En la aldea
15 febrero 2026

La reaparición de Guanipa

La reaparición de Juan Pablo Guanipa, apenas liberado, demostró que el liderazgo y la presión ciudadana siguen siendo la clave para transformar una oportunidad geopolítica en verdadera libertad democrática.

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Elías Pino Iturrieta | 15 febrero 2026

Si nos guiamos por las palabras de Marco Rubio, todo está previsto en Venezuela. Los detalles están determinados, hay agentes fiables en el lugar para seguirles los pasos y una administración de tránsito que ha garantizado sumisión al gobierno de los Estados Unidos. El sistema títere, según asegura el Secretario de Estado, ha llegado al   extremo de aceptar cualquier tipo de órdenes, aún las que contradicen  la política y las consignas de dos décadas de chavismo. No hay motivos para preocuparse  por el futuro porque todo está analizado de manera concienzuda, en suma, sin que exista la alternativa de una variación mínima. 

No estamos en condiciones de desmentir a quien habla con tanta seguridad, especialmente cuando los hechos confirman la sumisión del gobiernito de los Rodríguez y de sus amansados acólitos, entre ellos los miembros de la cúpula militar, pero la declaración excluye a la sociedad venezolana cuyo destino está en juego, a los millones de individuos  que pretenden la marcha de  un rumbo realmente  genuino para que la democracia construida por ellos mismos y por sus padres se restablezca. Nadie puede negar que el capítulo que estamos estrenando se debe a la intervención del presidente Trump y al poder de su bombardeo, sin que antes del evento la sociedad hubiera llegado a extremos exitosos de presión frente  a la dictadura de Maduro, pero del  hecho no se desprende, por muy fulminante que haya sido, que la mayoría de los venezolanos permanezcamos en actitud silente o como simples espectadores. 

Todo lo contrario. La posibilidad abierta por el gobierno de Trump debe aprovecharse a cabalidad. Ahora que se han abierto postigos, hay que soplar  fuerte para que penetre  el aire vivificador que un pueblo afligido y burlado necesita para detener su marcha hacia el cementerio cívico. La evidente domesticación del chavismo, acobardado como está por la influencia del imperio, anonadado por la exhibición de sus miserias, debe ser aprovechada por los líderes de un pueblo martirizado y befado. Esos líderes han salido con las tablas en la cabeza después de batallas perdidas contra la militarada chavista y contra los esbirros maduristas, pero ahora tienen la oportunidad de acercarse a la victoria después de mostrar la madera de la que están hechos. Si tienen la obligación de probar que no se han convertido en políticos por simple afición, ni por vanidad personal, ni por negocio, sino por motivos entrañables que les pesan de veras, el tío Sam les ofrece la oportunidad en bandeja de plata. En realidad nos la ofrece a todos, pese a que ahora solo se insista en la clase política. Es un aliado contra la dictadura que prefiere evoluciones y parsimonias  adecuadas a sus intereses, al negocio redondo que está llevando a cabo, pero que no podrá  evitar que los dirigentes de la sociedad, si no les parece imprudente, le metan acelerador a la caravana. 

Lo escrito encuentra asiento  en el retorno de Juan Pablo Guanipa a la lucha política,  que inició desde la  avenida principal de la oposición. Después de un tiempo de clandestinidad y de penosos meses  en la cárcel, separado de sus hijos y de sus compañeros de combate, no vaciló en exhibir su temple de político comprometido con los anhelos de la sociedad. Apenas esperó unos minutos después de dejar la ergástula para dar testimonio de su batalla contra la dictadura, de su compromiso con la reconstrucción de la república devastada. Cambió las horas de un descanso merecido por el compromiso con una agenda que no admite vacilaciones. Pese a lo que seguramente le costó, no quiso ser animal doméstico ni por unos minutos. No dejó para mañana lo que se debe hacer hoy, contra paciencias y modorras que carecen de explicación cuando ya hay veredas abiertas para una confrontación razonable. Quizá contra su voluntad, las desbrozó Trump a su manera. Guanipa simplemente no quiso demorar el trabajo de ampliación de esas veredas para convertirlas en camino amplio, y tal es la hazaña que se debe celebrar ahora. ¿Por qué? Porque es el primer excarcelado que lo hace a todo pulmón después del bombardeo, y después de que se anunció un supuesto nuevo capítulo de la vida venezolana. 

Otra cosa que destaca de la fulgurante reaparición fue la adecuación de su discurso a las necesidades de la proclamada transición. No pidió levantamientos armados, ni clamó por la furia popular. Ni una línea de sus expresiones se salió del libreto de poco a poco que se ha sugerido desde la Casa Blanca y se ha sellado en el vergonzoso Miraflores de nuestros días. Pero recordó la violación de la legalidad y de la voluntad popular que poco se han mentado, cuando se supone que todo se hace ahora por la restitución de las garantías republicanas. Fue directo al grano, cuando otros excarcelados que lo precedieron pasaron a pie juntillas sobre unos asuntos de tanta envergadura. Como están las cautelas hoy, y de acuerdo con los temores que las modelan, las palabras parecieron un llamado a la insurrección. Interpretación de un  régimen de postrimerías, desde luego, pero también de otros factores de la oposición apegados a un  libreto de apocamiento evolutivo. 

En suma, la trascendencia de la reaparición de Guanipa se puede atribuir, pese a la mesura de sus expresiones, al  miedo que sembró en la dictadura hasta llevarla a mostrar su debilidad a través del urgente retorno del expositor a la cárcel, o a obligarlo después al sosiego hogareño. Unas horas del líder en la calle fueron suficientes para que temblara el chavismo imperial, y para que recobráramos nosotros la confianza en aquellas fuerzas de la oposición en cuyo seno se desempeña un protagonista de conducta excepcional. Solo que -ni modo-, como no solo pisó los callos del régimen, tal vez sembrara  ronchas en otras pieles.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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