El 10 de enero de 2025, Nicolás Maduro volvió a juramentarse como presidente de Venezuela, tras haber perdido las elecciones del 28 de julio de 2024. Lo hizo en un país exhausto, sin legitimidad y bajo una vigilancia internacional que ya no se conformaba con comunicados diplomáticos. Un año después, el 10 de enero de 2026, Maduro no está en Miraflores ni en Caracas. Su ausencia ha reordenado el chavismo, ha desplazado el centro de gravedad del poder. Ese arco, del juramento tramposo a la ausencia forzada, define el último año de Maduro en el poder.
Desde el inicio, el año estuvo marcado por una estrategia doble. Hacia afuera, la confrontación con Estados Unidos; hacia adentro, la exhibición permanente de control. Maduro hablaba de soberanía, de resistencia, de victoria sobre enemigos internos y externos. Y bailaba. Bailaba en actos públicos, en transmisiones oficiales, en celebraciones organizadas por el Estado. El baile no fue un accidente ni un exceso: era un recurso político. Mientras la presión internacional aumentaba y las sanciones se reorganizaban, el dictador se mostraba relajado, festivo, aferrado a la idea de normalidad.
Ven a buscarme, aquí te espero
A lo largo de 2025, Maduro retó públicamente al presidente Donald Trump en varias ocasiones. Lo llamó cobarde, lo acusó de dirigir una política imperial, lo retó a que lo fuera a buscar a Miraflores y aseguró que Venezuela no se rendiría. Esas intervenciones formaron parte de una narrativa cuidadosamente construida: la del líder que no retrocede, que se expone, que habla sin mediaciones y sin medida.
En la práctica, el margen de maniobra se reducía. La recompensa por su captura seguía vigente. Las acusaciones judiciales en su contra no se diluían. El cerco no era solo retórico y su aislamiento internacional se profundizaba.
Mientras tanto, en el plano interno, el gobierno reforzaba los mecanismos de control. La Fuerza Armada mantenía su alineación pública. El PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) funcionaba como estructura de movilización y disciplina. Los colectivos armados ampliaban su presencia territorial. El mensaje a proyectar era que no habría fisuras visibles.
Ese equilibrio se quebró en los primeros días de enero de 2026. La operación que derivó en la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, canceló de manera abrupta un ciclo político. Desde entonces, el tirano está preso en Estados Unidos, ha comparecido ante una corte federal y se ha declarado no culpable. A través de sus abogados, sostiene que sigue siendo el presidente legítimo de Venezuela.
Maduro se fue, aquí están los colectivos
En Caracas, el poder no quedó vacante. El Tribunal Supremo de Justicia juramentó a Delcy Rodríguez —de quien se asegura que fue quien traicionó a Maduro— como presidenta interina bajo la figura de “falta temporal”. El Estado siguió funcionando (en la medida en que el Estado secuestrado por el chavismo funciona): ministerios abiertos, cadenas oficiales, discursos de continuidad. Pero la dinámica cambió. La presidencia dejó de ser unipersonal y se volvió un espacio compartido.
Hoy, 10 de enero de 2026, el poder chavista se organiza alrededor de un núcleo reducido. Delcy Rodríguez administra la jefatura del Ejecutivo. Un disminuido Diosdado Cabello ejerce el rol de vocero político y de garante del discurso duro. El alto mando militar asegura estabilidad institucional. No hay un sucesor declarado de Maduro ni una figura que concentre, como él, la representación simbólica del régimen.
En la calle, la vida cotidiana transcurre sin rupturas espectaculares. El transporte colectivo, donde lo hay, sigue pésimo; comercio irregular, colas previsibles, servicios infames, inflación. Lo que se ha intensificado es la vigilancia. En zonas populares de Caracas y otras ciudades, los colectivos armados patrullan con mayor visibilidad. Actúan como fuerza disuasiva, control territorial y mensaje político. Su presencia sustituye, en parte, la ausencia del liderazgo central.
Se le acabaron los brinquitos
El chavismo insiste en la unidad. No hay declaraciones públicas de fractura. Sin embargo, los rumores pululan. Se habla de desacuerdos internos previos a la captura de Maduro, de evaluaciones distintas dentro del estamento militar, de decisiones no tomadas y de órdenes que no llegaron, de perros que no ladraron… También se mencionan contactos discretos con actores externos durante los meses finales de 2025. Nada de esto ha sido confirmado, pero todo forma parte del clima político actual.
La pregunta por la traición aparece de manera recurrente. No como denuncia formal, sino como murmullo. Quién falló. Quién calculó. Quién decidió no intervenir. El chavismo, que durante años se sostuvo en la lealtad como valor supremo, enfrenta ahora una etapa en la que la confianza interna es un recurso escaso.
En términos comunicacionales, el cambio es evidente. Maduro ya no ocupa la pantalla de manera constante. No hay bailes, no hay largos monólogos televisados, no hay balbuceos en supuesto inglés. El discurso oficial es más técnico, más defensivo, menos personalista. Se habla de institucionalidad, de resistencia colectiva, de continuidad del proyecto. El nombre de Maduro aparece, pero no organiza el relato.
El balance del año muestra a un dictador que apostó a la exposición permanente como forma de poder y terminó fuera del escenario. El baile, el desafío verbal a Trump, la insistencia en la normalidad fueron recursos de una política que buscó negar el cerco hasta que el cerco se cerró. La ausencia actual no ha producido una transición ni un colapso inmediato, pero sí una reconfiguración.
Más que moderada, cachorra
Venezuela, en este 10 de enero de 2026, no vive un cambio de régimen ni una transición formal. Experimenta un reacomodo del poder bajo condiciones externas impuestas.
El chavismo continúa gobernando, pero lo hace sin Maduro y, lo que es más importante, sin Cilia, el cerebro detrás del corpachón; sin la jefa del poder judicial; y bajo un margen de acción delimitado por decisiones tomadas fuera del país —y, por cierto, no en Cuba, ni en China, Irán o Rusia—. La continuidad institucional convive con una obediencia operativa a las órdenes de la Casa Blanca, visible en la moderación del discurso, en la contención de respuestas militares y en la apertura de canales de comunicación que hasta hace meses eran impensables. Ahora resulta que la cachorra del imperio es Delcy Rodríguez.
El poder se ejerce, pero ya no se decide con autonomía plena. El país asiste así a una paradoja inédita: un chavismo que conserva el control interno y sigue oprimiendo a la población, mientras acata, en los hechos, el marco fijado por Washington, y administra la ausencia del mandón impuesto por Chávez sin admitirla como definitiva.
