En la aldea
31 enero 2026

El abrazo tras el encierro

La gramática del reencuentro

El abrazo tras la prisión política no es un gesto sentimental: es una verificación física de la verdad. En Venezuela, cada excarcelación repite la misma escena: en cárceles, tribunales o aceras vigiladas. El reconocimiento del cuerpo, el aferrarse, el silencio.

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Milagros Socorro | 30 enero 2026

La estrategia que Víctor Borjas planificó para sus hijas ilustra con precisión cuán distinto es el abrazo que se da a una figura simpática —cómo no— y el que se entrega al padre ausente que regresa tras un año en el que no se le pudo ver ni escuchar.

Al ser liberado de su prisión política en Tocorón, el dirigente del partido Voluntad Popular, Víctor Borjas, debió pensar que lo mejor para reencontrarse con sus hijas, en edad preescolar, era llegar con un disfraz que le ocultara la cabeza por completo: darles primero una pequeña alegría y luego la gran sorpresa. Quizá calculó que así desdramatizaría el momento, que quedaría fijado en la memoria de las niñas como un juego.

Borjas fue sometido a detención arbitraria por funcionarios de la Dirección General de Contrainteligencia Militar el 9 de enero de 2025, en Maracaibo, mientras protestaba en apoyo al presidente electo Edmundo González. Trasladado al Centro Penitenciario de Aragua, las dificultades de la familia para visitarlo y llevarle comida, ropa y medicinas convirtieron ese año de secuestro en una pesadilla.

Una vez excarcelado, el domingo 25 de enero, regresó a su casa en la capital zuliana metido en un disfraz de oso que, por cierto, debió ser un horno bajo el sol de Maracaibo. Vestidas para una ocasión especial, de rosa las tres, las niñas se acercaron a la extraña figura y la abarcaron con los brazos, en un gesto idéntico al de los turistas en Disney World. Pero cuando el embozado se descubrió y las criaturas vieron al padre, entonces sí llegó el abrazo verdadero, junto con las lágrimas. Un largo aferramiento, como para convencerse de que lo que estaba ocurriendo era real, que no se trataba de otro sueño entre tantos imaginados mientras el amado estaba retenido. Ahora es verdad: aquí lo tengo.

En aceras vigiladas

Eso mismo vimos cuando regresaron a su país los dos italianos liberados de su prisión política en Venezuela. Alberto Trentini y Mario Burlò, quienes estuvieron secuestrados durante unos 14 meses, arribaron a Roma el 13 de enero de 2026. En el aeropuerto de Ciampino, además de sus familiares, los esperaba la primera ministra Giorgia Meloni. La fotografía difundida mostraba un abrazo a punto de consumarse, con el avión al fondo y la autoridad política observando. El marco era muy distinto de lo que suele ocurrir en Venezuela cuando un rehén sale por una puerta pintada de negro, pero la gramática corporal era la misma.

En todas las culturas, el abrazo tiene la misma forma. No depende del idioma, la religión ni la historia nacional. Dos cuerpos que se cierran después de una separación forzada. Dos brazos que rodean una espalda conocida para comprobar, por contacto directo, que el otro sigue ahí. Nadie lo aprende. Nadie lo enseña. El abrazo es la primera sintaxis del afecto, un idioma que la especie trae de fábrica, anterior a toda escuela y a toda consigna. Por eso, cuando alguien atraviesa la reja de una prisión política y se hunde en el pecho de sus familiares, no solo celebra una excarcelación: ratifica que el poder puede confiscar el tiempo, la voz y la calle, pero no consigue expropiar esa soberanía mínima que llama “tuyo” a un cuerpo.

En Venezuela, en las últimas semanas, ese ademán se ha repetido decenas de veces. Presos políticos excarcelados se han encontrado con sus madres, hijos, parejas y hermanos en escenas análogas: a las puertas de cárceles, en aceras vigiladas, en tribunales, en aeropuertos. Las imágenes, registradas en videos breves grabados con teléfonos celulares, muestran siempre la misma secuencia: una vacilación mínima, el reconocimiento corporal y un abrazo prolongado que suspende cualquier otra acción. Cambian los nombres y los lugares. La actitud es la misma.

Nacemos aprendidos

Desde el 8 de enero de 2026, cuando comenzó la más reciente ola de excarcelaciones, la organización Foro Penal ha verificado, hasta la fecha, 266 liberaciones de presos políticos, una cifra que continúa en revisión, pues no coincide con los datos oficiales. Voceros del régimen han hablado de más de 600 e incluso de más de 800 excarcelaciones, sin difundir listas completas ni criterios verificables. La diferencia entre ambos conteos es parte central del conflicto actual: no solo cuántos salen, sino quiénes, cómo y bajo qué condiciones. Tal es la opacidad que se ha llegado a hablar de presos que no aparecían en ningún inventario y, lo que es más grave, de desaparecidos.

En Caracas, a las afueras de centros de detención como El Helicoide, El Rodeo o sedes policiales regionales, madres y familiares han mantenido vigilias durante días y semanas. Duermen en el piso —y en colchonetas cuando hay suerte—, improvisan carpas, llaman a abogados y organizaciones, esperan listas que no llegan. Cuando un detenido aparece, el abrazo ocurre antes que cualquier palabra. En muchos videos se observa el mismo detalle: la madre toca primero el brazo o el rostro del hijo, como si necesitara confirmar su materialidad, y solo después se abandona al contacto total. Esa secuencia corporal se repite una y otra vez.

Los abrazos de Enrique Márquez y Biagio Pilieri, liberados el 8 de enero, forman parte de esa serie. Ambos son dirigentes políticos conocidos, pero en el momento del reencuentro no hay discurso ni gesto público. Márquez se funde en un abrazo largo con su esposa. Pilieri, con su hija. Los cuerpos se inclinan, los brazos se cierran, los rostros desaparecen en el hombro del otro. Podrían ser dos militantes chilenos en 1990 o dos presos sudafricanos en 1994.

Ese mismo patrón aparece en reencuentros menos visibles. En un video ampliamente difundido en redes sociales, un hombre excarcelado abraza a su hija pequeña tras más de un año de separación. La niña se lanza hacia él sin cálculo, se aferra al cuello y se queda allí. El cuerpo infantil reproduce el mismo gesto que el adulto. No hay diferencia cultural ni social que altere la forma. Nacemos aprendidos para abrazar al que nos ha sido arrebatado.

El que nunca llegará

No todos los abrazos han sido posibles. Kevin Orozco fue liberado el 25 de enero, horas después de que su madre, Yarelis Salas, muriera de un infarto mientras lo esperaba frente a la cárcel de Tocorón. La mujer había pasado días en vigilia exigiendo información. Lo mismo ocurrió con Ramón Centeno y Jorge Yéspica Dávila, excarcelados cuando sus madres ya habían muerto tras años de espera. Son reencuentros que el régimen les debe a esas familias y a la sociedad venezolana.

Las madres son una figura central en este proceso. Reportajes recientes han documentado sus recorridos por tribunales, cárceles y oficinas públicas. Muchas no reciben información oficial sobre el paradero de sus hijos durante meses. Algunas se encadenan. Otras permanecen frente a los centros de detención aun después de las primeras excarcelaciones, exigiendo que la medida alcance a todos. Cuando la salida del preso ocurre, el abrazo no es efusivo ni teatral. Es sostenido. Dura más de lo socialmente habitual. El cuerpo parece necesitar tiempo para reacomodarse.

El poder del arrumaco ha sido analizado desde la perspectiva científica. Estudios en psicología y neurociencia han demostrado que el contacto físico consensuado reduce la respuesta fisiológica al estrés, disminuye la presión arterial y los niveles de cortisol, y se asocia con la liberación de oxitocina, una hormona vinculada al vínculo social y a la regulación emocional. En contextos de encierro, donde el cuerpo ha sido sometido a aislamiento, vigilancia constante y pérdida de control, el abrazo funciona como una restitución corporal. No es un exceso emocional. Es una reorganización física del mundo.

En Venezuela, donde la prisión política ha sido una práctica cruel del chavismo, esa restitución adquiere una dimensión pública. El Estado separa, incomunica, fragmenta. El abrazo deshace, aunque sea por unos segundos, ese trabajo de separación. Por eso ocurre en silencio. Por eso interrumpe el protocolo. Por eso no necesita explicación.

Las imágenes de estos reencuentros circulan como clips, fragmentos de video de pocos segundos que se replican en redes sociales. Con ellos se ha constituido un archivo espontáneo y descentralizado. No narran el proceso judicial ni explican las negociaciones políticas. Pero fijan un hecho que resulta difícil de negar: esas personas estuvieron presas y ahora están con los suyos.

Cada vez que un preso político sale y se funde en un abrazo con su gente, la humanidad ensaya, de nuevo, su escena favorita: dos personas que se reencuentran y se prometen, sin decirlo, que esta vez no se soltarán. Es un patrón humano que atraviesa culturas y épocas y que reaparece siempre en el mismo punto; esto es, cuando termina una separación impuesta.

En Venezuela, hoy, ese gesto funciona como una prueba mínima pero irrefutable de lo ocurrido. Es la metáfora de la humanidad que sobrevive al oprobio.

Los comunicados se discuten. Las cifras se contradicen. El abrazo permanece. Dos cuerpos que se reconocen después del desgarramiento, cuando el cuerpo liberado ya no pertenece al expediente penal ni al Estado que lo inmoviliza y lo tortura, sino a una comunidad afectiva y nacional distinta.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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