Volvamos diez años atrás. Una década entera, sí, lo que para los venezolanos puede significar un siglo. Recordemos aquella Venezuela donde había escasez de todo, donde las panaderías estaban sin pan y las farmacias sin medicinas, donde ya la migración masiva era parte del día a día porque las fronteras y Maiquetía se convirtieron en la única salida para muchos. ¿La salida de qué? De un régimen que ya era una tiranía, pues para ese entonces había desconocido a un poder entero de la República: la Asamblea Nacional de mayoría opositora. Un régimen que, además, había institucionalizado la Emergencia Humanitaria Compleja como método de control social. ¿Recuerdan aquella frase de “la dieta de Maduro” que a tantos les pegó? Pues sí, era de Maduro, porque así lo determinó.
Pasemos brevemente por los acontecimientos de ese entonces hasta el 2024. Recordemos lo ocurrido en 2016, cuando se intentó sacar al chavismo por vía de un Revocatorio y donde el CNE y el TSJ hicieron todo lo posible para evitarlo. Y lo evitaron. Luego vamos hasta el 2017, cuando durante meses hubo manifestaciones masivas en todo el país y donde el régimen asesinó a más de 160 inocentes y secuestró a cientos más. Luego tenemos al 2018, ese año donde el país se congeló para, luego en 2019, volver a moverse con aquel experimento llamado “Gobierno Interino” liderado por Juan Guaidó; experimento que se apagó, así como el país entero cuando ocurrió ese apagón masivo que dejó a los venezolanos, durante varios días, sin electricidad. Fue esa, tal vez, la mayor demostración de que el Estado no existía más que para reprimir y dañar, porque el venezolano tuvo que organizarse solo y cuidarse solo; sin hospitales funcionales, sin transporte público, sin comunicaciones.
El chavismo había llegado al poder –lamentablemente– a las puertas del siglo 21, pero llevó a Venezuela a los inicios del siglo anterior, del 20. Y así quedó ratificado, nuevamente, durante esos años de 2020 y 2021, cuando llegó la pandemia al mundo. Está claro que, en Venezuela, todo fue peor, pues si la salud pública no funcionaba en una situación “normal”, pues en una emergencia sanitaria como la ocurrida debido al Covid-19, terminó de colapsar. Nuevamente los venezolanos “se salvaron solos”, no solo sin Estado sino a pesar de este.
Inicio recordando esos tiempos (que no han terminado, sino que se han transformado) porque justamente allí comenzó a gestarse ese sentimiento generalizado, fuerte e histórico de cambio en Venezuela. Allí, sí, en medio del dolor, la angustia y la rabia. En las protestas que dejaron cientos de muertos, en el llanto de la separación de las familias, en la impotencia de la madre que era obligada a darle una “bebida a base de leche”, que no pasó ningún control de calidad, a su hijo; mientras el sujeto devenido en diplomático encargado de los CLAP se hacía millonario con empresas fantasmas. Allí, mientras propagandistas y cómplices de la tiranía aseguraban que «Venezuela se arregló» y que nadie estaba interesado en la política ni en la libertad. Todo mentira. Todo inventado.
El venezolano, en su inmensa mayoría, comenzó a comprender que no se trataba de un simple «mal gobierno», sino de una estructura de poder criminal diseñada para someter a la sociedad. Y esa comprensión se fue convirtiendo en convicción. En esperanza. En resistencia. Los venezolanos saben, perfectamente, que cada uno de sus males, los físicos, los mentales y los emocionales, tiene un origen único: el chavismo (y a estas alturas, sus cómplices ya bien identificados).
Durante todo ese tiempo, hubo una voz que no se doblegó. Una mujer que mantuvo una explicación coherente y firme de lo que ocurría: esto no era una crisis, era una tiranía. Y que no se trataba de ocupar espacios vacíos, sino de salir de un régimen opresor. Esa voz fue la de María Corina Machado. Minimizada, desestimada, marginada por el statu quo político y mediático, fue ganando legitimidad a fuerza de claridad, coherencia y conexión con la gente. Su liderazgo surgió desde abajo y por ello se convirtió en una expresión de deseo, como hoy continúa ocurriendo.
Así llegamos al 22 de octubre de 2023. Las elecciones primarias fueron, sin lugar a dudas, un parteaguas. Contra todo pronóstico, con obstáculos inmensos, sin el CNE, sin financiamiento, sin acceso a medios y bajo censura, más de 2.3 millones de venezolanos salieron a votar. Fue una jornada de dignidad y ciudadanía que descolocó tanto al régimen como a quienes aseguraban que no serviría de nada.
En este punto hay que hacer énfasis en lo último descrito, pues se trata de una situación que no es menor: el chavismo permitió que ocurriera la Primaria por varias razones; la primera, por las licencias petroleras que se habían negociado (y se seguían negociando) para entonces, pero fundamentalmente, porque “confiaron” en la palabra de varios dirigentes “opositores” (así, siempre entre comillas cuando hablemos de ellos) que, en sus constantes charlas con Jorge Rodríguez, le aseguraron que, sin el CNE, sin dinero y sin medios, ese evento electoral pasaría debajo de la mesa. Un autogol.
Las primarias no solo reafirmaron el liderazgo de Machado, también reconfiguraron el tablero político. Demostraron que la ciudadanía sí cree en el voto, pero en uno con sentido y esperanza. Y también mostraron que, desde abajo, se puede reconstruir la unidad. Una unidad real, no forzada ni negociada entre cúpulas, sino nacida del mandato popular y con un objetivo unificador: la democracia.
Así comenzó el 2024, y el mismo grupo ya descrito decidió volver a la narrativa de siempre, donde buscan igualar en responsabilidades a la víctima y a los victimarios, y a sugerir que pedir democracia y justicia es ser “radical” y que, si el chavismo comete desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, torturas, asesinatos y corrupción, es porque los opositores estamos “llenos de odio”. No es porque son violadores de derechos humanos y corruptos, no, es porque “no les dejamos otra opción”.
En ese mismo tono, y porque el apellido “Machado” les produce más animadversión que los sonidos de las torturas en El Helicoide (que nunca mencionan), aseguraron desde el brindis de año nuevo que María Corina llamaría a la abstención. Pero, como no la ven, no entendieron que la ruta electoral de la que tanto hablaban ya la estaba transitando la ganadora de la Primaria y con ella todos los dirigentes que genuinamente están comprometidos con lograr un cambio. Así, entonces, no solo no llamó a la abstención, sino que decidió nombrar a una “sucesora” para el tarjetón electoral, la profesora Corina Yoris. Fue “el plan B” que tanto pidieron. Pero no les gustó. Ellos querían imponer a Manuel Rosales. Y cuando digo “ellos”, me refiero al chavismo en sus distintos tonos: desde el rojo original hasta el azul oscuro.
Desde luego, a ese grupo tampoco le gustó el nombre de la individuo de número en la Academia de la Lengua Venezolana, así que a última hora, para “salvar” la tarjeta de la MUD, se inscribió al diplomático Edmundo González Urrutia y, más adelante, la propia Machado sugirió que fuese él quien, al final, asumiera la histórica responsabilidad de, mediante elecciones (que no son un fin sino un medio) comenzar a escribir el punto y final de la época más oscura de la historia venezolana.
Diplomático de carrera, sin militancia partidista actual, honorable, presidente formal de la tarjeta de la Mesa de la Unidad Democrática, aceptó ser candidato tapa cuando nadie sabía si habría elección real. Era un resquicio legal. Una jugada casi improbable. Pero se logró. Y lo provisional, como tantas veces en nuestra historia, terminó siendo definitivo.
Lo que siguió fue conmovedor. La campaña nació espontáneamente desde la sociedad: jingles, afiches, videos, giras multitudinarias. Edmundo, María Corina y los líderes democráticos recorrieron el país, despertando una esperanza que parecía imposible. Las imágenes de las concentraciones no son producto de una maquinaria, sino de una ciudadanía organizada, valiente, decidida a derrotar a la dictadura por la vía democrática.
Y todo esto ocurrió porque, en los momentos más oscuros, una parte del país se negó a resignarse. Porque supimos distinguir entre realismo y rendición. Porque se apostó a la unidad, a la firmeza, a la verdad, al trabajo en silencio, a la coherencia. Esto se volvió un movimiento social, un movimiento de liberación que fue dándose orgánicamente, desde abajo, poco a poco. Un movimiento que hoy sigue en pie, aunque los mismos que antes pusieron obstáculos en el camino apuesten a la derrota de la libertad deseada.