La decisión de María Corina Machado de regalarle al presidente Trump su medalla del Nobel ha sido objeto de muchísimas críticas en los medios de comunicación y en las redes sociales. Muchos han calificado el gesto como humillante y patético por parte de ambos.
Tengo gigantescas diferencias de fondo y de forma con el presidente Trump. Lo considero una amenaza existencial para los Estados Unidos y para el mundo, y su manera de actuar y comunicarse me parece vergonzosa, abusiva y grotesca. Al mismo tiempo, sin embargo, como venezolano me siento profundamente agradecido con él y con su administración por haber abierto, con su intervención militar, una ventana de oportunidad para la recuperación de nuestro país y de nuestra democracia.
¿No es esta una aberrante incoherencia de mi parte? ¿Una hipocresía moral, incluso? ¿Defiendo el Estado de derecho y el derecho internacional, pero también su violación cuando me conviene? La intervención militar me coloca ciertamente en un dilema moral. No existe una posición inherentemente buena o mala frente a ella, y cualquier posición que se tome viola un principio moral importante. La historia ficticia que sigue quizás ayude a entender mi dilema.
Vives bajo el yugo de un marido abusivo. Lo has intentado todo: quedarte callada, pedir perdón, cenas románticas, libros de autoayuda, ir al psicólogo, rebelarte e incluso llamar a la policía. Lejos de mejorar, todo va para peor. Quieres irte, o mejor aún, que él se vaya, pero los tribunales están de su lado. Sí, puedes irte, pero lo perderías todo: la casa, los niños… No, no, los niños están muy pequeños. Estás atrapada, irremediablemente atrapada.
Es una tarde como cualquier otra. Sales de trabajar y caminas de regreso a casa, cansada y cabizbaja. Al pasar por el bar de la esquina, el capo del barrio se te acerca por enésima vez: “Vamos, preciosa, déjame invitarte un trago, olvídate de ese perdedor”. Son las frases babosas de siempre, pero por alguna razón hoy suenan diferentes, muy diferentes. Detienes tu paso. Sabes que muchas cosas pueden salir mal y que siempre se puede estar peor. Pero ya lo has probado todo, y puede que esta sea tu última oportunidad. Con una firmeza que creías perdida, caminas hacia él y le dices: “Dale, vamos”.
La política es un territorio particularmente cargado de dilemas morales. La alianza de Churchill con Stalin para enfrentar a Hitler fue fuertemente criticada en su momento por ser moralmente cuestionable. Churchill, sin embargo, no vaciló: “Para aplastar a Alemania estoy dispuesto a aliarme con cualquiera, ¡incluso con el diablo!”. Queremos gobernantes con altos estándares morales, pero capaces al mismo tiempo de tomar decisiones moralmente cuestionables. Que se ensucien las manos por nosotros, es decir, que hagan lo que sea necesario y que carguen ellos con el tormento de la culpa. El activista puede darse el lujo de mantenerse puro. El político no.
La circunstancia política venezolana actual es excepcional: una líder arrojada y tenaz al frente de la oposición venezolana y un presidente audaz e impredecible al frente del gobierno de los Estados Unidos. Con la espectacular operación de extracción del pasado 3 de enero, esta coincidencia cósmica le ha cambiado el juego al chavismo, acostumbrado hasta ahora a ganar tiempo negociando con interlocutores racionales y predecibles.
El nuevo juego en el que entramos es extraordinariamente complicado e incierto. Podría regresarnos a donde estábamos, desembocar en anarquía o colocarnos en las garras de un capo peor. En lo personal, considero que había que jugársela, con todos los riesgos que ello implica. La duda, decía Voltaire, no es una situación agradable, pero la certeza es absurda.
