En la aldea
18 febrero 2026

Davos y Múnich 2026: Dos visiones sobre el Orden Internacional (I Parte)

Davos y Múnich no deciden el destino del mundo, pero sí moldean la agenda global. Y lo que revelan en 2026 es inquietante: el orden internacional basado en reglas está bajo presión.

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Davos: Una interpelación viralizada 

El Foro Económico Mundial o Foro de Davos y la Conferencia de Seguridad de Múnich, son dos de los encuentros anuales más significativos en el ámbito de las relaciones internacionales. Esto es así, no porque en ellos se defina el destino del mundo, sino porque sirven para darle forma a la agenda global. En ambos se encuentran al inicio de cada año, enero y febrero respectivamente, jefes de Estado, ministros, embajadores, empresarios, representantes de la sociedad civil; individuos con grandes capacidades para dirigir los focos del interés público sobre los temas y las discusiones más relevantes y necesarias. 

Uno de los productos más interesantes del Foro de Davos es el reporte sobre los riesgos globales que éste hace público en paralelo con la cumbre. El reporte sirve a decisores internacionales como insumo para el cumplimiento de sus tareas y a quienes, incluso por simple interés privado, hacen seguimiento a estos asuntos. Me gustaría destacar dos cosas entre los hallazgos del informe publicado este año. Por un lado, se habla de un sistema multilateral que se encuentra bajo presión, además de la pérdida de confianza, la disminución de la transparencia y del respeto por el estado de derecho, rasgos que caracterizarían el escenario mundial al que asistimos hoy. Además, me llama la atención que los dos primeros riesgos globales reflejados en el informe sean de carácter geopolítico: Confrontación geoeconómica y conflictos armados estatales. La tendencia en los últimos años había sido, sin embargo, a que la naturaleza de los riesgos identificados como más relevantes no fuese la geopolítica, sino la social y la ambiental. 

Esos hallazgos del reporte de riesgos globales en su edición 2026, coinciden con la sustancia de las preocupaciones planteadas por el primer ministro canadiense, Mark Carney, el 20 de enero pasado durante el Foro de Davos, en un discurso que se haría viral y que llamaría la atención de muchos. 

“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.” Con estas palabras iniciaba Carney su intervención en Davos, hace aproximadamente un mes. Lo que dijo Carney no es, en sí mismo, algo del todo nuevo; lo mismo se discute desde hace varios lustros en espacios académicos. Lo nuevo ha sido que lo diga el jefe de un Estado que ha sido y es parte de esa ficción, como él la llamó. Lo potente de lo dicho por Carney, es que esta dura interpelación al sistema global que ha dado forma a las relaciones internacionales durante las últimas ocho décadas, haya venido desde “adentro”, y no desde los revisionismos históricos asociados al llamado Sur Global. 

La naturaleza de las alarmas que enciende Mark Carney es tal, que usa a Tucídides para caracterizar el momento actual. Tucídides, fue un militar ateniense que escribió hace veinticinco siglos, ‘Historia de la guerra del Peloponeso’, en el que se recrea el célebre Diálogo de Melos. En él, los atenienses exigen a Melos, neutral en el conflicto, pasar al bando de Atenas, so pena de ser destruido. Al expresar los melios su deseo natural de preservarse y mantenerse alejados del conflicto, los atenienses sentencian la situación con lo siguiente: “Traten más bien de lograr lo posible según lo que ambos bandos realmente pensamos, sabiendo tanto ustedes como nosotros que en el razonamiento humano lo justo vale cuando hay igualdad de fuerzas y que los poderosos hacen lo que les permiten sus fuerzas mientras que los débiles ceden.”

Un orden basado en reglas y algo más 

Quiero referirme un poco a eso que llamamos el orden mundial, porque es desde su caracterización que podremos saber si, efectivamente, está en crisis y cuáles son las posibles rutas para su reordenamiento o ruptura definitiva. 

Es difícil poder definir con certeza y sin matices cuándo estamos ante un fenómeno estable de carácter internacional. Por ejemplo, en las aulas de clase en las que se forman internacionalistas, decimos que la disciplina de las Relaciones Internacionales se fundó en 1919, con la instalación de la Cátedra de Relaciones Internacionales de la Universidad de Aberystwyth, Gales, en la primera posguerra del siglo XX. Del mismo modo, cuando hablamos del orden internacional actual, ubicamos su nacimiento en 1945, en la segunda posguerra del siglo XX. Aunque ambos momentos coinciden en que se trataba de coyunturas que marcaban el final de confrontaciones armadas internacionales, no son cualitativamente iguales. De inmediato, salta a la vista el hecho de que 1919 no sirvió para garantizar la paz internacional que se buscaba, pues apenas 20 años después, en 1939, comenzaba la Segunda Guerra Mundial, incrementándose profundamente el horror ya vivido durante la Primera Guerra Mundial, con un genocidio, el Holocausto. Para este artículo, sin embargo, las diferencias más significativas entre ambos momentos son otras. Mientras que, en 1919, y a pesar de los esfuerzos del presidente norteamericano Woodrow Wilson por lograr la edificación de un sistema internacional que lograra impedir la guerra, la Paz de Versalles terminó siendo absolutamente insuficiente para construir la paz, debido a que se concentró demasiado en los elementos materiales de la guerra y en las sanciones a los vencidos. 

1945, en cambio, no fue el punto cero desde el cual se comienza la construcción del orden internacional actual, sino la puesta en marcha de algo sobre lo que ya venía reflexionándose y que sobrepasaba de largo la simple necesidad de ganar la guerra. Así como en 1919, aunque fallidamente, un presidente norteamericano tendría un rol significativo, también un presidente norteamericano tendría un rol determinante en la década de los 40. Se trata de Franklin Delano Roosevelt, para muchos, el arquitecto de eso que hoy llamamos orden internacional o, si se quiere, orden liberal mundial. 

En agosto de 1941, cuatro meses antes del ataque a Pearl Harbor por parte de Japón y del ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt y el primer ministro británico, Winston Churchill, se encontraron en algún punto del Atlántico en el USS Augusta, un crucero de la Armada de los Estados Unidos. Ese encuentro produjo un documento corto en extensión, pero amplísimo en la mirada hacia el futuro que planteaba. No se trataba solo de acabar con el régimen nazi y la guerra que éste había provocado; se trataba de sentar las bases de un orden moralmente superior y materialmente capaz de generar bienes públicos de carácter global. 

Roosevelt, por su parte, hacía un guiño a su propio proyecto doméstico planteado en el New Deal y que inmortalizó en su célebre discurso de las Cuatro Libertades ante el Congreso de los Estados Unidos, siete meses antes de la reunión con Churchill. 

El 6 de enero de 1941, Roosevelt se expresaba ante el Congreso norteamericano con estas palabras: “En los días futuros, que pretendemos hacer seguros, esperamos ver un mundo fundamentado en cuatro libertades humanas esenciales. La primera es la libertad de discurso y expresión – en cualquier sitio del mundo. La segunda es la libertad de cualquier persona para adorar a Dios a su propio modo – en cualquier sitio del mundo. La tercera es la libertad frente a la miseria, que, traducida en términos mundiales, significa acuerdos económicos que aseguren a cada nación una vida saludable y en paz para todos sus habitantes, en cualquier lugar del mundo. La cuarta es la libertad de miedo- que, traducida en términos mundanos, significa una reducción a nivel mundial de los armamentos hasta un punto y de una manera tan concienzuda que ninguna nación estará en situación de cometer ningún acto de agresión física contra ningún vecino – en cualquier sitio del mundo. Ésta no es la visión de un milenio distante. Es una base definitiva para un mundo posible en nuestro propio tiempo y generación.”

A la Carta del Atlántico le seguirían las conferencias de Washington, 1942 – 1943; Moscú y Teherán, 1943; Bretton – Woods y Dumbarton Oaks, 1944; Yalta y Potsdam, 1945 y, finalmente, San Francisco, con la que nacía formalmente la Organización de Naciones Unidas en 1945. Es muy pertinente sumar a este recorrido, París en 1948, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 

Era el inicio de un mundo basado en reglas, como suele decirse, pero no reglas a secas. Era la proyección internacional de un modelo doméstico, el norteamericano – liberal, que encontraba ecos al otro lado del Atlántico y que, luego de 1945, sería capaz de atraer también a actores de otros hemisferios. Un orden basado en el valor de las instituciones, de la democracia, de los derechos humanos, de la libertad y la dignidad de las personas.

Internacionalista - Profesor de pregrado y posgrado UCV

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