En la aldea
17 enero 2026

La máquina de impedir

Hay una oposición que no se equivoca porque nunca intenta nada. No propone, no lidera y no arriesga: solo bloquea.

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Luis Carlos Díaz | 17 enero 2026

Hay un tipo de actor político, social y mediático que no propone nada, no arriesga nada y no lidera nada, pero intenta hundir a los demás. Se les puede llamar la máquina de impedir.

Su lógica es simple: siempre hay una excusa para frenar. Siempre hay un “pero”. Siempre hay, para ellos, un momento equivocado, una forma incorrecta y, en el fondo, una persona que es inaceptable.

No querían que María Corina Machado participara en el debate de candidatos. No la querían tampoco en la primaria opositora. Incluso intentaron sabotear la primaria retirando colaboradores, atacando el proceso, negando centros de votación y dejando de repartir material electoral el propio día de la elección. Básicamente, operaron en contra de la voluntad popular.

Cuando ganó la primaria, entonces no la querían participando ni liderando. Cuando anunciaron su inhabilitación en radio, algunos respiraron aliviados porque el chavismo les había hecho el favor de librarse de ella. Apostaron a que llamaría a la abstención.

Luego insistió en la participación política y entonces dijeron que no debía ser parte de la elección del candidato unitario, porque “hacía falta alguien potable” para la dictadura. Incluso se le impuso a Rosales, inscribiéndolo de espaldas al país y bajo acuerdo con el chavismo. Eso fue impopular y no les funcionó.

Cuando el candidato finalmente fue Edmundo González, tampoco les gustó, porque le mostró su apoyo y se escapó del grupo político que creía que lo tenía controlado.

Luego no la querían haciendo campaña en la calle. Cuando hizo campaña, fueron indiferentes cada vez que hubo represión y represalias contra quienes ayudaron en el recorrido por el país. Nuevamente le dieron la espalda a quienes dieron su libertad y su vida por la causa.

Después no la querían contando votos. Cuando se contaron los votos y se demostró el fraude, el robo electoral de Amoroso, Jorge Rodríguez y Maduro, la culparon por “no haber negociado antes de las elecciones”, como si se hubiese podido. La narrativa victimista que inventaron es que forzaron al chavismo a robarse la elección porque eran “opositores radicales”. Como si se pudiese ser moderado frente a la tortura, las desapariciones, el crimen y la corrupción.

Poco después se indignaron porque el comando no quiso perder las pruebas del fraude regalándolas al saco vacío e ilegítimo del Tribunal Supremo de Justicia.

Cuando protestó en la calle, se quejaron por incitar la violencia.
Cuando dejó de protestar, la llamaron impotente por no conducir la indignación popular. Cuando pasó a la clandestinidad, la llamaron cobarde y le reclamaron que no diera la cara. Cuando salió a Oslo, el problema fue que se fue. Así de simple.

Porque nada les basta, sobre todo porque un Nobel de la Paz la puso a jugar en otra liga. En esa liga lloraron también por el destino de una medalla que ni siquiera les pertenece.

Porque para la máquina de impedir:
Nunca es suficiente.
Nunca es correcto.
Nunca es el momento.

Ese grupo no está preocupado por la estrategia, los costos ni la transición. Está cómodo con el bloqueo institucional porque se vende como el mediador. Vive mejor criticando la voluntad de quien enfrenta a la dictadura que asumiendo el riesgo de derrotarla. Critica que se hable de una lucha existencial, pero le incomoda la existencia de los disidentes que insisten en ser libres.

No buscan construir una alternativa democrática, sino bloquear sistemáticamente cualquier paso que implique riesgo, liderazgo o cambio real.

Bajo una apariencia de crítica racional, trabajan activamente para frenar toda posibilidad de transición democrática en Venezuela. No arriesgan y no buscan opciones. Prefieren a Delcy, a Jorge, a quien sea, lo que sea, menos la libertad que todos quieren, para no perder migajas de poder, para no perder contactos con embajadas ni financiamientos por apaciguar.

Repiten una conducta política reconocible: la negación constante, el veto permanente y el sabotaje disfrazado de prudencia. Incluso blanquearon la dictadura recomendándole a familiares de presos políticos que no visibilizaran sus casos, que no denunciaran en público la injusticia.

Escogen la inercia cómoda antes que el costo de enfrentar a la dictadura. Y se hacen llamar cívicos. Y se hacen llamar humanitarios. Y se autodenominan “moderados”. Como si se pudiese ser moderado frente al narcotráfico y los crímenes de lesa humanidad. Eso sí: para una transición piden espacios, cuotas y dicen representar a quienes no le rinden cuentas de sus operaciones con el poder.

La máquina de impedir no quiere democracia con conflictos cotidianos. Tampoco quiere liderazgo ni decisión. Por eso tampoco deliberan. Por eso son la “oposición que no se opone a nada” en el parlamento bufo del chavismo. Por eso negociaron curules sin tener votos suficientes para unos cargos que ni siquiera existen en la Constitución.

Prefieren su parálisis elegante, el comentario cínico y la dictadura eterna acompañada del “yo lo advertí”.

Así van por la vida: no luchando por un cambio, sino asegurándose de que nunca ocurra. Pero ocurre.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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