Es interesante analizar cuáles musicales calan en la cultura general y cuáles no. Creo que es imposible argumentar en contra del impacto que el musical Wicked tuvo en la cultura popular cuando debutó en los años 2000. Su canción más popular, “Defying Gravity”, fue transformada –adaptada– por Disney para su canción hit “Let It Go” (“Libre soy” en español) en la película animada Frozen, que dominó los primeros años de los 2010. Wicked, además, es completamente responsable de una gran tendencia de los 2000 y los 2010: las adaptaciones desde la perspectiva del villano de una historia clásica. La propia Frozen es un ejemplo de ello, pero también existen muchas otras versiones de este tipo de relato, en el que nos posicionamos desde la perspectiva de un villano y entendemos cómo puede llegar a ser el héroe de su propio relato. Nadie argumenta, entonces, que Wicked no sea importante culturalmente. Sin embargo, sí sostengo el argumento de que estas dos adaptaciones de Jon M. Chu del musical a la gran pantalla llegaron, quizás, demasiado tarde.
El hecho de que Wicked: Parte 1 solo se estrenara en el año 2024 se debe a que los dueños del musical de Broadway temían que producir un filme redujera la cantidad de entradas que el show de teatro vendía semana tras semana. Es una razón económica, capitalista y práctica, y como consecuencia, creo que este cálculo le ha quitado mucho del impacto cultural que una adaptación cinematográfica de Wicked pudo haber tenido. Sin nada que podamos hacer al respecto, ya tenemos ambas mitades del Wicked cinemático, y es una adaptación mixta, divertida en muchos aspectos, pero que hereda los problemas del musical de Broadway e, incluso, genera otros nuevos.
En primer lugar —y no es por declarar lo obvio—, el cine y el teatro son medios completamente diferentes. Sin duda tienen elementos que los relacionan, pero el cine (particularmente el cine blockbuster de Hollywood) representa escenarios realistas, construidos, con todos los detalles que tendrían en la realidad. El teatro es distinto: es un medio mucho más atado a la imaginación. En el teatro, el contrato con la audiencia proclama que estamos dispuestos a creer que la tarima, negra y sin detalles, es en realidad un castillo, un campo o un camino de ladrillos amarillos. En el cine, en cambio, todo debe ser representado, a menos que se opte por un enfoque más experimental.
La trama del segundo acto de Wicked es veloz y está llena de pequeños “atajos” que la narrativa debe emplear para poder acoplarse a la historia de El mago de Oz. En una obra de teatro, esto es comprensible, y podemos aceptar esos atajos con mayor facilidad. Pero en una película, con una narrativa más tradicional, hay varios elementos que se sienten distintos: algo más flojos y no tan perfectamente pulidos como en la primera parte.
Esto no quiere decir que todo sea negativo: la musicalidad sigue siendo increíble, y Cynthia Erivo en el rol de Elphaba y Ariana Grande en el de Glinda aportan actuaciones extraordinarias. En los roles de reparto, Ethan Slater como Boq y Jonathan Bailey como Fiyero son bastante buenos, pero Jeff Goldblum como el Mago de Oz y Michelle Yeoh como Madame Morrible dejan bastante que desear, siendo los miembros del elenco sin entrenamiento musical. Las secuencias musicales tienden a ser bastante sólidas en Wicked: For Good, y la trama en general es una adaptación justa del material original.
Quizás el filme resulte un poco decepcionante en comparación con la primera mitad, pero la verdad es que el segundo acto de Wicked siempre ha sido más débil que el primero. La decepción, entonces, es que Jon M. Chu dirigió una adaptación que no eleva el material original, sino que se limita a ser meramente fiel.
