La conciencia democrática venezolana se ha forjado en medio de uno de los procesos políticos más complejos de su historia. Tras veinticinco años de socialismo del siglo XXI, el venezolano ha desarrollado una comprensión más clara de su realidad y de las oportunidades necesarias para avanzar hacia la reconstrucción nacional. Esta madurez política nos permite dimensionar la importancia geopolítica de Venezuela y el valor estratégico de su potencial energético y de sus recursos naturales. Para asumir con responsabilidad ese rol histórico, resulta evidente que primero debemos recuperar la libertad y, a partir de ella, ejercer plenamente la soberanía.
Uno de los efectos más visibles del socialismo del siglo XXI ha sido, precisamente, la pérdida de la soberanía nacional. El ejercicio del gobierno quedó secuestrado por intereses económicos y estratégicos de potencias como Rusia, China e Irán, que han utilizado los recursos venezolanos como instrumentos de poder global. Los múltiples acuerdos energéticos firmados durante las últimas décadas evidencian una política exterior orientada a comprometer el futuro del país, subordinando los intereses nacionales a agendas geopolíticas ajenas.
El Foro de São Paulo operó como plataforma política para articular estas alianzas en el continente. En ese marco, el petróleo venezolano fue pieza clave para sostener el proyecto impulsado por Fidel Castro y ejecutado por Hugo Chávez. Este proceso solo fue posible mediante la progresiva pérdida de la autoridad del Estado sobre el territorio y la población, lo que derivó en tutela extranjera cubana y en alianzas con actores armados irregulares, con el objetivo de consolidar un modelo socialista incompatible con la democracia.
La democracia y el sufragio representaron siempre una amenaza para ese proyecto. De allí el quiebre institucional que llevó al régimen a suprimir el derecho a elegir y a conculcar las libertades fundamentales. Sin la restricción de la libertad, la imposición del socialismo del siglo XXI habría sido inviable.
Para despojarnos de la soberanía fue necesario, primero, secuestrar la libertad. Ello se logró mediante la instauración de un sistema tiránico, sostenido por la violación sistemática de los derechos humanos, la corrupción institucional y la partidización de la función pública. Esta política exterior, impuesta durante un cuarto de siglo, aisló a Venezuela y la expuso a las tensiones derivadas de la conflictividad global.
Sin embargo, hoy emerge un renovado optimismo sustentado en el juicio político de los venezolanos, forjado en años de lucha y sacrificio. Valores como la solidaridad, la unión familiar, el trabajo honesto y el amor a la patria constituyen un capital moral que permite mirar con esperanza la Venezuela que está por venir. El desafío es despertar el sentido estratégico y aprovechar las oportunidades que se presentan.
Los responsables del socialismo del siglo XXI enfrentan crecientes instancias de justicia internacional, lo que abre una oportunidad histórica para la recuperación de la libertad. Este momento exige unidad, participación ciudadana y compromiso con elecciones libres, entendiendo que la soberanía reside de manera intransferible en el pueblo y se ejerce a través del sufragio.
Hoy, el liderazgo de María Corina Machado ha encauzado con valentía este proceso, cuyo espíritu se expresó en la rebelión electoral del 28 de julio. El quiebre político del régimen obliga a mantener el foco estratégico para avanzar hacia un punto de inflexión definitivo. Recuperar la soberanía mediante elecciones libres es el camino para garantizar el desarrollo en libertad y la autodeterminación de la patria que anhelamos.
