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El 22 de septiembre de 1955, en su contestación al discurso de Arturo Uslar Pietri para incorporarse a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Rafael Caldera planteó una tesis que sería muy importante en la vida del país, en particular en nuestra etapa democrática. Retomando la idea, muy divulgada por Uslar Pietri, de la necesidad de sembrar el petróleo, Caldera habló más bien de dominar el petróleo.
Detrás del acertado planteamiento de sembrar el petróleo estaba sin embargo la idea de lo efímero de nuestra riqueza petrolera que, como las perlas de Cubagua, podía acabarse de un día para otro y dejarnos en la miseria, de no hacer un uso sensato de la riqueza producida.
Aún más, al considerar que ―por disposición legal― desde tiempos de la Colonia, los recursos del subsuelo estaban en manos del Estado, a quien Uslar calificaba de “gran dispensador de la riqueza”.
Era, pues, necesario sembrar, en sentido real y en sentido metafórico. Valernos del aporte del petróleo para hacer crecer la capacidad productiva del país: la agricultura, la industria.
Por su parte, Caldera, situando el problema en toda su amplitud, no dejó de señalar:
Pero la realidad exige más. No basta el objetivo ―de por sí hermoso― de tener para el país un beneficio duradero de una industria que se mira correr fuera de nuestro alcance. No es posible considerar la economía petrolera como distinta y superpuesta a la genuina economía nacional, así sea para reclamar que a esta se atribuya una parte del producto de aquella. Hay que integrar de lleno la economía petrolera en la economía venezolana. La realidad nos enseña que esta riqueza, hoy por hoy, a pesar de los problemas de la competencia y de las conjeturas atómicas, está llamada a durar unos cuantos años más.
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El planteamiento era sencillo y claro: “la experiencia está diciendo que sembrar el petróleo es parte de un objetivo más amplio, obligado aunque ambicioso: es necesario dominar el petróleo”.
Dominar el petróleo, esto es, considerarlo como “un elemento subordinado a nuestra realidad nacional”. El planteamiento encerraba muchos aspectos, que fueron llevándose a cabo en nuestra república democrática.
Desde el aumento del país en la participación del beneficio petrolero, hasta la incorporación del talento venezolano en la operación y gestión de la que vino a ser, por antonomasia, la industria (a pesar de su pequeña capacidad de empleo directo), el proceso fue largo, continuo y sostenido. Todo ello está bien documentado en la abundante bibliografía sobre el petróleo venezolano.
Podemos recordar quizá, por ser antecedente inmediato de la nacionalización de la industria petrolera, cómo en el primer gobierno de Rafael Caldera se dictó una ley para asegurar la efectividad de la reversión petrolera; se declaró industria reservada al Estado la del gas natural; se aumentó la participación fiscal hasta el 80% en las concesiones aún vigentes y se fijó en un 90% en los nuevos contratos de servicio. Cada año se determinaba por acto de gobierno el monto de los precios de exportación y, con la reunión en Caracas de 1970, se vigorizó la OPEP, fundada por iniciativa nuestra, con ese gran venezolano que fue Juan Pablo Pérez Alfonzo.
Es una realidad elocuente. Así, el proceso de dominio progresivo sobre el petróleo y su empleo para el desarrollo del país —infraestructura, vivienda, salud, educación, empleo—, con sus limitaciones y defectos, debe ser estudiado con la admiración que merece.
Fue, ha sido, un proyecto de país, compartido por los actores responsables de la vida nacional.
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Ese proceso ejemplar se vio interrumpido, arruinado incluso, por la revolución chavista.
Desde colocar al mando de la industria a los menos competentes, pasando por el injusto despido ―sin compensación alguna― de gran número de los cuadros operativos, hasta el expolio, verdadero saqueo, de la riqueza producida por los elevados precios del petróleo en la coyuntura, no se necesita argumentar mucho para entender el colapso de nuestra industria señera, que estuvo entre las principales del mundo.
La lógica del resentimiento y el afán de poder del comandante no podían tolerar la relativa independencia de la industria, con su cultura meritocrática.
Además, se vio a PDVSA no como lo que era, el órgano del país para dominar nuestra riqueza petrolera, sino como un botín.
Se habla ahora ―como oímos a diario― de un retorno de las grandes inversiones, que habrán de reconstruir lo arruinado por la desidia y el despilfarro.
Con ello, se apunta también a la vuelta de un régimen como el del Tratado Comercial con los Estados Unidos (denunciado por Caldera en su primer gobierno), donde el dinero recibido del petróleo habrá de emplearse en la compra de productos norteamericanos.
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Desde el reventón de Los Barrosos II en 1922, hace un siglo, la relación de la vida venezolana con el petróleo ha sido una cuestión existencial.
No se ha tratado de una riqueza natural, limitada y efímera, como las citadas perlas de Cubagua o el oro buscado por los españoles en la legendaria Manoa.
Se trata de un recurso natural abundante y de mucha importancia en la vida del mundo. En tiempos de un anunciado incremento en el consumo de energía, esa importancia no cesa de aumentar.
Ante un problema existencial es decisiva la orientación que se asuma, con las actitudes que la pueden sustentar.
En nuestro caso, no se ha tratado de un problema económico ―que, sin duda, lo es― sino de la consistencia misma de la vida del país.
Venezuela debía prepararse, como lo hizo, e ir desarrollando sus capacidades para dominar el petróleo. Para ser capaces de construir el propio destino en el concierto de las naciones.
Nuestro dilema es dominar el petróleo o ser dominados a causa del petróleo.
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Para retomar nuestro dominio y no ser dominados a causa del petróleo será necesario fomentar de nuevo los factores existenciales que lo hacen posible.
El primero de ellos, la gente venezolana.
Necesitaremos gente capacitada, como llegamos a tenerla en su momento, no solo en los aspectos técnicos sino de alta gerencia y con buena comprensión de la vida internacional.
Necesitaremos gente con sentido venezolano.
Con el deseo profundo de reconstruir la patria, un país que no sea mera provincia sometida al dominio colonial sino un actor respetado, con el aporte de su valiosa contribución a la vida del mundo entero.
Solo así podremos salir airosos del dilema.
