahora suceden, desfilan frente a nuestra vista.
Cuando se inventa una quinta república llamada bolivariana, se pretende la destrucción de un anterior entendimiento de la vida anunciado desde el siglo XIX y practicado a partir de la segunda mitad del siglo XX. La extensión temporal de la militarada y la coerción ejercida sin compasión sobre la sociedad condujeron a un empeño de destrucción de la vida anterior que parecía triunfal, o difícilmente reversible. Pero la historia, cuando importa de veras, cuando toca las fibras de la sociedad, no pasa en vano y está preparada para el renacimiento. Una república hecha y derecha no se mata en el cuartel. La cohabitación civilizada no muere por decisión de una pandilla de aventureros y malhechores. República y cohabitación civilizada quedan pendientes de su oportunidad, para volver por sus fueros.
Hoy estamos ante esa oportunidad, debido a la designación de los titulares de los poderes públicos que la Asamblea Nacional chavista no ha tenido más remedio que iniciar. Cuando se anuncia el comienzo del proceso para la selección de las cabezas de la Fiscalía General de la República y de la Defensoría del Pueblo, no solo se busca una decisión de actualidad, ajustada a las urgencias del presente. Es así en apariencia, pero en realidad se hace una convocatoria que nos conduce a la riqueza del pasado reciente, a un civismo atesorado en un cofre cuya llave vuelve otra vez a las manos del pueblo formado en un republicanismo que no pudo liquidar la “unión militar-policial”, pese al empeño que puso en el premeditado asesinato. Hubo crimen a medias, por fortuna y por la imposibilidad de llevar a cabo un delito así de gigantesco, según demuestra la decisión de figuras de indiscutible valía formadas en el ayer reciente o venidos de su seno, de sentarse en la silla principal de los despachos en disputa.
Los profesionales más conocidos que hoy presentan sus credenciales para Fiscal y Defensor son criaturas de un republicanismo todavía vigoroso, pese a los golpes que le propinaron. Nacieron y crecieron en un pasado reciente que el chavismo daba por muerto, pero que soportaron el martillazo para continuar en el ejercicio de sus profesiones sin manchas ni prosternaciones. Estudiaron y fueron catedráticos en los institutos de la república posterior a la dictadura perezjimenista. Sin bajar la cabeza ni dejar la pluma. Sin permanecer en una torre de marfil. Son las criaturas de un establecimiento vejado y perseguido, pero persistente en su vocación de combate por los fundamentos estelares del civismo fundado por los antepasados. Se hicieron y formaron en república, como profesionales intachables o como personajes públicos susceptibles de respeto, y ahora la representan en momentos críticos.
En el caso de la decisión sobre los cargos de Fiscal y Defensor no estamos ante unas designaciones habituales que debe hacer una AN preparada para asuntos de rutina, sino frente a un acontecimiento cuyas proporciones traspasan con creces la barrera del presente para ponernos ante una confrontación capaz de preludiar las mejores horas de Venezuela. O, por desdicha, la prolongación de la antipública. Depende de cómo aprecien los “representantes del pueblo” un negocio tan esencial, y de cómo aprovecha la sociedad esta nueva oferta de transición para afirmar sus valores más dignos de rescate.
