En la aldea
29 agosto 2025

El síndrome de quien pudo ser presidente y no lo fue

Hay un síndrome que arrastra la política venezolana: el de quienes estuvieron cerca de ser presidentes, pero nunca lo fueron. En lugar de asumir sus derrotas con dignidad, viven de resentimientos y excusas, y terminaron convertidos en colaboradores del régimen.

Lee y comparte
Juan Miguel Matheus | 29 agosto 2025

Existe un síndrome que suele aparecer en la política con tintes de tragedia personal y de ruina colectiva: el de quienes pudieron ser presidentes, estuvieron cerca, y no lo fueron. Es una psicología compleja, hecha de miedos y resentimientos, de frustraciones enquistadas y de un cierto aire de predestinación histórica que les sirve de coartada. Los afectados por este síndrome siempre le achacan sus fracasos a los demás, pero nunca se los atribuyen a sí mismos. La culpa es del pueblo, de las circunstancias, de los compañeros de partido, de la comunidad internacional, de cualquiera salvo de ellos.

Ese síndrome se refleja en carreras políticas que nacen con la debilidad de los accidentes. Diputaciones obtenidas gracias a las listas de partidos tradicionales y de estados del interior de la República, o por la ruina de un sistema partidista que terminó ofreciendo espacios a quienes no tenían méritos ni experiencia. Llegar a cargos de gobierno parlamentaria sin trayectoria previa y sin peso político propio reveló no el talento de esos personajes, sino la pobreza del contexto en que se desenvolvía la política venezolana. Así de mal estábamos cuando comenzábamos a perder la democracia.

Con el paso del tiempo, esos personajes llegaron a ocupar alcaldías y gobernaciones. Pero siempre lo hicieron al amparo de un partido que les dio todo con ilusión y generosidad. No hubo hazañas personales ni logros nacidos del riesgo, sino carreras construidas a la sombra de estructuras que los cobijaron. En esa sombra se alimentó la confusión: creen que lo que conquistaron se debe a su genialidad, cuando en realidad fue fruto de una maquinaria que luchaba por Venezuela.

El síndrome se agudizó cuando, en momentos cruciales de la historia, se negaron a pelear por la soberanía popular. Callaron cuando debían defenderla y, ahora, pretenden hablar como si fueran sus máximos guardianes. No defendieron el mandato popular cuando la nación se los entregó y hoy se presentan como adalides de la soberanía territorial o del voto del 28 de julio. Ni siquiera participaron en la primaria de la oposición, por cobardes, en la que se definió la voluntad ciudadana de enfrentar al régimen y defender -esta vez sí- resultados electorales. Y lo que es más decadente: hablan solo cuando se trata de complacer al poder dictatorial de Maduro. Esa incongruencia es la marca más visible del síndrome: desertan cuando deben actuar y se exhiben cuando se trata de rendir pleitesía.

Estamos, pues, ante el retrato de gallos correlones: dejaron a Venezuela sin opciones cuando las circunstancias exigían coraje. No participaron cuando se trataba de unir y luchar, pero sí aparecen para participar en comparsas útiles al régimen de Maduro. Ese comportamiento no define a opositores, sino a colaboracionistas (aunque les duela la palabrita).

El síndrome culmina en la cúspide del colaboracionismo. Hoy, los discursos de esos personajes se confunden con el discurso oficial del régimen: confunden invasión con la lucha contra el narcotráfico. No hay mayor tragedia que ver a quienes alguna vez representaron una esperanza reducirse a voceros de un narcoestado. Lo verdaderamente lamentable no es apartarse de la causa democrática, sino convertirse en colaboradores del narcotráfico, en “descreídos” del Cartel de los Soles y de la mafia que secuestró al Estado venezolano.

Por eso, no tienen legitimidad ni representatividad ante el pueblo venezolano. Su único (des)mérito ha sido acercarse cada vez más a la dictadura y formar parte de su ecosistema, no para combatirlo sino para legitimarlo y anidar dentro de él.

El colaboracionismo se reviste de discursos seudointelectuales: pretenden dividir a Venezuela entre un “país de adentro” y un “país de afuera” (aunque se rasgan las vestiduras -cuales fariseos- por una unidad de salón, de salón autocrático, siempre lejos de la gente). Pero esa división es falsa. Hay una sola Venezuela: toda víctima del narcoestado. Negar esta realidad y sembrar divisiones es servir como auxiliares de dictadores. Y lo más grave es hacerlo no por convicción ideológica, sino por comodidad, vanidad y ego.

El síndrome de quienes pudieron ser presidentes y no lo fueron es una patología personal y un problema nacional. Porque esos personajes, en lugar de asumir sus derrotas y retirarse con dignidad, se convirtieron en agentes del régimen. Y el precio lo paga el país entero, condenado a escuchar sermones disfrazados de realismo que en realidad son solo justificaciones.

Pero Venezuela ya habló el 28 de julio y habló con claridad. Esa soberanía popular no necesita intérpretes resentidos ni ventrílocuos del poder. Lo que necesita es coraje, coherencia y compromiso real con la democracia. Lo demás es ruido. Lo demás es el triste eco de quienes pudieron ser presidentes y no lo fueron, y que hoy prefieren ser cómplices del narcoestado antes que enfrentar la verdad de su fracaso.

Lee y comparte
La opinión emitida en este espacio refleja únicamente la de su autor y no compromete la línea editorial de La Gran Aldea.
Más de Opinión