En la aldea
28 enero 2026

El giro incomprensible de Raúl Biord Castillo

Este texto recorre ese giro silencioso: no anunciado, no explicado, pero visible. Un desplazamiento que coincide con su ascenso institucional, con el intento del régimen de normalizar su imagen y con una Iglesia atrapada entre preservar espacios o preservar sentido.

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Milagros Socorro | 28 enero 2026

En marzo de 2018, cuando Venezuela ya llevaba años de colapso económico, escasez, violencia y emigración masiva, el entonces obispo de La Guaira, Raúl Biord Castillo (23 de octubre de 1962), hablaba con una claridad poco frecuente entre los actores institucionales del país. En entrevistas concedidas a medios eclesiales internacionales y en cartas pastorales difundidas por redes de la Iglesia, describía sin rodeos el “hambre”, el “dolor”, el “llanto” y la “muerte cotidiana” de los venezolanos como consecuencia directa de un modelo político que —decía entonces— había producido pobreza, exclusión y desesperanza. No hablaba en abstracto. Aludía a la falta de medicinas, la migración forzada de millones de jóvenes y la violencia como horizonte sin salida. En aquel momento, su voz se inscribía en la línea mayoritaria del episcopado venezolano, que denunciaba el deterioro institucional y acompañaba públicamente a la población más golpeada.

Ese Biord no era una figura marginal. Salesiano, formado en Roma, doctor en Teología, profesor universitario y miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Venezolana, hablaba desde una posición de autoridad intelectual y pastoral. Su diagnóstico de 2018 no difería del que sostenían organismos internacionales ni del que luego quedaría documentado por misiones de verificación de derechos humanos: Venezuela atravesaba una crisis estructural provocada por el ejercicio autoritario y corrupto del poder, no por una fatalidad histórica ni por un conflicto abstracto.

Para ser arzobispo no hay que ser tan franco

El tránsito de Raúl Biord Castillo desde aquel obispo que hablaba de “hambre” y “muerte” hacia el arzobispo que hoy administra silencios, niega señalamientos y aparece en registros audiovisuales junto al dictador constituye uno de los desplazamientos más reveladores —y menos explicitados— de la Iglesia venezolana reciente. No se trata de una conversión ideológica proclamada, sino de un corrimiento paulatino, sin anuncio ni autocrítica, que coincide con el momento en que las violaciones de derechos humanos del chavismo dejaron de ser materia de debate para convertirse en hechos exhaustivamente documentados.

Biord fue nombrado obispo de La Guaira en 2013 y ejerció ese cargo durante una década. En ese período, su discurso público osciló entre la denuncia pastoral y el llamado a la mediación, siempre dentro de los márgenes de una Iglesia que, con matices, mantenía distancia crítica frente al régimen. En 2018, cuando escribió a la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada pidiendo apoyo urgente para los sacerdotes venezolanos, describía una Iglesia desbordada por la emergencia social, sosteniendo comedores, atención a ancianos, huérfanos y enfermos, mientras el Estado se retiraba de sus funciones básicas. Aquel texto no buscaba equilibrios políticos: describía una catástrofe y se ponía de parte de las víctimas.

El punto de inflexión no se anuncia, pero se percibe con claridad a partir de su ascenso institucional. El 28 de junio de 2024, el papa Francisco lo nombra arzobispo metropolitano de Caracas, en sustitución de Baltazar Porras, una de las voces más incómodas para el chavismo dentro de la jerarquía católica. El relevo se produce en plena antesala electoral, cuando el régimen de Nicolás Maduro intenta recomponer legitimidad internacional y contener la presión por las denuncias de crímenes de lesa humanidad documentadas por Naciones Unidas.

La agencia internacional de noticias documentó el nombramiento así:

“[El Papa] Francisco hizo un inesperado gesto que se mete de lleno en la campaña electoral venezolana a 20 días de la elección presidencial. El Papa decidió nombrar como nuevo arzobispo de Caracas a Raúl Biord Castillo, cercano al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en reemplazo de Baltazar Porras, un ferviente opositor al régimen chavista. […] El ahora cardenal es un cura de buena relación con Maduro que se desempeñaba hasta hoy como obispo de La Guaira y, desde ahora, será el nuevo arzobispo de Caracas. El anuncio fue tomado como un gesto al chavismo y confirma la buena relación de Miraflores con la Conferencia Episcopal Venezolana. Justamente, Francisco se reunió el mes pasado con obispos venezolanos en el Vaticano y ‘manifestó gran interés por todos los acontecimientos del país’”.

Todo cambió

El nuevo arzobispo evita pronunciamientos directos sobre presos políticos, represión o responsabilidades del poder. Su discurso se repliega hacia fórmulas generales: paz, diálogo, encuentro, oración. No hay en sus intervenciones públicas una continuidad explícita con aquel Biord que hablaba de un modelo político productor de hambre y exclusión. Tampoco hay una explicación del cambio. El silencio funciona como sustituto del argumento.

Ese corrimiento se vuelve más visible cuando el arzobispado que dirige comienza a aparecer asociado a gestos que el régimen exhibe como signos de normalización. Videos, encuentros, fotografías y declaraciones indirectas son difundidos desde canales oficiales y redes afines al gobierno. En ese material, la Iglesia ya no aparece como contrapoder moral ni como voz de los sin voz, sino como institución dialogante, presente, disponible. Desde luego, no es Biord quien comunica esos gestos; es el régimen quien los muestra, porque para eso los ha auspiciado.

La paradoja, muy dolorosa para buena parte de la catolicidad venezolana, es que el incomprensible viraje de Biord ocurre cuando ya no hay duda razonable sobre la naturaleza de la dictadura venezolana. Para 2024, las ejecuciones extrajudiciales, las detenciones arbitrarias, la persecución política y el colapso inducido de la economía están documentados por informes internacionales, ONG especializadas y sentencias simbólicas del derecho internacional. No se trata de una etapa de incertidumbre, sino de una fase de acumulación probatoria. Y es en ese contexto cuando no solo la voz episcopal se atenúa, sino que visita en La Casona a Nicolás Maduro y Cilia Flores —de quienes, por cierto, cada semana aparecen nuevos indicios de haber robado fortunas fabulosas— como si se tratara de gobernantes democráticos sin prontuario por crímenes gravísimos. Aquí el video de la visita:

https://www.instagram.com/reel/DNFwi9YOLSF/?hl=es

Pero el lance que cristaliza las sospechas se produjo en enero de 2026, cuando Mariana González de Tudares denuncia un esquema de presiones y extorsión para forzar a su padre, el presidente electo en julio de 2024, Edmundo González Urrutia, a abandonar el liderazgo político a cambio de la liberación de su esposo, secuestrado por el Estado. Según su denuncia, las presiones habrían involucrado intermediarios y espacios vinculados a la Iglesia. El arzobispado de Caracas niega categóricamente cualquier extorsión. La respuesta es institucional, defensiva y cerrada: no hay investigación anunciada ni reflexión pública sobre el uso de estructuras eclesiales en operaciones políticas opacas.

“Me bajan esos cuadros”

El obispo que en 2018 hablaba del hambre como consecuencia de un modelo político gobierna ahora una arquidiócesis que evita confrontar ese mismo modelo cuando su saldo en derechos humanos es inocultable. No hay declaración de principios que explique el tránsito, ni revisión pública de sus palabras pasadas. El cambio no se formuló: se ha venido ejerciendo.

Hay, de hecho, un episodio revelador del modo en que monseñor Biord se ha relacionado con el poder. Tiene que ver con José Gregorio Hernández, cuya causa de canonización fue impulsada y sostenida durante años por el cardenal Baltazar Porras, hasta alcanzar su fase decisiva en el Vaticano. Consumada la canonización, Biord Castillo procuró atribuirse un resultado gestado durante años bajo la conducción de Porras, en un encuadre alineado con la apropiación política promovida por el régimen.

El centro cultural de una institución bancaria venezolana había incluido en su programación una gran muestra del fotógrafo Mauricio Donelli, quien publicó su libro sobre José Gregorio Hernández, titulado Grego: Camino de Fe, en diciembre de 2023, tras varios años recorriendo y fotografiando la figura del beato en distintos lugares de Venezuela y del mundo, junto al actor Sócrates Serrano.

El trabajo de cara a la exposición estaba adelantado. Una veintena de profesionales se había fajado duro para desarrollar una experiencia inmersiva con videos, gigantografías y todo el espacio de la galería reservado para “Grego” —como firmaba el santo sus cartas a su familia—, cuya inauguración estaba prevista para el 2 de octubre de 2025. Y, de pronto, “de arriba” se ordenó suspenderla. El arzobispo Biord se había presentado en el lugar y mandado a recoger todo. Nadie sabe qué fue lo que le molestó al señor cura de la exposición.

El caso de Raúl Biord Castillo no es el de un ideólogo que muta, sino el de un funcionario eclesiástico que asciende cuando el poder necesita interlocutores confiables y cuando la Iglesia, debilitada por la emigración y la precariedad, enfrenta el dilema de preservar espacios o preservar sentido. Su historia reciente ilustra una forma de adaptación silenciosa: no se legitima explícitamente al régimen, pero se contribuye a lavar su escena pública mediante la normalización del vínculo.

En un país donde la devastación ya no admite eufemismos, ese silencio no es neutro. Es un dato político. Y es ahí donde el perfil deja de ser biográfico para convertirse en documento de época.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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