Un análisis de los asuntos que conmueven hoy a la sociedad venezolana es muy riesgoso. La proximidad de los sucesos impide una distancia desde la cual se pueda hacer una valoración con apoyo suficiente. Lo mismo sucede con los sentimientos metidos en la olla: son tan subjetivos, tan nuestros hasta la médula, tan orientados a la confrontación, que pueden hacer que las pasiones lleven la idea hacia un caldero hirviente de cuya mezcla no pueda salir nada que ayude a nadar en medio del comienzo de una tempestad. De allí, se me ocurre, que tal vez solo convenga de momento el señalamiento de ciertos puntos objetivos, o más o menos tratados con objetividad, a partir de los cuales se pueda formar después una idea más razonable de una historia que apenas vive su primer capítulo. En consecuencia, se ofrecen de momento los siguientes cuatro elementos que pueden, quizá, hacer cierta función de brújula.
- Una extracción súper fácil: Pese al anuncio, ampliamente divulgado y conocido, de la posibilidad de un ataque de fuerzas militares de los Estados Unidos, el elemento amenazado no hizo mayor cosa para evitarla. Un grupo de elementos entrenados para el caso sacó de su lugar de reposo a Maduro y a su esposa, con una pasmosa facilidad en torno a cuya existencia nadie ha ofrecido una explicación. Los atacantes se pasearon como Pedro por su casa en una instalación militar, la más célebre del país, sin que nadie evitara su presencia o con una resistencia incapaz de sostenerse. Estas son horas en que nadie de la fuerza armada, ni del partido de gobierno, ni del ministerio del ramo, ha asomado ni siquiera un boceto de explicación sobre el asunto. Tampoco en instituciones como la Asamblea Nacional, que tiene la obligación de debatir un suceso de semejante envergadura, se ha iniciado una polémica sobre responsabilidades que pueda llegar a la ciudadanía.
- Una tutela sin resistencia ni explicación: La referida extracción condujo a la continuidad del régimen apenas descabezado, sin que mediara una explicación sobre la superficial mudanza. Solo de la ausencia de Maduro y de la ¨primera combatiente¨ se puede colegir la existencia de un cambio digno de atención en el alto gobierno, pero apenas porque las cosas saltan a la vista mientras los personajes del drama siguen en su papel como en el pasado reciente. Han moderado su discurso, se han alejado cada vez más de las soflamas anti imperialistas de la víspera y del ataque violento de los voceros de la oposición; de pronto se exhiben como más democráticos y como más respetuosos de las reglas propias de una república, pero sin dar pasos que indiquen la existencia de una intención seria de cambiar su manera inflexible de gobernar. Se puede apenas hablar de un cuidado de las formas despreciado desde hace décadas que puede permitirnos la audacia de pensar en un anuncio de cambios venideros, pero nada más.
- La indiscutible tutela: Tales maquillajes pueden hacernos creer en la independencia de la sustituta y de los sustitutos de Maduro, pero se trata de una simulación permitida por decisión imperial mientras mueve las cosas hacia la meta que le convenga. Venezuela ha salido de un régimen supuestamente independiente, o cacareado como tal, a una administración sumisa cuyos pasos son determinados por la Casa Blanca mientras se asienta una situación que requiere inspección meticulosa. Un cambio de semejante magnitud no estaba en los planes de la generalidad de los analistas, ni de los políticos de costumbre, ni de la gente en general, para que lleguemos a una situación insólita que no podemos descifrar del todo, y que tratan de disimular a como dé lugar las marionetas de turno. La necesidad de careta que necesita Miraflores y la sorpresa de una tutoría que no estaba en el programa, quedan perfectos para tapar el significado del terrible capítulo que apenas está de estreno y cuyas equívocas señales invitan al silencio, o a la furia, o a debutar en una procesión de pendejos.
- Silencios elocuentes: Antes de la intervención de los Estados Unidos existía, en cierto modo, una oposición a la dictadura que se expresaba entre trancas y barrancas sobre los negocios públicos, pero ahora ni siquiera tartajea. Los partidos políticos se han manifestado con más pena que gloria, las instituciones públicas y privadas que debían dar ahora más que nunca señales de vida han tomado unas curiosas vacaciones, con alguna notable excepción. Muchos líderes que son necesarios para la reanimación de la actividad pública apenas se asoman al balcón; y la sociedad en general -ojo con el bravo pueblo-, no se ha dado por enterada. Ocurre un suceso que incumbe como casi nunca al soberano, mientras el soberano se niega a manifestar su parecer. La soledad que ha rodeado a uno de los hechos políticos más trascendentales de nuestros días es uno de los puntos que un análisis mínimamente serio debe tomar en cuenta. Quizá tan gigantesca indiferencia tenga explicación, pero ahora solo se trata de sugerirla como rasgo fundamental de lo que sucede en Venezuela. O de lo que no puede suceder.
Para llegar a juicios redondos es muy probable que se deban examinar otros asuntos sobre lo que sucede entre nosotros, pero los que se han señalado parecen imprescindibles para pensar con algún apoyo sobre lo que está pasando hasta ahora. La ofrecida objetividad ha sido traicionada por la tentación de incluir ciertos adjetivos, pero omitirlos es tarea imposible en estas horas de duda, rabia y desafío.
