En la aldea
08 marzo 2026

La transición y la carga del pasado

El desafío es moral, emocional e histórico: ¿puede una sociedad aceptar una transición en la que los mismos responsables del desastre permanecen en el poder?

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Elías Pino Iturrieta | 08 marzo 2026

La transición que ha comenzado en Venezuela tiene un enemigo terrible, casi insuperable. Los acuerdos políticos como el que se ha anunciado según un programa procedente de los Estados Unidos deben pasar por filtros que no parecen disparatados, pero que no ponen atención en escollos procedentes de la cotidianidad que pueden resultar insuperables. Quizá sean asuntos que no entren en los cálculos de una oficina tan encumbrada y tan acompañada de sabios asesores, como la del secretario Marco Rubio, pero que deben considerarse como valladares gigantescos.

El programa pensado para nosotros parte de un supuesto razonable: para no acabar en enfrentamientos sangrientos, deben predominar las pausas y las calmas. Perfecto, santas intenciones, pero subestiman el sentimiento de las gentes que han sido víctimas de los hechos que se pretenden rectificar y quienes, tal vez, no tengan ni un mínimo deseo de congeniar con quienes han sido los responsables de su desdicha. Esos individuos siguen en el control, pese al anuncio de mudanzas trascendentales, y a los programadores de la transición no les ha pasado por la cabeza la incomodidad que provoca su permanencia. O cosas peores que la incomodidad: repelencia sin freno, náuseas, por no sugerir reacciones de mayor calado. Tales reacciones son comunes en la generalidad de la población sin que exista forma de ignorarlas, o de soñar en que pueden desaparecer de un día para otro por necesidad imperial.

Las tragedias recientes dejan marca indeleble, o producen respuestas de difícil superación. No es lo mismo referir asuntos del pasado remoto que condujeron a paces de importancia, como la Guerra Federal, que aconsejar sobre asuntos palpitantes. El odio entre centrales y federales duró mucho, aunque los manuales hablen primores de la cohabitación surgida después de fieras batallas. Las cosas que dice el futuro del pasado no sucedieron de forma automática, ni se reformaron o superaron por decreto. Así nos las vendieron, pero son mercancía que requiere revisión paciente antes de comprarla. Si así pasó de veras, ¿ha de ser o debe ser distinta la actitud de los venezolanos de la actualidad, ante los perpetradores de una calamidad que les ha penetrado hasta en los huesos? Porque ahora no se trata de historia, es decir, de asuntos lejanos que a veces ni recordamos siquiera, sino de acontecimientos que conciernen directamente a los miembros de la sociedad porque les han provocado horrible perjuicio. No se trata de hablar del mariscal Falcón peleando con el viejo Páez, por ejemplo, sino de los individuos que nos cambiaron la vida sin piedad ni remordimiento porque querían hacer una revolución comparable con un pantano.

Lo menos que puede producir la situación es una reacción de perplejidad, al contemplar cómo los verdugos sabatinos se proponen ahora como indulgentes frailes dominicales. Las mismas caras de ayer, pero estrenando discurso. Los mismos compañeros de viaje de Nicolás Maduro y Cilia Flores, pero pasajeros en otro ferrocarril y en procura de nuevas compañías. Pero prudentes y modosos, pero respetuosos de los códigos, pero equilibrados e incapaces de quebrar un plato. O arrepentidos, en el caso de que alguien descubra con toda la facilidad del mundo que despedazaron a patadas la vajilla completa porque les dio la gana. Ahora nos están diciendo que lo que pasó no pasó, o que es fácil de remendar porque no fue mayor cosa. Frente a nuestras narices. Tiene sentido que cambien el discurso porque de lo contrario se les va la vida, o desaparecen las riquezas robadas, pero pedir a sus víctimas que disimulen frente a la maroma no solo es un exceso, sino una monstruosa falta de respeto.

Si ya es intragable que el Secretario de Estado de los Estados Unidos nos dicte un nuevo manual de conducta sin haberse ensuciado de realidad venezolana, es mucho peor que nos quiera convertir en corderos de la transición mientras siguen al mando los ángeles de las tinieblas. Tiene razón en recomendar paciencia, pero no puede ser tan bíblica.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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