En la aldea
16 enero 2026

Todas las soberanías quieren a Kico

El gremio de los periodistas se encuentra agitado en estos días, ya que se habla en redes y medios de comunicación sobre los presos políticos que llevan años sufriendo en las mazmorras del chavismo; entre ellos, más de dos docenas de periodistas (o afines). Hay otros que se han salvado, suertudos ellos. Han escapado incólumes de la hegemonía comunicacional y de su hermana, Doña Autocensura. Kico es uno de los afortunados.

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Sebastián de la Nuez | 16 enero 2026

Conocí a Kico en los primeros años 80, cuando era flaco como un palo y tenía cara de pájaro, los ojos siempre un poco azorados, expectantes. Era simpático, absorbía todo el conocimiento posible en la redacción del diario donde trabajábamos, en La Urbina. Él estaba en el departamento de Diagramación junto a Eduardo Orozco, una buena persona que hacía vida gremial en el Colegio Nacional de Periodistas. Así es que Francisco Bautista, de toda la vida Kico, comenzó su andanza periodística diagramando páginas cuando todavía no se usaban las computadoras para eso; además, era buen dibujante. Muy buen dibujante.

Todo eso fue hace mucho tiempo y Kico, por lo que se ve, sigue siendo más o menos el mismo Kico de siempre, aunque ahora use corbata, solo que lo escuchas y te parece que haya pasado por una trituradora o que una trituradora pasó sobre él. Eso, por más entero que seas, deja huella.

«El problema es que algo se torció en el camino». Eso es lo que uno suele pensar: que la persona que uno ha conocido en tales y tales circunstancias no es la misma que hoy desempeña este papel vergonzoso. La cosa es que el papel vergonzoso lo desempeña ante las cámaras: es una forma de pornografía que quizás hace más daño que la otra.

Vi un programa de televisión (se llama Kicosis) donde entrevista a su amigo Vladimir Villegas, pocos días después de la incursión gringa en Caracas para arrestar al prófugo de la justicia Nicolás Maduro. Kico nombra a Raúl Gorrín, el dueño del canal donde trabaja. Para Kico, ser parte del equipo de Gorrín es una guachafita. Muchas cosas son una guachafita para Kico; en eso es muy criollo. Lo cierto es que, acto seguido, se pone serio para contar que las calles caraqueñas se han quedado vacías de gente (luego de la madrugada del 3 de enero), pero, caramba, Vladimir, se dice que los venezolanos han salido para celebrar la caída de Maduro… «Y no, no es verdad que aquí haya un clima de ¡gauuu…!».

Villegas trata de escabullir el compromiso, se sale por la tangente, opina que lo importante es hacer todo lo posible para que «esto» no vuelva a suceder. Pero no le dice lo que debería ser obvio: «No, Kico, la gente no ha salido a celebrar en masa sencillamente porque tiene miedo. ¿Acaso no sabe que por ahí andan los grupos armados, mandados por Diosdado Cabello?».

El otro día estaba revisando en el Archivo Universal de la Videocracia, YouTube, ese colorido pasaje de la vida política nacional que fue la juramentación de Delcy Rodríguez como flamante presidenta interina de Venezuela, acto realizado en conjunto con la elección y entronización de la junta directiva de la AN, que regirá, en teoría, hasta 2031. Hay tomas y frases de antología en esa jornada televisada; entre ellas, un plano cerrado sobre el diputado Henrique Capriles con el dedo índice sobre sus labios, horizontalmente, como quien medita sobre la frase que acaba de decir el reelecto presidente de la AN, Jorge Rodríguez: «Soy un hombre a veces intemperante, lo admito». Es como si Capriles estuviera sopesando si lo que oye es real o producto de alguna droga que, acaso, le ha sido administrada antes de entrar al recinto, sin él advertirlo.

Aquella tarde hubo más de uno (o más de una) que juró no dar su brazo a torcer ni tampoco dar descanso a su alma hasta ver a Venezuela en el rumbo debido; bien: el día 3, en la madrugada, tuvieron la oportunidad de no dar su brazo a torcer por nada, nadita del mundo, y la desperdiciaron. Delcy pasa, porque tal vez no estaba en el país sino en Doha, pero en el caso de Jorge no hay excusa. Los que salieron a no dar su brazo a torcer fueron 32 cubanos. No Jorge. Lo hicieron no por no dar descanso a su alma, sino a cuenta de una cuota petrolera. Miren las consecuencias.

Lo del 5 de enero en la Asamblea, por la tarde, fue un sainete. Kico merecía estar allí; Kico finalmente no quiso ser diagramador, ni dibujante, ni articulista, ni director de un proyecto abortado de El Nacional, ni entrevistador, ni locutor de radio. Y servía para todo eso, vaya que sí servía. Yo lo llevé un día a mi clase de Entrevista Periodística en la UCAB, y lo busqué allá en las colinas de Bello Monte o de Santa Mónica —no me acuerdo con exactitud— y lo llevé a la universidad, y él llegó y dio su charla, siempre sin calcetines, pero de todos modos fue una charla informada, valiosa.

Pero no. Kico no ha querido ser nada de eso. O no solo eso. Resulta que Kico es, de nacimiento, operador político. Un correveidile, como le decían en el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa en los ochenta o noventa, porque él iba a contarles a los de Prensa Libre (MAS) lo que decían en otro grupo gremial.

Un operador político. Por eso le rebaja las uñas a Gorrín. Por eso pergeñó un comunicado y convenció a una serie de periodistas que hace tiempo perdieron el rumbo para que lo firmaran. Tres veces se nombra la palabra «soberanía» en ese comunicado. Lo firmaron a raíz de la amenaza gringa en el Caribe. Háblales, Kico, de soberanía a los deudos de esos 32 cubanos que murieron tratando de impedir que arrestaran —que arrestaran, no que lo mataran— a Nicolás Maduro.

Ojalá, Kico querido (querido en aquella lejana imagen en El Diario de Caracas), hubieras seguido siendo diagramador toda la vida, aunque ahora te estuvieses muriendo de hambre.

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La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
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