En nuestra Venezuela, donde la memoria colectiva ha sido asediada durante más de 27 años por un régimen que ha cometido crímenes de lesa humanidad y se ha empeñado en reescribir los hechos a su conveniencia, imponiendo la posverdad a través de su poderoso aparato propagandístico, resulta urgente hablar de memoria y justicia. Este proceso no puede limitarse al solo acto de recordar, debe ser un compromiso profundo con la verdad, un ejercicio cotidiano de resistencia ante la opresión y un paso firme hacia la reconstrucción de nuestra identidad como nación.
Hablar de memoria va mucho más allá de mantener vivas las historias de quienes han sufrido a manos de la dictadura. Es una forma de honrar a las víctimas, de devolver la voz a los silenciados y, sobre todo, de comprender el contexto que nos ha traído hasta el momento presente.
La memoria nos recuerda que no estamos solos en la lucha, cada testimonio, cada relato de resistencia, es un ladrillo en la construcción del país que soñamos: uno de reencuentros familiares, de regresos seguros para los exiliados, de garantías de no repetición, de seguridad, orden y prosperidad.
Sin embargo, la memoria sin justicia no está completa. Debe ser un proceso integral que incluya reparación efectiva a las víctimas, pleno reconocimiento de todos los derechos y la creación de condiciones que impidan que estos horrores se repitan. La justicia tiene que ser uno de los pilares centrales de la Venezuela que viene: una justicia que escuche, que incluya, que repare y que no permita que el pasado se repita.
En este momento histórico, es esencial que toda la ciudadanía venezolana seamos conscientes de la importancia de estos dos conceptos inseparables. El régimen ha intentado (y sigue intentando) desdibujar la memoria colectiva para borrar sus crímenes. Pero todos los venezolanos tenemos la responsabilidad de resistir en la verdad, la verdad de los hechos. La resistencia no es solo física, también es mental y emocional. Recordar y hablar de lo ocurrido es un acto de valentía inmensa y una declaración rotunda de que no permitiremos ser borrados de la historia. La memoria y la justicia deben transformarse en compromisos individuales y colectivos. Cada uno de nosotros tiene un rol: desde reconocer las injusticias hasta apoyar las iniciativas que, durante años, han dado visibilidad a los testimonios de las víctimas. Al hacerlo, no solo preservamos la memoria, estamos sembrando las semillas de una sociedad más justa y solidaria.
Hoy, más que nunca, en estos momentos de esperanza (construidos por el 90 % de los venezolanos, a pesar de quienes se aferran al poder por la fuerza y de sus fieles colaboradores), debemos mantener el foco. Estamos llamados a hacer de la memoria y la justicia pilares esenciales de la reconstrucción nacional. Solo así podremos transformar el dolor, avanzar en el reconocimiento a la soberanía popular y edificar un país donde la dignidad, el respeto y los derechos humanos sean la norma y no la excepción.
Nunca más permitamos que nadie borre las huellas de nuestro sufrimiento ni que el miedo nos silencie. La verdad es un camino largo y arduo, pero es el único que nos conducirá a la sanación colectiva y real.
Memoria y Justicia, Venezuela. Para honrar el pasado y abrirnos, con determinación, al futuro por el que tanto hemos trabajado y que nos merecemos.
