La historia no suele anunciarse con simbolismos. Pero, de vez en cuando, la cultura y la política se alinean de una forma que parece casi coreografiada, no porque una cause a la otra, sino porque ambas responden a un mismo punto de saturación subyacente.
A comienzos de enero de 2026, apenas días después de que se emitiera a nivel mundial el último episodio de Stranger Things, Nicolás Maduro fue removido del poder en Venezuela. Una historia ficticia sobre enfrentar el miedo llegaba a su final exactamente en el momento en que una sociedad real emergía de uno de los sistemas políticos basados en el miedo más prolongados del hemisferio.
A primera vista, la coincidencia suena trivial. Termina una serie de televisión. Cae un régimen. Casualidad.
Y, sin embargo, para cualquiera que estudie cómo opera el miedo, cómo moldea conductas, fragmenta comunidades y sostiene sistemas de dominación, el momento resulta todo menos aleatorio.
Stranger Things nunca fue solo un thriller nostálgico. Bajo su estética sobrenatural, fue una reflexión sostenida sobre el miedo como fuerza organizadora. Hawkins, Indiana, funcionaba como un ecosistema cerrado de represión: desapariciones racionalizadas, traumas enterrados bajo una normalidad forzada, el silencio confundido con estabilidad.
El verdadero peligro no eran solo los monstruos del Upside Down.
Era la adaptación progresiva del pueblo al terror.
El miedo se volvió ambiental.
Y aquello que se vuelve ambiental deja de ser cuestionado.
Durante más de una década, Venezuela vivió su propia versión de Hawkins.
Las familias se fracturaron por la migración forzada. Millones aprendieron a bajar la voz, a autocensurarse, a calcular cada palabra y cada gesto. La represión no dependió exclusivamente de la fuerza bruta. Dependió de la anticipación, de la evaluación constante y silenciosa del riesgo que convierte a los ciudadanos en sobrevivientes.
El miedo se volvió estructural.
El silencio se volvió rutina.
Los sistemas autoritarios rara vez sobreviven solo con violencia. Perduran porque el miedo se normaliza, porque las personas dejan de creer que sus acciones pueden cambiar los resultados. Con el tiempo, los regímenes ya no necesitan lealtad. Necesitan agotamiento.
El gobierno de Maduro siguió exactamente esa lógica. Persistió no porque los venezolanos carecieran de valentía, sino porque el costo de la valentía fue deliberadamente inflado: prisión, exilio, desaparición, devastación económica. Lo que emergió no fue consentimiento.
Fue silencio nacido del trauma.
En la temporada final de Stranger Things, el villano Vecna no es derrotado por la fuerza bruta. Colapsa cuando se rompe el aislamiento, cuando los personajes se niegan a permanecer fragmentados, cuando las heridas son nombradas en lugar de ocultadas.
Vecna se alimenta del duelo no procesado, de la vergüenza y de la culpa.
Su poder es parasitario, no omnipotente.
El portal se cierra no cuando se ataca al monstruo, sino cuando la comunidad se reconecta.
La política funciona de manera similar.
El ajuste de cuentas en Venezuela no comenzó con la remoción de un solo hombre. Comenzó antes, cuando millones de venezolanos decidieron organizarse, movilizarse y votar bajo una dictadura, plenamente conscientes de los riesgos.
Votaron sabiendo que podían ser vigilados, perseguidos, encarcelados o algo peor.
El 28 de julio de 2024, en uno de los actos de movilización cívica más grandes de la historia contemporánea del país, los venezolanos derrotaron al dictador primero con votos, no con balas. En ese momento, el miedo perdió su monopolio.
La caída de Maduro, que llegó 524 días después, no fue una ruptura espontánea. Fue la consecuencia diferida de aquella decisión moral y cívica previa. La historia suele desarrollarse así: el coraje precede al colapso.
Lo que vino después añadió, sin embargo, una segunda capa a la historia.
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, llevó a cabo una operación directa dentro de Venezuela que resultó en la captura y remoción de Maduro para enfrentar cargos ante tribunales estadounidenses. La velocidad y la magnitud de la operación reconfiguraron la transición venezolana como un evento geopolítico global, detonando debates sobre soberanía, legalidad e intervención.
Pero sería un error confundir consecuencia con causa.
Para cuando intervinieron fuerzas extranjeras, la arquitectura del miedo que sostenía al régimen ya había sido fracturada desde dentro. El clima cultural y político había cambiado. La acción de Trump aceleró el desenlace, pero no escribió el primer acto.
Y es aquí donde la coincidencia con Stranger Things cobra sentido.
Las narrativas culturales no derrocan regímenes.
Pero moldean la forma en que las sociedades imaginan el miedo, la resistencia y la acción colectiva.
Cuando millones de personas en todo el mundo consumen historias sobre enfrentar la oscuridad, nombrar el trauma y rechazar el aislamiento, esas narrativas pasan a formar parte del vocabulario emocional disponible para sociedades reales bajo presión. No dictan resultados, pero preparan imaginarios.
Lo que presenciamos a comienzos de enero no fue una orquestación.
Fue saturación.
Cuando el miedo alcanza su límite, múltiples capas de la realidad responden al mismo tiempo: la cultural, la política, la psicológica.
La remoción de un dictador no garantiza la renovación democrática, así como derrotar a un villano no sana automáticamente a Hawkins. Lo que importa es lo que sigue: si una sociedad integra el trauma que permitió que el miedo gobernara la vida cotidiana, o si lo vuelve a suprimir, invitando a su repetición bajo una nueva forma.
Para quienes leen desde Venezuela y desde fuera, la lección no trata sobre la intervención extranjera ni sobre monstruos ficticios. Trata sobre la agencia.
El autoritarismo se debilita no cuando caen los líderes, sino cuando las personas dejan de organizar sus vidas alrededor del miedo.
Hawkins sobrevive porque su gente se niega a volver a la “normalidad” una vez que entiende lo que esa normalidad ocultaba.
Venezuela se encuentra ahora ante el mismo umbral.
La historia no se repite porque las sociedades olviden los hechos.
Se repite porque no integran sus sombras.
El final de una temporada, sea ficticia o política, nunca es la resolución.
Es el momento en que una sociedad decide si realmente aprendió por qué el monstruo importaba en primer lugar.
Y mientras Venezuela cruza ese umbral, Irán también se levanta: otra sociedad que señala que el miedo, una vez confrontado, rara vez colapsa en aislamiento.
